viernes, 30 de agosto de 2019

Procede con humildad, hazte pequeño.


El que te hablaba desde las páginas del Eclesiástico te llamó “hijo mío”. Y tú te quedaste
perplejo, no sabiendo si así te llamaba el autor humano del libro o su inspirador divino. Tal vez te
llamaron así los dos, pues uno dice lo que el otro inspira, y con verdad nosotros aclamamos
diciendo “palabra de Dios”, después de haber proclamado y escuchado palabras que fueron todas
ellas escritas por mano del hombre.
El que te hablaba, te llamó “hijo mío”, y tú te sentiste, no sólo interpelado, sino también
amado, cariñosamente instruido, delicadamente invitado a entrar con sabiduría en el banquete de la
vida.
Oíste decir “hijo mío”, y pensaste en Jesús de Nazaret, en el Hijo Unigénito, en el amado, en
el predilecto, el que es palabra de Dios cumplida, más aún, el que es la Palabra de Dios encarnada.
Y así, a Jesús de Nazaret, a la asamblea litúrgica que hoy ha escuchado la palabra de la
revelación, y también a ti mismo, consideraste dirigida la palabra del que busca enseñar a su hijo:
Procede con humildad”, “hazte pequeño”.
Vuelve los ojos al Hijo de Dios hecho hombre, y verás que “El Señor de la majestad se ha
hecho hermano nuestro”. Fíjate en Jesús de Nazaret, y verás que en él, que “es esplendor de la
gloria eterna, reflejo de la luz perpetua y espejo sin mancha… resplandecen la bienaventurada
pobreza, la santa humildad y la inefable caridad”. Fíjate y verás al Rey de los ángeles que, por
amor, ha querido nacer, con admirable humildad, en asombrosa pobreza, y pregúntate qué inefable
prodigio es ése, pues ves pequeño a tu Dios, lo ves niño en un pesebre, lo ves envuelto en pañales.
Procede con humildad”, “hazte pequeño”. Contempla todavía al Hijo, al que es Señor del
cielo y de la tierra, y haz tuyos sus sentimientos, pues él, “a pesar de su condición divina, no hizo
alarde de su categoría de Dios… se despojó de su rango, tomó la condición de esclavo… se rebajó,
hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de Cruz”.
Procede con humildad”, “hazte pequeño”. Dios mío, ¿cómo puedo yo hacerme pequeño, si
he nacido en la condición de esclavo?, ¿a dónde puedo bajar, si en pecado me concibió mi madre?
Entonces la fe me dice que tu gracia me ha sanado, que tu justicia me ha justificado, que tu amor me
ha enaltecido, que me has llamado y llevado a vivir en santa comunión contigo, dulcísimo Señor; la
fe me dice que me llamas y me llevas a bajar contigo por el camino del amor y de la entrega, hasta
dar la vida contigo; la fe me dice que he sido llamado a vivir en santa comunión con aquel que vino
del cielo a la tierra para servir, no para ser servido.
El que nos hizo hijos suyos en su Hijo y nos llamó a recorrer con su Hijo el camino de la
entrega a los demás, él mismo me dice: Procede con humildad”, “hazte pequeño”.
El que hoy nos invita a la comunión sacramental con su Hijo y nos hace en su Hijo
herederos de su gloria, él mismo nos dice: Procede con humildad”, “hazte pequeño”.
El que hoy prepara casa a los desvalidos llamándonos a vivir en Cristo Jesús, él mismo nos
dice: Procede con humildad”, “hazte pequeño”.
E intuyes ya la hermosura de los frutos de tu obediencia a la palabra del Padre: alcanzarás el
favor de Dios, él te revelará sus secretos, gozarás en la presencia de Dios rebosando de alegría…
Queridos, en este día de fiesta, la palabra de Dios nos deja a los creyentes sabor de
bienaventuranzas, paradojas del evangelio, milagros de la gracia: la alegría y la humildad se
abrazan, la pequeñez y el gozo van de la mano, los pobres son dichosos porque Dios se ha
empeñado en quedarse con ellos.
Hoy, cuando comulgues, presta atención a la voz que resonará en tu interior: Procede con
humildad”, “hazte pequeño”, sé dichoso.
¡Feliz domingo!

+ Fr. Santiago Agrelo
Arzobispo Emérito de Tánger

miércoles, 28 de agosto de 2019

El último puesto



El evangelio pone siempre en cuestión nuestras vidas personales y nuestras costumbres sociales. Nada parece más normal que el deseo de tener un buen puesto en la sociedad. A menudo los estudios se eligen pensando en los resultados económicos, que uno va a obtener después con el ejercicio de tal profesión. Pocas veces se tiene en cuenta la verdadera utilidad social y la propia vocación. Todos queremos que los demás nos vean como personas triunfadoras.

Jesús en el evangelio recomienda buscar siempre el último puesto (Lc 14,1.7-14). La verdad es que los últimos puestos solían estar siempre libres. Si Jesús recomienda el último puesto es porque Él mismo ha querido ocuparlo y situarse entre los últimos. Siendo Dios podía haber elegido una vida sin problemas, naciendo en un país rico en una familia que tuviera todo resuelto. Pero de esa manera su vida tan sólo hubiera sido atractiva para una élite intelectual o aristocrática, que se habría identificado con sus ideales. Escogiendo vivir como uno de tantos millones, ha podido convertirse en el hermano de todos, sobre todo de los pobres y de los que no cuentan a los ojos del mundo. El mismo Dios, que nosotros imaginamos como todopoderoso e importante busca la compañía de los humildes y permite ser ignorado en nuestro mundo (Eclesiástico 3, 17-18. 20. 28-29).

LA IGLESIA
TIENE QUE SALIR
HACIA LAS PERIFERIAS SOCIALES

El banquete recuerda siempre el Reino de Dios. Allí habrá sorpresas. Como Jesús dice varias veces: “los últimos serán los primeros y los primeros los últimos”. La irrupción del Reino de Dios en este mundo ha provocado ya una inversión de todos los valores. La sociedad no se transforma a base de voluntad de dominio sino con la disponibilidad al servicio y solidaridad con los más débiles. En el Reino de Dios los poderosos de este mundo serán los que ocuparán los últimos puestos.

Fruto de este nuevo estilo de vida es la recomendación de Jesús de invitar o hacer el bien a las personas que no te pueden corresponder. La vida social está basada en el intercambio de dones, en el dar y el recibir. Desgraciadamente ese intercambio se toma en sentido puramente material y entonces vemos que hay personas que no nos pueden aportar nada porque no tienen nada. Entonces los excluimos y verdaderamente no cuentan a la hora de organizar nuestro mundo. Los países pobres, sin embargo nos aportan tanto. El sentido religioso de la vida, el valor de la familia, el aprecio por la comunidad, el gozo de vivir, son siempre inyecciones de alegría en nuestro mundo triste y cansado. También tantas personas sencillas, que pasan desapercibidas a los ojos de la sociedad, hacen presente todo un tesoro de bondad y generosidad que verdaderamente salva el mundo.

La Iglesia parece haberlo comprendido cuando ha ido a buscar un Papa de un país lejano, de la periferia de nuestro mundo. El Papa Francisco nos recuerda constantemente que la Iglesia tiene que salir hacia las periferias sociales, hacia los pobres, porque Jesús mismo fue pobre y proclamó dichosos a los pobres. La participación en la eucaristía anticipa el banquete en el Reino. Comporta un compromiso por nuestra parte de compartir con nuestros hermanos todos los bienes, mostrándonos solidarios los unos con los otros.

sábado, 24 de agosto de 2019

Misioneros en Perú (Tercera Parte)


Traemos esta semana la tercera entrega de la serie documental "Misioneros por el mundo", que se emite en Canal TRECE, dedicado a quienes un día decidieron marchar a Perú. Una joya que puedes visualizar pulsando sobre la imagen.

viernes, 23 de agosto de 2019

La puerta estrecha


La preocupación por la propia salvación y la de los demás ha movido a lo largo de la historia a tantos cristianos, y de manera especial a religiosos y sacerdotes, a entregar su vida al servicio del evangelio. Ese pensamiento ha dejado paso a un deseo de vivir, de disfrutar de la vida en el presente y después que venga lo que tenga que venir.

El miedo a que sean pocos los que se salven ha llevado a entrar por la puerta estrecha, de la que habla Jesús, porque amplio es el camino que lleva a la perdición (Lc 13,22-30). Surgió así un cristianismo exigente de sacrificio y de renuncia con lo que se quería asegurar la salvación. Jesús insiste sin duda en el esfuerzo que hay que hacer para entrar antes de que la puerta se cierre. Ante todo quiere sacudir la confianza ingenua de los que piensan que basta pertenecer al pueblo elegido o estar bautizado para tener ya acceso al Reino. Uno puede llevarse el chasco de que el Señor no lo reconozca después de haber pasado toda una vida rezándole o sacrificándose por Él.

Lo más llamativo es que las puertas del Reino se abren a aquellos que parecían excluidos, a los paganos (Is 66,18-21). Se cumplirá aquello de que los primeros serán los últimos y los últimos los primeros. Entonces ¿qué hay que hacer? Dejar las seguridades puramente humanas convertirse al Reino. El Reino no se le puede conquistar con la violencia ni con los esfuerzos humanos. Es un don de Dios. Pero hay que saber acogerlo. Para ello hay que vaciarse de sí mismo, dejar todos los títulos de propiedad y presentarse pobre ante Dios. Reconocer que sólo Él nos puede salvar. Pero el Reino no es una realidad abstracta. Es la persona de Jesús, que se hace presente en la vida de la Iglesia y del mundo. Entrar por la puerta estrecha es seguir a Jesús, vivir y encarnar los mismos valores que Él vivió y que le llevaron a la muerte y a la Resurrección.

No hay Resurrección, no hay salvación, sin esa comunidad de destino con Cristo crucificado. Buscar una gracia barata de garantías puramente humanas es permanecer ante la puerta cerrada por nuestra culpa. En verdad la puerta del Reino está siempre abierta. Quizás nos pasa como al protagonista de Kafka que quiere entrar en la catedral de Praga y encuentra la puerta cerrada. Empuja y empuja en ella sin que ésta ceda. Tras un largo forcejeo se da cuenta de que la puerta abre hacia afuera. Ese fue el error del pueblo elegido, creer que la puerta se abría tan sólo para los de dentro. La puerta se abre para todos los que están fuera o nosotros creemos que están fuera.

Para que no nos pase lo mismo que al pueblo elegido, el Señor nos corrige suavemente (Hb 12,5-13). La Palabra de Dios nos ayuda a volver al verdadero camino cuando nos hemos desviado con nuestro afán de justificarnos a nosotros mismos. A nadie le gusta admitir que nos hemos equivocado, sobre todo cuando son los demás los que nos lo hacen ver. En este caso es Dios nuestro Padre el que trata de enderezar nuestros pensamientos y nuestros caminos para que no pongamos la confianza en nosotros mismos sino en su gracia que nos salva.

La celebración de la eucaristía mantiene para todos nosotros abierta la puerta de la salvación. Esa puerta es Cristo. Por Él tenemos libre acceso al Padre. Participar en la eucaristía es tomar parte ya en el banquete del Reino junto con todas las naciones que Dios ha invitado para manifestar su amor con todos. Alegrémonos porque la salvación es universal y demos gracias a Dios que nos ha llamado sin méritos propios.

sábado, 17 de agosto de 2019

Misioneros en Perú (Segunda Parte)


Os abrimos una ventana al segundo capítulo de la serie documental "Misioneros por el mundo", que se emite en Canal TRECE, dedicado a quienes un día decidieron marchar a Perú. Una joya que puedes visualizar pulsando sobre la imagen.

Bautizados con Cristo para hacer un mundo nuevo


Hundidos en el lodo: primero Jeremías, luego Jesús.
Bautizados en la muerte: Jeremías y Jesús, sumergidos en un abismo de rechazo humano, de incomprensión, de odio, destinados a morir.
Crucificados como Jeremías, como Jesús, los emigrantes, siempre los pobres: Empujados a la muerte por la miseria; abandonados a su suerte por nuestro egoísmo; dejados como plástico a la deriva por nuestra indiferencia.
Sus vidas son un grito: “Dios mío, sálvame, que me llega el agua al cuello: me estoy hundiendo en un cieno profundo y no puedo hacer pie; he entrado en la hondura del agua, me arrastra la corriente”.
Jeremías, Jesús, los emigrantes, los pobres: nosotros los vemos como un incordio a las puertas de nuestra abundancia, pero son voceros de Dios, son sus profetas, una alarma activada por el amor de Dios en nuestro mundo de frivolidades, una llamada a la conciencia de los distraídos por si todavía queremos darnos una oportunidad de salvación.
Todos tenemos nuestras buenas razones para el abandono de los pobres al frío de la muerte, pero son las mismas buenas razones con las que dejo a Dios fuera de mi vida, fuera de mi rosario –perverso- y de mi eucaristía –escandalosa- y de mi corazón –petrificado-…
La Iglesia que hoy celebra la Eucaristía sabe que pertenece a Cristo, y hace suya la palabra de Cristo y comulga con su Señor.
Tú sabes que eres un solo cuerpo con Cristo; sabes que tu destino es el de los pobres, el de los profetas, el de Cristo.
Bautizada, olvidada, desechada, crucificada, estás llamada a ser siempre presencia viva de Cristo pobre entre los pobres, pobre tú también y enviada a los pobres como evangelio de salvación.
Habrás de desear ese bautismo por el que pasó Jesús; habrás de desearlo como lo deseó Jesús, habrás de desear con todo el corazón verte entregada con él, seguirlo a él abrazada a tu cruz…
Ese bautismo, esa comunión con Cristo Jesús en su entrega de amor hasta la muerte, es la chispa que encenderá el fuego que él vino a prender en el mundo. Por esa puerta de la entrega amorosa entrará el Espíritu de Jesús que hará posible un mundo nuevo, un mundo hijos de Dios, el reino de Dios, un mundo en el que los pobres podrán decir con verdad –lo podrán decir a una con Jesús-: “Yo esperaba con ansia al Señor; él se inclinó y escuchó mi grito. Me levantó de la fosa fatal, de la charca fangosa; afianzó mis pies… aseguró mis pasos… El Señor se cuida de mí”.
Feliz domingo, Iglesia de Cristo. Feliz bautismo en la muerte de Cristo. Feliz comunión con Cristo resucitado.

--
Siempre en el corazón Cristo.
 
+ Fr. Santiago Agrelo
Arzobispo emérito de Tánger

sábado, 10 de agosto de 2019

Misioneros en Perú (Primera Parte)


Os traemos de la serie documental "Misioneros por el mundo", que se emite en Canal TRECE, el primero de los capítulos dedicado a quienes un día decidieron marchar a Perú. Una joya que puedes visualizar pulsando sobre la imagen.

miércoles, 7 de agosto de 2019

MISIONEROS TERCER MILENIO



Hoy hemos podido leer en Misioneros Tercer Milenio, publicación editada por OMP en colaboración con 18 institutos misioneros, algunos artículos interesantes. 
Esta publicación nace en el año 2000, pero es heredera de la labor al servicio de la misión de la Iglesia y del espíritu universalista desarrollada por sus predecesoras: las revistas “Pueblos del Tercer Mundo” y “Catolicismo”.
Misioneros Tercer Milenio está destinada a los adultos, y permite estar informado sobre la actualidad misionera en todo el mundo. A través de sus páginas se puede conocer la realidad de los pueblos en los que realizan su labor nuestros misioneros, con acceso de primera mano a sus testimonios, vivencias, experiencias y opiniones.
La revista también refleja la situación de la Iglesia católica y de sus fieles en los países de misión, y las actividades de animación misionera que realizan en España las Direcciones Diocesanas de OMP y Delegaciones de Misiones.

Destacamos de este número su Editorial y los dos Informes que reproducimos. 

Puede ampliar las imágenes pulsando sobre las mismas.












VIVIR DE LA FE



En nuestros tiempos de cambios acelerados van desapareciendo las certezas que antes daban una estabilidad y referencia a la vida de los hombres. Incapaces de conocer y dominar el futuro, a pesar de todos los adelantos, las personas se resignan a vivir al día, como la única certeza todavía posible. No es de extrañar que se haya tirado por la borda la fe como un fardo inútil o como una ilusión sin fundamento en la realidad pura y dura, que no admite paliativos ni consuelos fáciles.
Efectivamente la fe es eso, una manera de poseer ya lo que se espera, un medio de conocer las realidades que no se ven (Hb 11,1-2.8-19). A los ojos de nuestros contemporáneos la actitud de fe traduce una ingenuidad, que hace que uno sea víctima de una ilusión. Freud habló del porvenir de una ilusión, refiriéndose a la religión cristiana. No cabe duda que para él esa ilusión será despejada por la ciencia. A pesar de todo, aquí nos tienen de creyentes por la vida.
Nos anima a ello el ejemplo de los grandes creyentes de todos los tiempos que caminaron en la fe, sin haber visto realizadas de todo las promesas, pero viéndolas y saludándolas de lejos. En particular Abrahán y Sara son nuestros padres en la fe, que supieron esperar contra toda esperanza. Las promesas del Señor se fundan en su palabra todopoderosa que liberó a nuestros padres de la esclavitud de Egipto (Sab 18,6-9).
La fe nos lleva a no abandonar el puesto y a estar en guardia, incluso durante el verano y las vacaciones, con las lámparas encendidas a la espera del Señor (Lc 12,32-48). La cultura actual no sólo es una cultura de la noche, celebrada de noche, sino que la noche proyecta su sombra y su inconsciencia sobre el día. El mundo del consumismo crea una especie de letargo y de sopor que facilita el que seamos manipulados por todos los mensajes de falsa felicidad.

El cristiano sabe que estamos viviendo en los últimos tiempos, es decir en los definitivos y que todo minuto es precioso y no se puede desperdiciar. No se puede pasar la vida adormilados simplemente disfrutándola. Hay que realizar la misión que el Señor nos ha encomendado.

La única manera de estar despiertos y velar es sentirse responsables ante Alguien. Sólo el vivir ante Dios nos puede dar esa capacidad de atención al presente. Dios es una presencia total que nos circunda y nos envuelve. Pero no es una presencia puramente estática de algo que está ahí. Es una presencia dinámica que nos implanta en la vida y en el ser y que nos da las energías necesarias para vivir.

El hombre actual puede tener la sensación de que Dios está ausente, o que está lejos, o que tarda en venir. En realidad Dios está viniendo a nuestro encuentro en cada persona, en cada acontecimiento. Cada momento de nuestra existencia se entrecruza con la eternidad de Dios y nos ofrece la oportunidad de la salvación, de ser arrancados a esta realidad falsa y engañosa en la que nos toca vivir. Pero hay que confrontarse con esta realidad y no huir de ella. Saber que somos responsables de la construcción del Reino de Dios en este mundo que todavía tiene tantas marcas del anti-Reino. Que la celebración de la eucaristía alimente nuestra fe y nos ayude a mantener nuestras lámparas encendidas hasta que el Señor vuelva.

jueves, 1 de agosto de 2019

Ser rico ante Dios



El informe sociológico de FOESSA, fundación de estudios de Cáritas, lanza la señal de alarma: se ha quebrado el pacto social. Las consecuencias las pagan los hogares con menos recursos. La pobreza de ciertos grupos es ya crónica y no desaparece aunque de nuevo haya crecimiento económico. Crecimiento no es igual a desarrollo, sobre todo desarrollo para todos. Los excluidos por “esta cultura del descarte”, de la que habla el papa Francisco, sienten una gran frustración (Ecles 1,2; 2,21-23). A pesar de las buenas palabras de los gobernantes, no parece que las cosas lleven camino de cambiar. 

No sabemos muy bien a quién apelar. Desgraciadamente el mismo Jesús no quiso meterse en asuntos de dinero (Lc 12,13-21). Jesús se niega a intervenir en un caso en que la injusticia parece evidente. El hijo mayor se ha quedado con toda la herencia. Con su negativa Jesús denuncia el que los bienes de este mundo sean más importantes que el amor fraterno. Eso es lo que tantas veces se pone de manifiesto cuando está por medio el dinero.

Todo proviene de la ilusión de pensar que la vida depende de los bienes, que con ellos uno tiene un seguro para esta vida y para la otra. Esa creencia lleva a la codicia y a querer acaparar los bienes para asegurarse el futuro. La parábola del hombre rico, que quiere darse la buena vida, pone al descubierto el engaño en que vive el hombre. No es posible asegurarse el futuro mediante los bienes. La vida del hombre está siempre pendiente de un hilo y depende de Dios. 

¿Cómo asegurarse la vida? Se trata de ser rico ante Dios y no de amasar riquezas para sí mismo. Es rico ante Dios el que ha cultivado las relaciones personales, empezando por las relaciones familiares. Esa es la verdadera riqueza, la riqueza del amor, que no disminuye cuando se la comparte sino que por el contrario crece en el amor mutuo. 

El peligro de la cultura actual es que nos lleva a buscar la felicidad en el tener, en las cosas que se pueden comprar con el dinero. El consumismo lleva a acaparar todas nuestras energías y nuestro tiempo y nos esclaviza. Trabajamos para tener. No tenemos tiempo para cultivar nuestras amistades, para compartir con las personas. De esa manera la persona humana se va empobreciendo cada vez más. La persona es siempre una relación personal. Cuando desaparecen las relaciones personales y quedan sólo las relaciones con las cosas, con los aparatos. El hombre mismo se cosifica. 

El apóstol nos invita precisamente a buscar las cosas de arriba, no las de la tierra (Col 3,1-5.9-11). Las cosas de arriba no están en otro mundo distinto. Son realidades también de nuestro mundo. No son las cosas materiales perecederas. Lo único que tiene garantía de eternidad es aquello que se ha amado. Se trata ante todo de las personas. Pero también las cosas que han sido verdaderamente amadas y que no han sido tratadas simplemente como objetos de usar y tirar podrán adquirir ese sabor de eternidad. Desgraciadamente son pocas las cosas que adquieren esa propiedad y que las conservamos a lo largo de la vida con amor.

El encuentro con Jesús en la eucaristía es la única garantía de vida. Sólo dando la vida como Jesús estamos seguros de poder tener vida en abundancia, vida eterna.

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