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jueves, 24 de diciembre de 2015

La presencia de Jesús ilumina la noche oscura de nuestro mundo y envuelve en su claridad a todos los que lo esperan como un día los pastores. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande (Is 9,2-7). Se trata sin duda de la luz de la resurrección del Señor, misterio que ilumina toda la vida de Jesús, también su nacimiento. Sin la perspectiva de la resurrección, de nuestra propia resurrección, las Navidades se nos convierten en puro consumo. Estamos, sin embargo, llamados a gozar de la alegría eterna del Señor resucitado, que irrumpió en la realidad de nuestro mundo ya con su nacimiento. Entonces la mayoría de la gente no se enteró, pero los que lo acogieron con fe como María, José, los pastores, Simeón y Ana, vieron sus vidas totalmente transformadas y llenas de la plenitud de Dios que colmaba todos sus deseos.
El nacimiento de Jesús es la liberación de la opresión y del yugo al que estamos sometidos en la cotidianidad de la existencia, una existencia que continúa alienada entre las cosas. Tan sólo abriéndonos a Dios y a los hermanos concretos nuestra existencia es rescatada y adquiere un sentido. Lo llamativo en la liberación que anuncia el profeta es que no viene realizada por un héroe o un superhombre, sino precisamente por un niño. Dios ha querido tener un rostro humano y ha elegido el rostro del niño que irradia totalmente la alegría y la paz de Dios. Que la celebración de esta Navidad les conceda la paz y la alegría que el Señor trajo al mundo y que yo deseo para todos ustedes.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

viernes, 11 de diciembre de 2015

Con Cristo en el camino de los emigrantes

“Un grito se oye en Ramá, llanto y lamentos grandes; es Raquel que llora por sus hijos y rehúsa el consuelo, porque ya no viven” (Lc 2, 18).
“Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena” (Jn 19, 25).
“Que tu Iglesia, Señor, sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, de modo que todos encuentren en ella un motivo para mantener la esperanza” (Plegaria eucarística V/b).

Mientras el pueblo de Dios se dispone a celebrar el misterio de la Navidad, la crueldad de los poderosos devuelve actualidad a la antigua profecía: “Un grito se oye, llanto y lamentos  grandes: Raquel llora por sus hijos y rehúsa el consuelo, porque ya no viven”. Los que esperanzados y animosos vivimos nuestro tiempo de adviento, nos vemos sorprendidos por la sombra de una cruz y desplazados a un tiempo de lágrimas, plantados en un calvario, envueltos en una experiencia nueva de abandono de Dios, entregados a un silencio atónito como el de María la madre de Jesús.
La prensa ha recogido rumores, voces, testimonios de redadas en los bosques cercanos a Castillejos, de emigrantes expulsados de sus míseros refugios en el monte, de fuegos avivados con pertenencias de emigrantes a la entrada de una cueva, de emigrantes asfixiados en el interior de aquel horno…
La Iglesia llora a sus hijos que ya no viven, guarda en el corazón lo que no alcanza a comprender, se estremece de horror por los pobres que el Señor le ha confiado y que le han sido arrebatados sin justicia.
Desde esta Iglesia, desde la condición humillada de los pobres, desde el silencio de Dios, nos preguntamos: Por qué de ese horror sólo nos llegan testimonios confusos de emigrantes, voces alarmadas de amigos, noticias no confirmadas de prensa; por qué la sociedad cierra los ojos ante la violencia constante y atroz que, en nombre de la legalidad, en nombre de la seguridad, se ejerce contra los emigrantes; qué leyes se han violando para que dos jóvenes emigrantes hayan perecido en una operación de las fuerzas del orden; y si en esa operación no se ha violado ninguna ley, qué leyes habrán de ser cambiadas para que las acciones de las fuerzas del orden no representen una amenaza para la vida de los indefensos.
De nadie podemos decir que en estos hechos haya tenido un comportamiento imprudente o criminal, pero todo nos obliga a temerlo. No se puede decir que las autoridades encubran dolosamente responsabilidades de las fuerzas del orden, pero todo nos obliga a temerlo. No se puede decir que la dignidad de los emigrantes sea pisoteada cínicamente y continuamente a un lado y otro de las fronteras del sur de España, pero todo nos obliga a temerlo. Y, porque lo tememos, lo denunciamos, también para que se haga justicia a los muertos, pero sobre todo, para que tengan una esperanza de justicia los vivos, miles de familias que deambulan por los caminos de los desplazados, acosados por un poder inicuo en todos los países, hostigados por las inclemencias del invierno, olvidados por la información.
En esta hora de Cristo y de los pobres, en este camino a la Navidad que el pecado se empeña en transformar en camino de crucificados, en este tiempo de belenes fingidos y calvarios verdaderos, las comunidades eclesiales están llamadas a ser madres junto a sus hijos más necesitados, samaritanos compasivos, recintos de ternura, de calor humano, signos de que Dios no anda lejos de los pobres.
Para hacer verdadera tu Navidad, Iglesia cuerpo de Cristo, el Espíritu del Señor está sobre ti, y te envía para que anuncies a los pobres el evangelio que necesitan.
Que la luz de cada día te encuentre en medio de ellos, para que, en medio de ti, ellos encuentren cada día al Señor su Dios.
El Seños os bendiga con la paz.

Tánger, 4 de diciembre de 2015.



+ Fr. Santiago Agrelo                                    Hª Inmaculada Gala

Arzobispo de Tánger                                     Delegada Diocesana de Migraciones

domingo, 6 de diciembre de 2015

Ayudarnos mutuamente

La misericordia, que es el amor, debe hacerse presente entre
nosotros en primer lugar. “Mirad como se aman”, decían
con sorpresa de los primeros cristianos, porque “la multitud
de los que habían creído tenía un solo corazón y una sola alma;
todo lo poseían en común y nadie consideraba suyo nada de
lo que tenía” (Hch 4,32). Debemos escuchar, consolar, dar
gratuitamente, sin pensar en recibir. No obstante hemos de
ser conscientes de que también necesitamos recibirla, pues
todos somos, en cierto modo, indigentes. Sin humildad para
recibir difícilmente fructificará en nosotros el amor fraterno.
La caridad fraterna también exige acoger el ejemplo, la palabra
edificante, el consejo, etc., de modo que la hermandad
que brota del amor de Dios nos haga fuertes para ser misericordiosos
en nuestro testimonio cristiano y en nuestras
obras. Sin derribar los obstáculos de la dureza de corazón,
como son los rencores, la competitividad, posturas enfrentadas,
etc. difícilmente daremos frutos de caridad. “En esto conocerán
que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros”
(Jn 13,34).
Cuidemos especialmente las familias a las que la Iglesia tiene
tanta estima y aprecio, dada su trascendencia para la Iglesia
y la sociedad, con una decidida acción pastoral. De la salud
de la familia depende en gran medida la salud de la sociedad.
Si la Iglesia camina unida a la familia la comunidad cristiana
recibirá un gran beneficio, comenzando por la parroquia, y
MUÉSTRANOS SEÑOR TU MISERICORDIA

Vivir la Caridad

Jesús nos revela el rostro de Dios con su comportamiento
compasivo hacia los hermanos marginados y pobres, un
amor “visceral”. Miremos a todos con la mirada compasiva
de Jesús, para consolar a cada descartado, afligido, herido de
la vida, a cada empobrecido. Nada más concreto que la ternura
de Dios para orientar nuestro itinerario en el año jubilar
de la misericordia y ver a Cristo mismo en cada uno de los
necesitados (cf. Mt 25, 31-45). Vivamos la caridad en toda su
extensión y sus múltiples expresiones y realizaciones vibrando
ante las pobrezas que nos rodean. El camino de las obras
de misericordia corporal nos muestra que es posible realizarlo
y que la Iglesia es experta en misericordia. Las incontables
obras presentes en nuestras parroquias, comunidades religiosas,
cofradías, etc. son muestra de ello y, sobre todo en
este año jubilar, una llamada imperiosa para prestar nuestra
ayuda y cambiar nuestro corazón a la medida del de Cristo.
Debemos reconocer el rostro sufriente de Cristo en los hermanos
y concretar nuestro amor a los necesitados, abriéndonos
también a las nuevas pobrezas, como la soledad, la
angustia, la desesperanza, el sufrimiento de los emigrantes
y refugiados. La misericordia ha de llevarnos también a la escucha
y al acompañamiento. Cuidad con toda atención la caridad
que habitualmente hacéis, como visitar a los enfermos,
en los hospitales y en sus casas, cuidar a los ancianos, visitar
las residencias, darles conversación, acompañarles, sacarles
de paseo; acompañar a las mujeres que han abortado con
misericordia, y procurar que curen sus heridas sicológicas;
mantened con empeño asiduo y entrega responsable Cáritas
Parroquial, los dispensarios de comida, los roperos, etc.
Propongo, además, que cada parroquia o comunidad asuma
una obra de misericordia para dedicarse prioritariamente a
ella durante el jubileo (especialmente si ya atiende una institución
o le resulta cercana). En el rico “mapa” de la misericordia
de nuestra diócesis (cuyo elenco reducido ofrezco al
término de esta carta) cada comunidad y cada persona debe
hacer su propia ruta.

Acoger personalmente el perdón

Acoger personalmente el perdón Jesús busca incansablemente al pecador a quien carga sobre sus hombros, perdona y purifica. Nosotros somos ese pecador y Él viene a nuestro auxilio. Este es el paso personal indispensable para la acogida del Jubileo. Resulta evidente que el Jubileo nos ofrece una gracia especial que debemos acoger, pero su fruto tiende a un profundo cambio del corazón. El sacramento de la reconciliación, depreciado e infravalorado hoy para muchos, recobra en el Jubileo un imperioso protagonismo y requiere nuestra acogida y motivación. Necesitamos para ello la peregrinación, que supone una salida hacia la conversión, y encaminarnos decididamente a Dios. Tenemos la oportunidad de frecuentar el sacramento de la reconciliación aceptando personalmente la redención de Cristo. Este esfuerzo de los fieles por recibir la gracia y de los sacerdotes por dedicar tiempo a esta pastoral eminentemente sacerdotal, dará gran fruto. Es evidente que los sacerdotes han de destinar un espacio fijo, con horarios conocidos en el confesonario, que va a suponer una entrega mayor que hay que agradecerles. El mejor modo de que puedan hacerlo es que los laicos asuman otras responsabilidades que pueden desempeñar y, de este modo, permitirles dedicarse más a lo que no es posible delegar a otros. Dios ayuda nuestra debilidad con su gracia y pretende no solo el perdón momentáneo de nuestros pecados sino orientarnos a una colaboración duradera con el Señor, a una Carta Pastoral al comienzo del Jubileo de la Misericordia 10 amistad creciente que nos purifique y vaya haciendo crecer la imagen de Cristo en nosotros. Debemos, pues, iniciar un tiempo de edificación, de aspirar a la santidad, de cristificación, esto es, entrar por la puerta que es Cristo mismo: “Yo soy la Puerta: quien entre por mi se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos” (Jn 10,9). La misericordia propia de Dios brotará entonces espontáneamente de nosotros en comunión con los sentimientos de Cristo. Entremos en el Corazón mismo de Jesucristo para acoger con gozo este don que la Iglesia propone para ser Misericordiosos como el Padre, allí donde se une nuestra vocación y nuestra misión. 

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