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domingo, 6 de diciembre de 2015

Acoger personalmente el perdón

Acoger personalmente el perdón Jesús busca incansablemente al pecador a quien carga sobre sus hombros, perdona y purifica. Nosotros somos ese pecador y Él viene a nuestro auxilio. Este es el paso personal indispensable para la acogida del Jubileo. Resulta evidente que el Jubileo nos ofrece una gracia especial que debemos acoger, pero su fruto tiende a un profundo cambio del corazón. El sacramento de la reconciliación, depreciado e infravalorado hoy para muchos, recobra en el Jubileo un imperioso protagonismo y requiere nuestra acogida y motivación. Necesitamos para ello la peregrinación, que supone una salida hacia la conversión, y encaminarnos decididamente a Dios. Tenemos la oportunidad de frecuentar el sacramento de la reconciliación aceptando personalmente la redención de Cristo. Este esfuerzo de los fieles por recibir la gracia y de los sacerdotes por dedicar tiempo a esta pastoral eminentemente sacerdotal, dará gran fruto. Es evidente que los sacerdotes han de destinar un espacio fijo, con horarios conocidos en el confesonario, que va a suponer una entrega mayor que hay que agradecerles. El mejor modo de que puedan hacerlo es que los laicos asuman otras responsabilidades que pueden desempeñar y, de este modo, permitirles dedicarse más a lo que no es posible delegar a otros. Dios ayuda nuestra debilidad con su gracia y pretende no solo el perdón momentáneo de nuestros pecados sino orientarnos a una colaboración duradera con el Señor, a una Carta Pastoral al comienzo del Jubileo de la Misericordia 10 amistad creciente que nos purifique y vaya haciendo crecer la imagen de Cristo en nosotros. Debemos, pues, iniciar un tiempo de edificación, de aspirar a la santidad, de cristificación, esto es, entrar por la puerta que es Cristo mismo: “Yo soy la Puerta: quien entre por mi se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos” (Jn 10,9). La misericordia propia de Dios brotará entonces espontáneamente de nosotros en comunión con los sentimientos de Cristo. Entremos en el Corazón mismo de Jesucristo para acoger con gozo este don que la Iglesia propone para ser Misericordiosos como el Padre, allí donde se une nuestra vocación y nuestra misión. 

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