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domingo, 6 de diciembre de 2015

Ayudarnos mutuamente

La misericordia, que es el amor, debe hacerse presente entre
nosotros en primer lugar. “Mirad como se aman”, decían
con sorpresa de los primeros cristianos, porque “la multitud
de los que habían creído tenía un solo corazón y una sola alma;
todo lo poseían en común y nadie consideraba suyo nada de
lo que tenía” (Hch 4,32). Debemos escuchar, consolar, dar
gratuitamente, sin pensar en recibir. No obstante hemos de
ser conscientes de que también necesitamos recibirla, pues
todos somos, en cierto modo, indigentes. Sin humildad para
recibir difícilmente fructificará en nosotros el amor fraterno.
La caridad fraterna también exige acoger el ejemplo, la palabra
edificante, el consejo, etc., de modo que la hermandad
que brota del amor de Dios nos haga fuertes para ser misericordiosos
en nuestro testimonio cristiano y en nuestras
obras. Sin derribar los obstáculos de la dureza de corazón,
como son los rencores, la competitividad, posturas enfrentadas,
etc. difícilmente daremos frutos de caridad. “En esto conocerán
que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros”
(Jn 13,34).
Cuidemos especialmente las familias a las que la Iglesia tiene
tanta estima y aprecio, dada su trascendencia para la Iglesia
y la sociedad, con una decidida acción pastoral. De la salud
de la familia depende en gran medida la salud de la sociedad.
Si la Iglesia camina unida a la familia la comunidad cristiana
recibirá un gran beneficio, comenzando por la parroquia, y
MUÉSTRANOS SEÑOR TU MISERICORDIA

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