viernes, 4 de octubre de 2019

Fiesta de San Francisco



Cada 4 de octubre es fiesta grande en las casas de las diferentes ramas franciscanas, a cuya celebración nos sumamos en la Asociación Compromiso Marana-thá. Y es que el 4 de octubre es la fiesta de san Francisco de Asís, el ‘poverello’ del siglo XII que desde la pobreza y la austeridad renovó la iglesia y la vida religiosa florecilla a florecilla
Su impronta llega hasta nuestros días.

Una Iglesia pobre para los pobres

La pobreza y el cumplimiento estricto de los Evangelios como única regla fue su máxima.

El deseo de paz
“Haz de mí un instrumento de paz”. 

Francisco es el hombre de la paz.
Una casa común para todos

San Francisco es también el santo de la “Hermana Tierra”, el hombre que ama y custodia la creación.

Un Iglesia frente al clericalismo
El impulso misionero, Francisco de Asís lo vivió siendo un simple religioso que no se ordenó sacerdote llegó como misionero a Egipto o Tierra Santa. Este enfrentamiento a los poderosos como al sultán o ante la Curia Romana coincide con la denuncia continua de Francisco ante el clericalismo y el abuso del poder.
El ‘poverello’ tuvo que vencer también muchas resistencia y divisiones internas o la aprobación de una regla nueva.

Por las periferias del mundo

Un momento clave en la propia conversión personal de san Francisco de Asís es el beso en la mano tras darle una limosna a un leproso que le salió al camino. “Lo hacía ya por Cristo crucificado, quien, según el profeta, apareció despreciable como un leproso”, escribiría días después.
Un beso que integra a los que están en la periferia, los devuelve al camino…


sábado, 14 de septiembre de 2019

Pequeños gestos


A veces, estamos tan inmersos en nuestras vidas que no nos damos cuenta de que al tener un pequeño acto generoso con los demás podemos hacer que su día sea más brillante, feliz e incluso que ganen en confianza hacia ellos mismos y alegrarles el día. Este estar inmersos en nuestras necesidades nos ocurre cuando no estamos conectados con el presente, cuando nuestra mente está pensando en cosas pasadas o preocupada por hechos futuros, porque cuando realmente estamos viviendo el ahora, no se nos escapan esos pequeños detalles que podemos tener con los demás.

Un pequeño detalle puede marcar una gran diferencia en la vida de alguien

Fabula estrella de mar

En ocasiones, si no nos animamos a realizar una buena acción por una buena causa es porque pensamos que solamente con nuestro esfuerzo no es suficiente, que no tiene sentido, que si nadie más hace lo mismo, no tendrá la suficiente fuerza nuestra acción, pero estamos equivocados. Existe una fábula, la del niño y la estrella de mar que viene a explicar esta sensación que a veces nos desanima cuando pensamos en realizar una labor altruista:
Hubo una vez, un hombre mayor, que salía a pasear todas las mañanas por la playa, allí, durante varios días, veía a un niño que se afanaba muy inquieto en devolver al mar todas las estrellas que podía cuando la marea las dejaba en la arena de la playa. Las estrellas de mar sólo pueden vivir cinco minutos fuera del agua y en la arena había cientos de ellas. El hombre, todas las mañanas veía la misma escena y se preguntaba por qué perdía el tiempo ese niño. Una mañana decidió acercarse a él y preguntarle que por qué lo hacía, si la mayoría de ellas morirían, entonces el niño abrió su manita y le mostró una estrella de mar de color rojo brillante y antes de devolverla al agua le dijo «Porque para ella sí tiene sentido».

Esta fábula viene a ilustrar que no es necesario que nuestras acciones lleguen a un gran número de personas, cuando tenemos un detalle con alguien, esa persona va a ser más feliz, y probablemente también le apetezca a ella tener detalles con otras personas. Con la generosidad se produce el efecto dominó. La fuerza de la amabilidad es como una onda expansiva, las personas suelen abrirse a ella y les anima a ser mejores y dar lo mejor de ellos mismos.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

La lógica del Uno


Lucas es el evangelista de la misericordia y este texto lo rezuma por todas partes. No deja de ser llamativo y original qué si leemos las tres parábolas de la misericordia que se encuentran en el capítulo 15 se destacan tres realidades evangélicas.
Primero, la alegría de haber encontrado lo que estaba perdido. Se pierde una moneda, una oveja, y un hijo, y todas las llamadas es a la inmensa alegría por haber hallado lo que estaba perdido. Es saber que somos la alegría en el Corazón de Cristo, cuando nos dejamos encontrar por El, por muy perdido que nos encontremos.
Segundo, porque insiste Lucas tanto en el UNO. Se pierde un hijo, una oveja, y una moneda. Se podrían haber perdido tres hijos, diez ovejas, y treinta monedas…porque se fija en que lo que se pierde es un hijo, una oveja, una moneda…y hay tanta alegría en el corazón de Dios, que parece que va a estallar.
Es la lógica del UNO, y que es esencialmente lo que hace distinto y original al cristianismo. Nuestro Dios ha perdido la cabeza por cada uno de nosotros. Dios no sabe amar en abstracto, porque sería un amor no creíble. Dios increíblemente nos ama a cada uno. De uno en uno. Y ha perdido la cabeza por ti y por mí, porque solo sabe amar concretamente a cada persona que de un modo admirable ha creado, y más admirablemente ha redimido.
Por último, nuestra vida es cantar las misericordias del Señor. Su amor es loco y lleva al perdón, que es la mayor expresión de su amor misericordioso. La alegría de nuestra vida, es saber que siempre que volvemos a la casa de su Corazón, la alegría inunda todos los poros de nuestro corazón.
Vivimos la alegría de quien ha conocido el amor, y tiene un Padre que siempre cuida de nosotros, y nos entrega a su Hijo, que nos guia con la luz de su Corazón misericordioso, a lo más profundo de una vida de caridad, y de servicio a los más pobres.



+ Francisco Cerro Chaves
Obispo de Coria-Cáceres

martes, 3 de septiembre de 2019

¡ACTÚA!



AUNQUE TE DIGAN QUE LA INTENCIÓN ES LA QUE VALE
LA ACCIÓN MÁS PEQUEÑA
ES MEJOR
QUE LA INTENCIÓN MÁS GRANDE
¡ACTÚA!

CONTACTA CON NOSOTROS Y TE INFORMAREMOS CÓMO PUEDES ACTUAR PARA COLABORAR CON NUESTROS PROYECTOS SOLIDARIOS

viernes, 30 de agosto de 2019

Procede con humildad, hazte pequeño.


El que te hablaba desde las páginas del Eclesiástico te llamó “hijo mío”. Y tú te quedaste
perplejo, no sabiendo si así te llamaba el autor humano del libro o su inspirador divino. Tal vez te
llamaron así los dos, pues uno dice lo que el otro inspira, y con verdad nosotros aclamamos
diciendo “palabra de Dios”, después de haber proclamado y escuchado palabras que fueron todas
ellas escritas por mano del hombre.
El que te hablaba, te llamó “hijo mío”, y tú te sentiste, no sólo interpelado, sino también
amado, cariñosamente instruido, delicadamente invitado a entrar con sabiduría en el banquete de la
vida.
Oíste decir “hijo mío”, y pensaste en Jesús de Nazaret, en el Hijo Unigénito, en el amado, en
el predilecto, el que es palabra de Dios cumplida, más aún, el que es la Palabra de Dios encarnada.
Y así, a Jesús de Nazaret, a la asamblea litúrgica que hoy ha escuchado la palabra de la
revelación, y también a ti mismo, consideraste dirigida la palabra del que busca enseñar a su hijo:
Procede con humildad”, “hazte pequeño”.
Vuelve los ojos al Hijo de Dios hecho hombre, y verás que “El Señor de la majestad se ha
hecho hermano nuestro”. Fíjate en Jesús de Nazaret, y verás que en él, que “es esplendor de la
gloria eterna, reflejo de la luz perpetua y espejo sin mancha… resplandecen la bienaventurada
pobreza, la santa humildad y la inefable caridad”. Fíjate y verás al Rey de los ángeles que, por
amor, ha querido nacer, con admirable humildad, en asombrosa pobreza, y pregúntate qué inefable
prodigio es ése, pues ves pequeño a tu Dios, lo ves niño en un pesebre, lo ves envuelto en pañales.
Procede con humildad”, “hazte pequeño”. Contempla todavía al Hijo, al que es Señor del
cielo y de la tierra, y haz tuyos sus sentimientos, pues él, “a pesar de su condición divina, no hizo
alarde de su categoría de Dios… se despojó de su rango, tomó la condición de esclavo… se rebajó,
hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de Cruz”.
Procede con humildad”, “hazte pequeño”. Dios mío, ¿cómo puedo yo hacerme pequeño, si
he nacido en la condición de esclavo?, ¿a dónde puedo bajar, si en pecado me concibió mi madre?
Entonces la fe me dice que tu gracia me ha sanado, que tu justicia me ha justificado, que tu amor me
ha enaltecido, que me has llamado y llevado a vivir en santa comunión contigo, dulcísimo Señor; la
fe me dice que me llamas y me llevas a bajar contigo por el camino del amor y de la entrega, hasta
dar la vida contigo; la fe me dice que he sido llamado a vivir en santa comunión con aquel que vino
del cielo a la tierra para servir, no para ser servido.
El que nos hizo hijos suyos en su Hijo y nos llamó a recorrer con su Hijo el camino de la
entrega a los demás, él mismo me dice: Procede con humildad”, “hazte pequeño”.
El que hoy nos invita a la comunión sacramental con su Hijo y nos hace en su Hijo
herederos de su gloria, él mismo nos dice: Procede con humildad”, “hazte pequeño”.
El que hoy prepara casa a los desvalidos llamándonos a vivir en Cristo Jesús, él mismo nos
dice: Procede con humildad”, “hazte pequeño”.
E intuyes ya la hermosura de los frutos de tu obediencia a la palabra del Padre: alcanzarás el
favor de Dios, él te revelará sus secretos, gozarás en la presencia de Dios rebosando de alegría…
Queridos, en este día de fiesta, la palabra de Dios nos deja a los creyentes sabor de
bienaventuranzas, paradojas del evangelio, milagros de la gracia: la alegría y la humildad se
abrazan, la pequeñez y el gozo van de la mano, los pobres son dichosos porque Dios se ha
empeñado en quedarse con ellos.
Hoy, cuando comulgues, presta atención a la voz que resonará en tu interior: Procede con
humildad”, “hazte pequeño”, sé dichoso.
¡Feliz domingo!

+ Fr. Santiago Agrelo
Arzobispo Emérito de Tánger

miércoles, 28 de agosto de 2019

El último puesto



El evangelio pone siempre en cuestión nuestras vidas personales y nuestras costumbres sociales. Nada parece más normal que el deseo de tener un buen puesto en la sociedad. A menudo los estudios se eligen pensando en los resultados económicos, que uno va a obtener después con el ejercicio de tal profesión. Pocas veces se tiene en cuenta la verdadera utilidad social y la propia vocación. Todos queremos que los demás nos vean como personas triunfadoras.

Jesús en el evangelio recomienda buscar siempre el último puesto (Lc 14,1.7-14). La verdad es que los últimos puestos solían estar siempre libres. Si Jesús recomienda el último puesto es porque Él mismo ha querido ocuparlo y situarse entre los últimos. Siendo Dios podía haber elegido una vida sin problemas, naciendo en un país rico en una familia que tuviera todo resuelto. Pero de esa manera su vida tan sólo hubiera sido atractiva para una élite intelectual o aristocrática, que se habría identificado con sus ideales. Escogiendo vivir como uno de tantos millones, ha podido convertirse en el hermano de todos, sobre todo de los pobres y de los que no cuentan a los ojos del mundo. El mismo Dios, que nosotros imaginamos como todopoderoso e importante busca la compañía de los humildes y permite ser ignorado en nuestro mundo (Eclesiástico 3, 17-18. 20. 28-29).

LA IGLESIA
TIENE QUE SALIR
HACIA LAS PERIFERIAS SOCIALES

El banquete recuerda siempre el Reino de Dios. Allí habrá sorpresas. Como Jesús dice varias veces: “los últimos serán los primeros y los primeros los últimos”. La irrupción del Reino de Dios en este mundo ha provocado ya una inversión de todos los valores. La sociedad no se transforma a base de voluntad de dominio sino con la disponibilidad al servicio y solidaridad con los más débiles. En el Reino de Dios los poderosos de este mundo serán los que ocuparán los últimos puestos.

Fruto de este nuevo estilo de vida es la recomendación de Jesús de invitar o hacer el bien a las personas que no te pueden corresponder. La vida social está basada en el intercambio de dones, en el dar y el recibir. Desgraciadamente ese intercambio se toma en sentido puramente material y entonces vemos que hay personas que no nos pueden aportar nada porque no tienen nada. Entonces los excluimos y verdaderamente no cuentan a la hora de organizar nuestro mundo. Los países pobres, sin embargo nos aportan tanto. El sentido religioso de la vida, el valor de la familia, el aprecio por la comunidad, el gozo de vivir, son siempre inyecciones de alegría en nuestro mundo triste y cansado. También tantas personas sencillas, que pasan desapercibidas a los ojos de la sociedad, hacen presente todo un tesoro de bondad y generosidad que verdaderamente salva el mundo.

La Iglesia parece haberlo comprendido cuando ha ido a buscar un Papa de un país lejano, de la periferia de nuestro mundo. El Papa Francisco nos recuerda constantemente que la Iglesia tiene que salir hacia las periferias sociales, hacia los pobres, porque Jesús mismo fue pobre y proclamó dichosos a los pobres. La participación en la eucaristía anticipa el banquete en el Reino. Comporta un compromiso por nuestra parte de compartir con nuestros hermanos todos los bienes, mostrándonos solidarios los unos con los otros.

sábado, 24 de agosto de 2019

Misioneros en Perú (Tercera Parte)


Traemos esta semana la tercera entrega de la serie documental "Misioneros por el mundo", que se emite en Canal TRECE, dedicado a quienes un día decidieron marchar a Perú. Una joya que puedes visualizar pulsando sobre la imagen.

viernes, 23 de agosto de 2019

La puerta estrecha


La preocupación por la propia salvación y la de los demás ha movido a lo largo de la historia a tantos cristianos, y de manera especial a religiosos y sacerdotes, a entregar su vida al servicio del evangelio. Ese pensamiento ha dejado paso a un deseo de vivir, de disfrutar de la vida en el presente y después que venga lo que tenga que venir.

El miedo a que sean pocos los que se salven ha llevado a entrar por la puerta estrecha, de la que habla Jesús, porque amplio es el camino que lleva a la perdición (Lc 13,22-30). Surgió así un cristianismo exigente de sacrificio y de renuncia con lo que se quería asegurar la salvación. Jesús insiste sin duda en el esfuerzo que hay que hacer para entrar antes de que la puerta se cierre. Ante todo quiere sacudir la confianza ingenua de los que piensan que basta pertenecer al pueblo elegido o estar bautizado para tener ya acceso al Reino. Uno puede llevarse el chasco de que el Señor no lo reconozca después de haber pasado toda una vida rezándole o sacrificándose por Él.

Lo más llamativo es que las puertas del Reino se abren a aquellos que parecían excluidos, a los paganos (Is 66,18-21). Se cumplirá aquello de que los primeros serán los últimos y los últimos los primeros. Entonces ¿qué hay que hacer? Dejar las seguridades puramente humanas convertirse al Reino. El Reino no se le puede conquistar con la violencia ni con los esfuerzos humanos. Es un don de Dios. Pero hay que saber acogerlo. Para ello hay que vaciarse de sí mismo, dejar todos los títulos de propiedad y presentarse pobre ante Dios. Reconocer que sólo Él nos puede salvar. Pero el Reino no es una realidad abstracta. Es la persona de Jesús, que se hace presente en la vida de la Iglesia y del mundo. Entrar por la puerta estrecha es seguir a Jesús, vivir y encarnar los mismos valores que Él vivió y que le llevaron a la muerte y a la Resurrección.

No hay Resurrección, no hay salvación, sin esa comunidad de destino con Cristo crucificado. Buscar una gracia barata de garantías puramente humanas es permanecer ante la puerta cerrada por nuestra culpa. En verdad la puerta del Reino está siempre abierta. Quizás nos pasa como al protagonista de Kafka que quiere entrar en la catedral de Praga y encuentra la puerta cerrada. Empuja y empuja en ella sin que ésta ceda. Tras un largo forcejeo se da cuenta de que la puerta abre hacia afuera. Ese fue el error del pueblo elegido, creer que la puerta se abría tan sólo para los de dentro. La puerta se abre para todos los que están fuera o nosotros creemos que están fuera.

Para que no nos pase lo mismo que al pueblo elegido, el Señor nos corrige suavemente (Hb 12,5-13). La Palabra de Dios nos ayuda a volver al verdadero camino cuando nos hemos desviado con nuestro afán de justificarnos a nosotros mismos. A nadie le gusta admitir que nos hemos equivocado, sobre todo cuando son los demás los que nos lo hacen ver. En este caso es Dios nuestro Padre el que trata de enderezar nuestros pensamientos y nuestros caminos para que no pongamos la confianza en nosotros mismos sino en su gracia que nos salva.

La celebración de la eucaristía mantiene para todos nosotros abierta la puerta de la salvación. Esa puerta es Cristo. Por Él tenemos libre acceso al Padre. Participar en la eucaristía es tomar parte ya en el banquete del Reino junto con todas las naciones que Dios ha invitado para manifestar su amor con todos. Alegrémonos porque la salvación es universal y demos gracias a Dios que nos ha llamado sin méritos propios.

sábado, 17 de agosto de 2019

Misioneros en Perú (Segunda Parte)


Os abrimos una ventana al segundo capítulo de la serie documental "Misioneros por el mundo", que se emite en Canal TRECE, dedicado a quienes un día decidieron marchar a Perú. Una joya que puedes visualizar pulsando sobre la imagen.

Bautizados con Cristo para hacer un mundo nuevo


Hundidos en el lodo: primero Jeremías, luego Jesús.
Bautizados en la muerte: Jeremías y Jesús, sumergidos en un abismo de rechazo humano, de incomprensión, de odio, destinados a morir.
Crucificados como Jeremías, como Jesús, los emigrantes, siempre los pobres: Empujados a la muerte por la miseria; abandonados a su suerte por nuestro egoísmo; dejados como plástico a la deriva por nuestra indiferencia.
Sus vidas son un grito: “Dios mío, sálvame, que me llega el agua al cuello: me estoy hundiendo en un cieno profundo y no puedo hacer pie; he entrado en la hondura del agua, me arrastra la corriente”.
Jeremías, Jesús, los emigrantes, los pobres: nosotros los vemos como un incordio a las puertas de nuestra abundancia, pero son voceros de Dios, son sus profetas, una alarma activada por el amor de Dios en nuestro mundo de frivolidades, una llamada a la conciencia de los distraídos por si todavía queremos darnos una oportunidad de salvación.
Todos tenemos nuestras buenas razones para el abandono de los pobres al frío de la muerte, pero son las mismas buenas razones con las que dejo a Dios fuera de mi vida, fuera de mi rosario –perverso- y de mi eucaristía –escandalosa- y de mi corazón –petrificado-…
La Iglesia que hoy celebra la Eucaristía sabe que pertenece a Cristo, y hace suya la palabra de Cristo y comulga con su Señor.
Tú sabes que eres un solo cuerpo con Cristo; sabes que tu destino es el de los pobres, el de los profetas, el de Cristo.
Bautizada, olvidada, desechada, crucificada, estás llamada a ser siempre presencia viva de Cristo pobre entre los pobres, pobre tú también y enviada a los pobres como evangelio de salvación.
Habrás de desear ese bautismo por el que pasó Jesús; habrás de desearlo como lo deseó Jesús, habrás de desear con todo el corazón verte entregada con él, seguirlo a él abrazada a tu cruz…
Ese bautismo, esa comunión con Cristo Jesús en su entrega de amor hasta la muerte, es la chispa que encenderá el fuego que él vino a prender en el mundo. Por esa puerta de la entrega amorosa entrará el Espíritu de Jesús que hará posible un mundo nuevo, un mundo hijos de Dios, el reino de Dios, un mundo en el que los pobres podrán decir con verdad –lo podrán decir a una con Jesús-: “Yo esperaba con ansia al Señor; él se inclinó y escuchó mi grito. Me levantó de la fosa fatal, de la charca fangosa; afianzó mis pies… aseguró mis pasos… El Señor se cuida de mí”.
Feliz domingo, Iglesia de Cristo. Feliz bautismo en la muerte de Cristo. Feliz comunión con Cristo resucitado.

--
Siempre en el corazón Cristo.
 
+ Fr. Santiago Agrelo
Arzobispo emérito de Tánger

sábado, 10 de agosto de 2019

Misioneros en Perú (Primera Parte)


Os traemos de la serie documental "Misioneros por el mundo", que se emite en Canal TRECE, el primero de los capítulos dedicado a quienes un día decidieron marchar a Perú. Una joya que puedes visualizar pulsando sobre la imagen.

miércoles, 7 de agosto de 2019

MISIONEROS TERCER MILENIO



Hoy hemos podido leer en Misioneros Tercer Milenio, publicación editada por OMP en colaboración con 18 institutos misioneros, algunos artículos interesantes. 
Esta publicación nace en el año 2000, pero es heredera de la labor al servicio de la misión de la Iglesia y del espíritu universalista desarrollada por sus predecesoras: las revistas “Pueblos del Tercer Mundo” y “Catolicismo”.
Misioneros Tercer Milenio está destinada a los adultos, y permite estar informado sobre la actualidad misionera en todo el mundo. A través de sus páginas se puede conocer la realidad de los pueblos en los que realizan su labor nuestros misioneros, con acceso de primera mano a sus testimonios, vivencias, experiencias y opiniones.
La revista también refleja la situación de la Iglesia católica y de sus fieles en los países de misión, y las actividades de animación misionera que realizan en España las Direcciones Diocesanas de OMP y Delegaciones de Misiones.

Destacamos de este número su Editorial y los dos Informes que reproducimos. 

Puede ampliar las imágenes pulsando sobre las mismas.












VIVIR DE LA FE



En nuestros tiempos de cambios acelerados van desapareciendo las certezas que antes daban una estabilidad y referencia a la vida de los hombres. Incapaces de conocer y dominar el futuro, a pesar de todos los adelantos, las personas se resignan a vivir al día, como la única certeza todavía posible. No es de extrañar que se haya tirado por la borda la fe como un fardo inútil o como una ilusión sin fundamento en la realidad pura y dura, que no admite paliativos ni consuelos fáciles.
Efectivamente la fe es eso, una manera de poseer ya lo que se espera, un medio de conocer las realidades que no se ven (Hb 11,1-2.8-19). A los ojos de nuestros contemporáneos la actitud de fe traduce una ingenuidad, que hace que uno sea víctima de una ilusión. Freud habló del porvenir de una ilusión, refiriéndose a la religión cristiana. No cabe duda que para él esa ilusión será despejada por la ciencia. A pesar de todo, aquí nos tienen de creyentes por la vida.
Nos anima a ello el ejemplo de los grandes creyentes de todos los tiempos que caminaron en la fe, sin haber visto realizadas de todo las promesas, pero viéndolas y saludándolas de lejos. En particular Abrahán y Sara son nuestros padres en la fe, que supieron esperar contra toda esperanza. Las promesas del Señor se fundan en su palabra todopoderosa que liberó a nuestros padres de la esclavitud de Egipto (Sab 18,6-9).
La fe nos lleva a no abandonar el puesto y a estar en guardia, incluso durante el verano y las vacaciones, con las lámparas encendidas a la espera del Señor (Lc 12,32-48). La cultura actual no sólo es una cultura de la noche, celebrada de noche, sino que la noche proyecta su sombra y su inconsciencia sobre el día. El mundo del consumismo crea una especie de letargo y de sopor que facilita el que seamos manipulados por todos los mensajes de falsa felicidad.

El cristiano sabe que estamos viviendo en los últimos tiempos, es decir en los definitivos y que todo minuto es precioso y no se puede desperdiciar. No se puede pasar la vida adormilados simplemente disfrutándola. Hay que realizar la misión que el Señor nos ha encomendado.

La única manera de estar despiertos y velar es sentirse responsables ante Alguien. Sólo el vivir ante Dios nos puede dar esa capacidad de atención al presente. Dios es una presencia total que nos circunda y nos envuelve. Pero no es una presencia puramente estática de algo que está ahí. Es una presencia dinámica que nos implanta en la vida y en el ser y que nos da las energías necesarias para vivir.

El hombre actual puede tener la sensación de que Dios está ausente, o que está lejos, o que tarda en venir. En realidad Dios está viniendo a nuestro encuentro en cada persona, en cada acontecimiento. Cada momento de nuestra existencia se entrecruza con la eternidad de Dios y nos ofrece la oportunidad de la salvación, de ser arrancados a esta realidad falsa y engañosa en la que nos toca vivir. Pero hay que confrontarse con esta realidad y no huir de ella. Saber que somos responsables de la construcción del Reino de Dios en este mundo que todavía tiene tantas marcas del anti-Reino. Que la celebración de la eucaristía alimente nuestra fe y nos ayude a mantener nuestras lámparas encendidas hasta que el Señor vuelva.

jueves, 1 de agosto de 2019

Ser rico ante Dios



El informe sociológico de FOESSA, fundación de estudios de Cáritas, lanza la señal de alarma: se ha quebrado el pacto social. Las consecuencias las pagan los hogares con menos recursos. La pobreza de ciertos grupos es ya crónica y no desaparece aunque de nuevo haya crecimiento económico. Crecimiento no es igual a desarrollo, sobre todo desarrollo para todos. Los excluidos por “esta cultura del descarte”, de la que habla el papa Francisco, sienten una gran frustración (Ecles 1,2; 2,21-23). A pesar de las buenas palabras de los gobernantes, no parece que las cosas lleven camino de cambiar. 

No sabemos muy bien a quién apelar. Desgraciadamente el mismo Jesús no quiso meterse en asuntos de dinero (Lc 12,13-21). Jesús se niega a intervenir en un caso en que la injusticia parece evidente. El hijo mayor se ha quedado con toda la herencia. Con su negativa Jesús denuncia el que los bienes de este mundo sean más importantes que el amor fraterno. Eso es lo que tantas veces se pone de manifiesto cuando está por medio el dinero.

Todo proviene de la ilusión de pensar que la vida depende de los bienes, que con ellos uno tiene un seguro para esta vida y para la otra. Esa creencia lleva a la codicia y a querer acaparar los bienes para asegurarse el futuro. La parábola del hombre rico, que quiere darse la buena vida, pone al descubierto el engaño en que vive el hombre. No es posible asegurarse el futuro mediante los bienes. La vida del hombre está siempre pendiente de un hilo y depende de Dios. 

¿Cómo asegurarse la vida? Se trata de ser rico ante Dios y no de amasar riquezas para sí mismo. Es rico ante Dios el que ha cultivado las relaciones personales, empezando por las relaciones familiares. Esa es la verdadera riqueza, la riqueza del amor, que no disminuye cuando se la comparte sino que por el contrario crece en el amor mutuo. 

El peligro de la cultura actual es que nos lleva a buscar la felicidad en el tener, en las cosas que se pueden comprar con el dinero. El consumismo lleva a acaparar todas nuestras energías y nuestro tiempo y nos esclaviza. Trabajamos para tener. No tenemos tiempo para cultivar nuestras amistades, para compartir con las personas. De esa manera la persona humana se va empobreciendo cada vez más. La persona es siempre una relación personal. Cuando desaparecen las relaciones personales y quedan sólo las relaciones con las cosas, con los aparatos. El hombre mismo se cosifica. 

El apóstol nos invita precisamente a buscar las cosas de arriba, no las de la tierra (Col 3,1-5.9-11). Las cosas de arriba no están en otro mundo distinto. Son realidades también de nuestro mundo. No son las cosas materiales perecederas. Lo único que tiene garantía de eternidad es aquello que se ha amado. Se trata ante todo de las personas. Pero también las cosas que han sido verdaderamente amadas y que no han sido tratadas simplemente como objetos de usar y tirar podrán adquirir ese sabor de eternidad. Desgraciadamente son pocas las cosas que adquieren esa propiedad y que las conservamos a lo largo de la vida con amor.

El encuentro con Jesús en la eucaristía es la única garantía de vida. Sólo dando la vida como Jesús estamos seguros de poder tener vida en abundancia, vida eterna.

domingo, 28 de julio de 2019

Padre


Él no es sólo tu prójimo, el de una humanidad que sufre abandonada al borde del camino; él no es sólo tu casa, la de una humanidad que permaneciendo en el amor permanece en Dios; él es también tu Padre, el de una humanidad de hijos de Dios, que por ser nacidos de ese único Padre, son todos ellos hermanos entre sí.

La liturgia de este domingo supone que conoces tu condición filial y sabes de qué amor has nacido, qué Espíritu has recibido, qué vida se te ha comunicado. Por eso te invita a discernir deseos y palabras para tiempos de encuentro con tu Padre del cielo en la intimidad familiar.

Tú dices “Padre”, y, si lo dices con verdad, lo dices confiado y atrevido, lo dices con gozo, lo dices en la certeza de la esperanza y en la paz.

El salmista aquietaba todo deseo en la plenitud que es Dios: “Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad; sino que acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre”. Tú, acogido al amparo de la misma plenitud, avivas en el encuentro tus ansias, y, con el fuego de un deseo que te consume, pides: “Santificado sea tu nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad”.

Tú dices “Padre”, y todo tu ser se remansa en la fe, porque “Dios ha enviado a tu corazón el Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abbá, Padre!”

Tú dices “Padre nuestro”, y aunque lo digas desde la singularidad personal, si lo dices con verdad, hallarás tu soledad poblada de hermanos, y tu corazón será casa abierta para la humanidad entera.

Entra ahora en el misterio de la eucaristía que celebras, de la comunión que haces. La fe te dice que comulgas con Cristo cabeza de la Iglesia; que comulgas con la Iglesia cuerpo de Cristo; que comulgas con “los hombres que Dios ama”, para ser con todos un pueblo “unido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.

Entra en el misterio de ese pueblo, de ese cuerpo único, y escucha cómo resuena en ese templo de piedras vivas el eco de la oración común –la tuya, la de la Iglesia, la de la humanidad, la oración de Cristo Jesús-: “¡Abbá, Padre!” “¡Padre nuestro!”

Las palabras de tu invocación envuelven en el amor del Padre lo que deseas, lo que pides, lo que buscas, lo que necesitas para acoger en la noche a tu amigo. Y con esas mismas palabras reconoces ya otorgado lo que de tu Padre del cielo esperabas recibir.


Feliz domingo, Iglesia cuerpo de Cristo, comunidad de hijos de Dios.


--
Siempre en el corazón Cristo.

+ Fr. Santiago Agrelo
Arzobispo emérito de Tánger

viernes, 26 de julio de 2019

Pedid, y se os dará



La mayoría de las personas se han ido desconectando de la oración. Es posible que en su infancia hayan rezado y pedido cosas a Dios. La impresión que sacaron es que Dios no los escuchaba y que era una pérdida de tiempo pedirle a Dios que se interese por nosotros. Jesús, sin embargo, al enseñarnos el Padre Nuestro, afirma que la oración es siempre escuchada. Es verdad que hay que insistir una y otra vez (Lc 11,1-13). Por eso el papa Francisco nos pide constantemente que recemos por él.
Muchas veces tenemos la impresión de que la puerta sigue cerrada y no se abre. Kafka cuenta  que una persona quiere entrar en la Iglesia y no es capaz de abrir la puerta por más que empuja contra ella. Sólo después de un rato se da cuenta que la puerta abre hacia fuera y no hacia dentro. Quizás también a nosotros nos pasa eso. Empujamos y empujamos para mover a Dios cuando sería tan fácil dejarnos atraer por él, no para que haga lo que nosotros queremos, sino para que nosotros queramos lo que Él quiere.
El Padre Nuestro nos introduce en la intimidad de Dios para ver el mundo con los ojos de Dios. Dios ve el mundo con amor y por eso establece su Reino. El nombre de Dios es santificado cuando con nuestras vidas manifestamos que Dios es santo, es decir que Dios nos ama y nos salva. Es entonces cuando se establece su Reino de santidad, de justicia, de amor y de paz. Se trata del don de Dios mismo que nosotros acogemos y hacemos presente en el mundo. Es un Reino de perdón, que crea la unión de los hombres con Dios y de los hombres entre sí. Por eso somos ministros del perdón, perdonando a los demás. Al vivir todavía en este mundo, necesitamos el sustento diario y la protección de Dios frente a la tentación de abandonar la fe y vivir la vida simplemente de tejas abajo.
Debemos pedir ante todo el don del Espíritu Santo. Él contiene todos los demás dones y cosas buenas que pedimos a Dios. Pedir el Espíritu Santo significa pedir el amor de Dios. Dios lo ha puesto en nuestros corazones y es el Espíritu el que reza en nosotros. El hombre necesita muchas cosas, pero sobre todo busca ser amado y acogido por Dios. Y Dios nos ama y nos acoge dándonos su Espíritu.
A pesar de todo, algunas veces, quizás no somos escuchados. Darnos cuenta de ello es una gracia pues descubrimos que Dios es una persona libre, que nos ama libremente y que no la debemos ni podemos forzar. Hay que respetarla en su libertad. Gracias a Dios sabemos que Él está siempre de nuestra parte. Por eso para los que aman a Dios, todo coopera para su bien. En la oración de petición no se trata de querer vencer a Dios para que haga lo que nosotros queremos. La verdadera victoria para el creyente consiste más bien en dejarnos vencer por Dios, en rendirnos ante Él, en aceptar su amor incondicional.
Abrahán es el amigo de Dios. Dios no le oculta nada de lo que piensa hacer (Gn 18,16-33). Incluso se aconseja con Abrahán cuando tiene que tomar una decisión grave, como la de castigar a toda una ciudad pecadora. Abrahán razona con gran sensatez, buscando el que Dios quede bien y no cometa una injusticia, castigando a justos e injustos. Su amistad es tan grande que Abrahán se atreve a sugerir que perdone a los culpables a causa de los justos.
Lástima que Abrahán en su regateo con Dios no se atreviera a rebajar todavía un poquito más el precio que Dios iba poniendo a la salvación de la ciudad. Un justo salva el mundo: “Quien salva un hijo de Israel es como si salvara el mundo entero”, recuerda un dicho rabínico. A Abrahán le pareció que ya había obtenido un buen precio. Desgraciadamente en la ciudad no había ni diez justos. Y, sin duda, Dios hubiera estado dispuesto a perdonar por un justo. Y quizás no era necesario que estuviera en la ciudad. Bastaba que su amigo Abrahán, un justo, se lo pidiera. De hecho cuando Jesús pidió el perdón para todos, el Padre lo concedió. Lo importante no es el número de los justos sino el que el amor de Dios encuentre una respuesta de amor. En la eucaristía acogemos ese amor y respondemos con nuestro amor hecho oración y servicio.

domingo, 21 de julio de 2019

Betania



Betania es la casa de los amigos. El descanso del Corazón de Jesús. Allí es recibido y Jesús se encuentra como en casa. Aparecen en esta aldea tres maneras de relacionarse con Jesús. María que es el amor contemplativo. Marta que es el amor que se hace servicio. Lázaro es el amor que se deja elegir.
En este pasaje de Lucas, María acoge a Jesús y escucha a sus pies los secretos de su Corazón en su Palabra viva. María se bebe a sorbos la fuente de la vida de su Corazón. Su relación con Cristo esta cimentada en la serenidad que da la contemplación. Es un camino que se hace interioridad que se hace servicio desde un corazón enamorado.
Marta es amor hecho manos que sirven. Es un amor entregado que tiene el peligro de un cierto stress que es la madre de todas las crisis. Marta se pone nerviosa porque cree más en hacer que en ser. Si la entrega de nuestra vida no está cimentada en un amor contemplativo tiene el peligro de olor a quemado. Marta y María expresan las dos juntamente y no separadas que no existe autentica caridad sino se cimienta la dimensión contemplativa de la vida y una vida de oración que no se hace servicio de amor y caridad no tiene el sello de origen y autenticidad del ser cristiano.

miércoles, 17 de julio de 2019

Amar y servir


Amar y servir. Una máxima ignaciana que define una idea, un deseo, un modo de vida, una aspiración para todo creyente. Amar a cercanos y lejanos. Es verdad que en estos tiempos en los que la  cultura del ocio o de la diversión acapara todo nuestro tiempo libre, al final no nos deja tiempo para prestar atención a las personas y escucharlas. La búsqueda continua de experiencias cada vez más excitantes nos hace vivir estresados. Jesús no era una persona solitaria dedicada a la contemplación. Su agenda de cada día estaba siempre a tope, pero no caía en un activismo febril sino que sabía buscar sus momentos de descanso. Marta, María y Lázaro eran tres amigos entrañables de Jesús con los que pasaba sus buenos momentos. Las dos hermanas aparecen en el evangelio de hoy realizandoactividades distintas.
Aunque la tradición cristiana ha visto en ellas algunas veces la representación de la vida activa y de la vida contemplativa, parece que más bien encarnan dos de las dimensiones de la vida, que todos debemos cultivar. Hay muchas más, sin olvidar el sufrimiento del que nos habla san Pablo (Col 1,24-28). En todas ellas somos a la vez activos y pasivos.  En la vida recibimos y damos, damos para recibir y recibimos para dar. Ante todo queremos recibir amor para dar amor. Ese amor uno lo experimenta cuando presta atención a la fuente del amor: Dios que nos ha amado primero.
El que escucha la palabra, el que escucha a las personas, encuentra a Dios y a Cristo en la vida. Así  experimenta una transformación interior que se traducirá en su manera de vivir y en sus acciones y sufrimientos. Es lo que uno vive de manera especial en la oración cuando ésta es auténtica, cuando uno se expone a la presencia de Dios. Por eso Jesús aparece muchas veces en el evangelio orando a solas. Dios está siempre actuando y ponerse en su presencia es entrar en su acción de salvar el mundo.
Marta sirve al maestro, María lo escucha. Marta pretende que María abandone su propio ministerio de escucha de la palabra a favor del servicio (Lc 10,38-42). Jesús no sólo la defiende sino que indica que la escucha de la palabra  es lo único necesario y al mismo tiempo es lo mejor. Que sea lo único necesario no excluye la existencia de otros ministerios. La vida eclesial no se rige por la ley de la necesidad sino por la riqueza de dones del Espíritu.
Jesús alaba a María porque ha sabido centrarse en su vida, buscando lo único necesario y escogiendo la parte mejor. No siempre la parte necesaria es la mejor. Pero en este caso sí. Escuchar la palabra del Señor es lo único necesario y lo mejor que uno puede hacer. Pero la piedra de toque de la calidad de nuestra vida será siempre el servicio. San Ignacio de Loyola comprendió muy bien que no se podían separar ambas realidades y lo formuló diciendo: “en todo amar y servir”.
Probablemente el error de Marta es querer reducir todo unilateralmente al servicio práctico y pretender que es lo único que uno debe hacer y no perder el tiempo como su hermana. Eso es lo que le pierde a Marta. Quiere imponer su punto de vista a su hermana y para ello busca el apoyo de Jesús. Jesús no se lo da. María, en cambio, respeta lo que Marta está haciendo y no le pide dejar de moverse y venir a sentarse a los pies de Jesús para escucharlo.
El ejemplo de Abrahán (Gn 18,1-10) es muy elocuente. Da hospitalidad al Señor bajo la forma de los tres mensajeros. Los acoge en su tienda, les dedica tiempo y prepara todo lo necesario para servirlos. Da órdenes, pero también él se mueve y pone manos a la obra. Más tarde tendrá un sabroso coloquio con ellos. Ha sabido integrar la atención a las personas y el servicio concreto a su necesidad de comer.
En la celebración de la eucaristía se integran la escucha de la palabra de Dios, la participación en el banquete que el Señor prepara para nosotros, y el envío a hacer presente el amor de Dios que hemos experimentado. Así vivimos en plenitud toda la riqueza de vida eclesial.
Aprendamos a mirar con benevolencia y a trabajar por ello. Ahí entra el servir.

jueves, 11 de julio de 2019

¿Quién es mi prójimo?


El mejor ejercicio para el corazón es inclinarse
para ayudar a levantarse a quien lo necesita

Basta ver las noticias para observar que en muchos lugares se ha entrado en unos derroteros preocupantes. Parecen políticas excluyentes. Pero no le podemos echar la culpa a quienes las están fomentando. La culpa es de todos porque hemos consentido que los lazos sociales se hayan ido deshilachado hasta un punto en el que parece que no hay una voluntad social de buscar el bien común, sino que se prefiere que cada uno se las arregle como pueda. Esa profunda insolidaridad hace que los más débiles caigan en manos de los bandidos como el pobre hombre del que habla Jesús en la parábola del buen samaritano (Lc 10,25-37). Las mafias hacen el agosto a cuenta de los emigrantes y refugiados.  
Hoy más que nunca necesitamos una Iglesia samaritana, que sepa acercarse a las víctimas de nuestro mundo. El Papa Francisco la ha llamado “hospital de campaña”. Es momento de actuar, de hacerse próximo y cercano a todos los que yacen maltrechos. Es un mandamiento sencillo de cumplir. Basta querer ponerlo en práctica (Dt 30,10-14). No se nos pide ir al fin del mundo sino simplemente de hacernos cargo de nuestra realidad circundante.
La Iglesia ha sido especialista a lo largo de la historia en ver las necesidades y crear respuestas adecuadas en forma de instituciones. Las necesidades hoy día son tan grandes que superan la capacidad de acción de los creyentes. Por eso debemos estar dispuestos a colaborar con todos los hombres de buena voluntad, que sienten compasión y están dispuestos a mancharse las manos para hacerse cargo de las personas heridas y sangrantes. Es necesario seguir impulsando el voluntariado como la manera concreta de realizar hoy día las obras de misericordia, que están en el centro del programa evangélico.
El maestro de la Ley del que habla el evangelio estaba interesado en saber qué tenía que hacer, y de la mano de Jesús va a encontrar la respuesta concreta . Al final experimenta  una invitación a salir de los estrechos moldes de la fe judía para acercarse a todo hombre sufriente y doliente. Jesús, mediante una historia inventada, va a poner patas arriba todos los planteamientos anteriores. En la Ley estaba muy claro quién era el prójimo. Era el perteneciente al pueblo de Israel. Es posible que algunos se abrieran tímidamente a los de fuera.
Lo genial de Jesús es que define la proximidad no como un dato objetivo,que está ahí presente ante uno. Ser prójimo depende no del otro sino de mí mismo. Si soy capaz de acercarme al otro, existe el prójimo. Si estoy cerrado en mí mismo y en mis propios intereses, el prójimo no existe. Es lo que  nos puede ocurrir hoy día en Europa. Antes los africanos estaban relativamente lejos, y no digamos los hispanoamericanos,  y no nos inquietaban como prójimos. Hoy día viven entre nosotros, pero es muy difícil reconocerlos como prójimos porque no queremos acercarnos a ellos
Los representantes de la religión judía, el sacerdote y el levita, ven al hombre en necesidad, uno de su propio pueblo, pero dan un rodeo y pasan de largo. No son capaces de hacerse prójimos, de acercarse y quedarse al lado del herido. En contraste con ellos, Jesús describe la conducta del samaritano, del extraño, del extranjero, como el modelo de cercanía a la realidad del hombre. El acercamiento a las personas viene de la capacidad de sentir compasión ante los males del otro. Es el corazón el que impulsa a acercarse a las personas y a hacer por ellas todo lo que está en nuestra mano. Los sentimientos de compasión del samaritano no se quedan en meros sentimientos sino que le llevan a tomar diversas medidas prácticas a favor del herido.
Tan sólo una persona como Jesús, que siendo imagen de Dios invisible, ha sido capaz de acercarse al hombre malherido por el pecado (Col 1,15-20). Jesús es verdaderamente el Buen Samaritano en el que Dios se nos ha hecho cercano. Siguiendo sus huellas también la Iglesia hoy día, quiere ser  una Iglesia samaritana para tantos hombres que siguen cayendo en mano de los bandidos. Que la celebración de esta eucaristía haga de nosotros ministros de la compasión, capaces de curar las heridas de nuestro mundo.

sábado, 29 de junio de 2019

¿Le seguiré?


Seguir a Jesús a las duras y maduras significa poner los ojos en quien tiene abierto el Corazón y descubre que la recompensa de quien sigue a Cristo es el mismo Cristo.
Tres son las claves que destaca Lucas para hablar del seguimiento de Jesús y cuáles son las exigencias.
Primero, deja que los muertos entierren a sus muertos. Es decir si quieres seguir al Señor no te quedes en el pasado, en la nostalgia de quien vive en la tristeza de lo que pasó, de lo que a veces nos cuesta enterrar a nuestros muertos, aquello que no nos deja vivir en el hoy.
Segundo, el no despedirse de los familiares, de los padres, en el fondo es no ser esclavo de afectos que son desordenados y que no nos conducen a vivir en la entrega total de la libertad de los hijos de Dios. El seguimiento de Jesús es una radicalidad que no se puede anteponer nada, pero no nos hace personas sin corazón y sin sentido común. Es necesario seguir a Jesús poniendo nuestros ojos y corazón en lo que no tiene ni tendrá fecha de caducidad.
Por último el Señor nos vuelve a insistir en no mirar atrás. En no quedarse en nuestras propias fuerzas. El Señor no elige a los capaces sino que capacita a los que elige. Crea un corazón nuevo. Nos invita a caminar sin mirar atrás, a tener siempre la alegría de no vivir con un cadáver en el corazón, de aquellos que siempre les pesa tanto el pasado y la vida, que no son capaces nunca de ponerse en camino, en el seguimiento de Cristo Resucitado, y olvidarse lo que nos hace languidecer sin esperanza.

sábado, 22 de junio de 2019

De Cristo y con los pobres


Celebramos la “solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo”.
Quiere ello decir que dedicamos un día del todo especial a la contemplación y adoración del sacramento que hace a la Iglesia, del alimento que la sostiene, de la medicina de inmortalidad que sanará la corrupción de nuestra muerte, de la prenda que se nos da de la gloria futura.
A gustar el misterio de este día puede ayudarnos la experiencia que, en el camino de la vida, cada uno de nosotros haya hecho de la dulzura del nombre de Jesús.
Aprendimos desde niños a pronunciarlo como nombre del amigo más entrañable. Con el tiempo, ese nombre se nos fue haciendo memoria de palabras que iluminan la vida, de autoridad que remedia pobrezas, de compasión que cura enfermedades; ese nombre nos habla de bienaventuranzas asombrosas, esperanza sin límites, gracia para los pecadores, recompensa para los justos; ese nombre dice siempre misericordia, quietud en la tempestad, amor hasta el extremo.


Cada uno de vosotros sabe –sólo cada uno de vosotros lo puede saber- qué le sugiere al propio corazón el nombre de Jesús. Y cada uno intuye que lo evocado cuando decimos Jesús, eso mismo es lo que encontramos misteriosamente, verdaderamente, realmente entregado en el admirable sacramento de la Eucaristía.
Hoy alabarás el nombre del Señor, y lo ensalzarás dándole gracias, pues si dices “Jesús”, lo encuentras en la Eucaristía; si pides ayuda, allí la recibes; si llamas al amado, es él mismo el que te abre la puerta de la celebración.
Si dices: «Jesús», dices un nombre que, siendo todo humano, evoca un mundo de maravillas que es todo de Dios.
Si dices: «Eucaristía», dices pan y vino, frutos de la tierra y del trabajo del hombre, que al mismo tiempo velan y revelan realidades celestes, y son para tu fe el sello de la nueva y eterna alianza, son el cuerpo de la gloria, el cuerpo del amor divino, el cuerpo y la sangre de Cristo resucitado.
Si dices: «Eucaristía», el miedo se desvanece en la libertad recobrada de los hijos de Dios, y la esperanza llena con su luz el corazón de los pobres.
¡Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo! He dicho: “un día para la contemplación y la adoración”. He de añadir: un día para la aceptación del don divino que es la vida eterna, un día para la comunión con la eternidad de Dios.


P.S.: Y no te olvides de los pobres, pues en ellos, como en la Eucaristía, es tu Señor quien sale a tu encuentro, es el Señor quien se te da mientras te pide, es el Señor quien te acude a ti mientras lo acudes, es el Señor el que te enriquece mientras te pide limosna. Adóralo en la Eucaristía, ámalo en los pobres, comulga con él en la Eucaristía y en los pobres.

Feliz día, Iglesia de Cristo y de los pobres. Feliz encuentro con tu Señor.

Fr. Santiago Agrelo
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