lunes, 16 de marzo de 2020

#QuédateEnCasa

Este año nos ha tocado vivir una Cuaresma especial, sin cultos externos, sin manifestaciones de religiosidad popular, pero seguimos el camino hacia la Pascua y en la esquina que menos esperemos se nos exponen en humilde besapiés un olvidado Cristo roto.

La crisis sanitaria que padecemos nos ha confinado en casa. Algo insólito para todos nosotros. Una inigualable ocasión, para que todos los creyentes, con el gesto fraterno de acercarse a Jesús, iniciemos el camino que significa el tiempo cuaresmal, afianzando nuestro propósito de conversión, nuestra intención de oración y nuestra firme apuesta de verdadera y sincera caridad hacia nuestros hermanos.

Nos han dicho #QuédateEnCasa. Pero pensemos que este lema con la que nos quieren proteger no sirve para los 35.000 sintecho de España.

Las personas sin hogar no pueden ejercer de héroes para mitigar la expansión de la pandemia del Covid-19, ya que no pueden quedarse en casa y son muy vulnerables al contagio por sus condiciones de vida, su estado de salud y sus carencias.

A todos nos puede resultar habitual slgunos de ellos. Ninguno, está claro, responde al perfil de lo que nos han aconsejado para evitar la expansión xe la pandemua causada por el coronavirus. Ni se lava las manos a menudo, ni se queda en casa porque, simplemente, no tiene hogar.

Así, mientras que las autoridades piden que los ciudadanos permanezcamos en nuestras casas para cuidarnos de nosotros mismos y para paliar una rápida y más amplia propagación del coronavirus, mientras  que se nos hace una llamada al heroísmo, consiste en lavarse las manos, en quedarse en casa y en protegerse uno mismo para proteger al conjunto de la ciudadanía, ellos siguen olvidados en esas esquinas en sus humildes besapiés.

¿Qué ocurre con esos cristos rotos que no tienen un hogar? ¿Qué pensarán esos cristos sintecho sobre esos eslóganes que nos mandan para combatir el Covid-19?

Durante el día, mendigan en los semáforos y a las puertas de iglesias. Cuando llega la noche, se guarecen entre cartones y mantas para dormir en soportales y cualquier lugar resguardado del frío. Si tienen suerte comeran caliente y apretujados en alguno de los comedores sociales. La necesidad y el hambre no conoce la distancia de seguridad de un metro que recomiendan las autoridades sanitarias.

Pensemos en los afortunados que somos y levantemos nuestra voz para que ellos sean también protegidos.



sábado, 14 de marzo de 2020

Jesús nos da el agua de la vida


La Cuaresma este año se está convirtiendo en un penoso camino dominado por el miedo al ritmo de las noticias y de las medidas que se toman contra el contagio del virus. Los creyentes compartimos las mismas preocupaciones de nuestros vecinos y tratamos de mantener nuestra fe y esperanza en el Señor de la vida. Tomamos las precauciones recomendadas por nuestras autoridades e intentamos hacer presente el amor cristiano para con todos los necesitados de nuestra ayuda. De esta manera somos fieles a los compromisos de nuestro bautismo, compromisos que renovaremos en la Vigilia Pascual.
La Cuaresma ha tenido siempre esta dimensión catequética centrada en el bautismo, como sacramento que nos sumerge en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo. El bautismo sellaba un encuentro con Cristo, un encuentro que cambia la vida. La persona afortunada  de este domingo no tiene nombre, es simplemente una mujer samaritana, una pagana (Jn 4,5-42). A través de la revelación progresiva de la persona de Jesús, llega a la fe, que hará de ella una misionera en su tierra. El cristiano es un discípulo misionero.
Todo comienza con la irrupción de Jesús en su vida que va a producir un profundo remolino en el interior de aquella mujer. Ella se va a descubrir como un ser sediento, como la generación del desierto (Ex 17,3-7). Experimenta una sed, que hace que todos los días tenga que ir a buscar agua al pozo y que su sed nunca esté saciada. Al escuchar la promesa de un agua viva, su corazón se abre y ve la realidad de su propia existencia. Una vida sedienta de amor, que ha ido consumiendo maridos y ahora vive con uno que no es su marido. Es decir, ha ido pasando a través de diversas experiencias religiosas, alejadas de la verdadera fe.
En el diálogo, descubre que Jesús es un profeta y eso hace que su corazón se abra y dé el salto a la trascendencia, pero ¿dónde encontrar a Dios? ¿Dónde darle culto? Las contradicciones de las opiniones humanas crean una desorientación profunda. Jesús va a ayudarle a ver claro. Dios es Espíritu y hay que adorarlo en Espíritu y verdad. La cuestión ya no es “dónde” sino “cómo”. La sed de nuestra existencia tan sólo puede ser saciada por el Espíritu, que ha derramado en nuestros corazones el amor mismo de Dios (Rm 5,1-2.5-8).
También ella esperaba la venida del Mesías, del Cristo, que lo aclararía todo. Su sorpresa es mayúscula cuando Jesús se presenta como el Mesías esperado. De pronto su vida cambia. Deja el cántaro y se convierte en misionera para su pueblo. Cuando se ha vivido una gran alegría, uno siente necesidad de contárselo a los demás.
Sus paisanos no quieren perderse la oportunidad de encontrarse con el Mesías. Van donde Jesús y lo invitan a quedarse con ellos. También ellos van a creer en Jesús, unos a causa del testimonio dado por la samaritana, otros porque han hecho ellos mismos la experiencia. Ya no sólo han oído hablar de Él sino que han podido escucharlo directamente y descubrir que es el Salvador del mundo. Que nuestro encuentro con Jesús en la eucaristía produzca un verdadero cambio en nuestra manera de vivir y nos convirtamos en anunciadores de la buena noticia de Jesús.

viernes, 13 de marzo de 2020

Beber, creer, comulgar...



Beber, creer, comulgar…
Torturado por la sed, el pueblo de Israel  murmuró en el desierto contra Moisés, diciendo: Danos agua de beber. 
Has oído también que una mujer de Samaria llega al manantial de Jacob para llenar su cántaro de agua.
Allí, sentado sobre el manantial y agotado del camino, está Jesús.
Jesús dice a la mujer: Dame de beber.
Si te pareció natural la sed de Israel  en el desierto, y te pareció cotidiano el camino de la samaritana a la fuente en busca de un agua necesaria para vivir, no te asombre la sed de Jesús, ahora insinuada, mañana gritada en el cruz, pues él lleva en la fragilidad de su cuerpo la sed de Israel, la de la mujer samaritana, la tuya, la mía, la de la humanidad entera, también la de Dios.
Un día sabrás que, en su cuerpo agotado, Jesús lleva el sufrimiento del mundo: el hambre, la sed, la desnudez, la soledad de los pequeños de la humanidad: “Tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber…”.
Y sabrás también –lo aprenderás con la samaritana- que, en aquel hombre agotado del camino –en aquel crucificado que, a gritos, va diciendo su sed-, Dios mismo se ha hecho fuente de agua viva para todos los sedientos.
En darnos como nos dio esa fuente, “en darnos como nos dio a su Hijo”, a la Roca no le queda más agua que dar, a Dios nada más le queda con que pueda apagar nuestra sed. Y así, dándose, encarnándose, entregándolo todo por amor, ha dejado patente, ha puesto a la vista de todos, que también él, el Dios del cielo y de la tierra, padece de ausencia, que también él tiene sed: sed de Israel, su pueblo; sed de aquella samaritana sin marido; sed de ti, de mí, de la humanidad entera. 
Si la encarnación ya te revelaba, Iglesia samaritana, el misterio de la sed de Dios, la pasión te lo desvelará gritado desde lo alto de la cruz: Tengo sed.
El que padece nuestra sed, tiene también sed de nosotros.
Y éste es, samaritana,  el misterio de tu eucaristía de hoy: te acercas al “don de Dios”, a la fuente de agua viva; te acercas y escuchas; te acercas y comulgas; te acercas y bebes.
Bebiendo, apagas tu sed, y el agua que recibes, ese Hijo que se te da, el Espíritu que se te comunica, se convierte dentro de ti “en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”.
Bebiendo, creyendo, apagas también la sed que Jesús tiene de ti: tú recibes lo que necesitas y él se queda con lo que ama.
Bebiendo, creyendo, comulgando, aprendes a mitigar en los pobres la sed de tu Señor.
Feliz domingo, Iglesia amada de Dios.

Fr. Santiago Agrelo
Arzobispo emérito de Tánger

viernes, 6 de marzo de 2020

Una humanidad tránsida de luz



La vida de Jesús, la de los pobres, se enfrenta a la oscuridad de la muerte.
Sobre él, sobre ellos, se cierne el horror del abandono en que los deja Dios, del sinsentido al que los entrega la razón, del infierno que es sinsentido y abandono intuidos como eternos.
No sé si por comunión con Jesús, no sé si por comunión con los pobres, también nosotros bajamos al infierno, caminamos a tientas en el sinsentido, experimentamos la angustia del abandono.
Con Jesús, con los pobres, también nosotros decimos: “Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas. Que no triunfen de nosotros nuestros enemigos. Sálvanos de todos nuestros peligros”.
Pisoteados por la justicia, condenados por los poderosos, crucificados por la indiferencia de todos, Jesús y los pobres, Jesús y la Iglesia que es su cuerpo, tú y yo, necesitamos una promesa divina a la que abrazarnos en el naufragio de la vida, una luz por la que guiarnos en la oscuridad de la noche.
Necesitamos entrar en el misterio de nuestra existencia, ir más allá de la piel que nos protege, ver más allá de lo que se ve, entrar más allá de nuestra propia intimidad. 
Necesitamos saber quién es Jesús, cuál es la esperanza reservada a los pobres, cuál es el destino del cuerpo de Cristo que es la Iglesia.
Necesitamos saber para no morir de soledad.
Hoy, a sus pobres, a su Iglesia, Jesús nos toma consigo y nos lleva aparte a ‘su montaña alta’, a su humanidad resucitada, y nos la hace contemplar atravesada por la luz de Dios.
Entonces escuchamos las palabras de la revelación. Se dicen para Abrahán, para Jesús, para los pobres, para la Iglesia, para cada uno de nosotros: 
Haré de ti un gran pueblo, te bendeciréCon tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo”. 
Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto”.
A la luz de la fe, vemos y escuchamos. 
A la luz de la fe, contemplamos y aprendemos.
Más aún, comulgando con ese Hijo amado, con el predilecto, comulgamos la luz de su resurrección, comulgamos la certeza de ser con él bendición para todas las familias del mundo. 
Comulgando con ese Hijo, hemos aprendido a decir: «¡Padre!», y la memoria de su ternura y su misericordia se ha quedado para siempre en el secreto de nuestro corazón. 
Comulgando con Cristo resucitado, llenamos de esperanza el cuenco de nuestros días.
Y soñamos con poner luz en la vida de los pobres, poner ternura en la soledad de sus caminos,  poner en sus manos el pan que necesitan, alimentar la esperanza en sus corazones, dejarles la certeza de que son amados, de que son como Jesús predilectos de Dios, de que son como nosotros hijos my amados de Dios.
Feliz domingo a todos los que soñáis una humanidad transfigurada, resucitada.

Fr. Santiago Agrelo
Arzobispo emérito de Tánger

lunes, 2 de marzo de 2020

LA CUARESMA


Te animamos a realizar esta sopa de letras y te facilitamos pistas para poder resolverla
con las frases incompletas que te dejamos. 

La solución puedes encontrarla entrando en la pestaña de la sección Oratorio de nuestra página o accediendo directamente a la misma pulsando este ENLACE

¿Vivimos lo que rezamos?





Formulario de contacto

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *