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miércoles, 14 de octubre de 2015

La humillación de ser niño pobre


A pesar de conocer muy bien los efectos de la escasez crónica de agua sobre sus medios de vida y supervivencia, las niñas y niños consultados en algunas zonas rurales de Bolivia han destacado, por encima de todo, la humillación de no poder lavarse y por tanto ser etiquetados de malolientes o sucios. Reconocieron que una de las peores consecuencias de ser considerados pobres es la vergüenza que ello les produce, así como la exclusión social y la humillación por parte de sus pares.
En España “la pobreza es no poder invitar amigos a casa porque me da vergüenza” recordaba la charla TEDx La emergencia silenciosa de la pobreza infantil en España (2014). La misma percepción la tienen dos escolares del sur de Sevilla, Coral y Antonio, que como otros tantos en España sortean en abandono escolar y la exclusión gracias al trabajo de una organización social que los recoge antes del cole para brindarles un baño caliente, ropa limpia y un desayuno. Humillación, vergüenza, auto exclusión, estigmas y baja autoestima, así como un estrechamiento gradual de sus horizontes sociales y económicos, que desemboca en bajas expectativas vitales. No solo lo manifiestan niñas y niños, sino que también lo expresan educadores e investigadores del bienestar de la infancia, que en la última década han presentado evidencias del impacto relacional de la pobreza infantil.
El impacto relacional se traduce en sutiles etiquetas de la pobreza que marginan a niñas y niños. Lo que les preocupa no es la falta de recursos per se, según explican educadores e investigadores en bienestar infantil, sino la exclusión de las actividades que otros parecen dar por sentadas y la vergüenza por no poder participar en igualdad de condiciones con las demás niñas y niños.
En los países de Europa ser pobre significa para niñas y niños no poder participar plenamente en la educación o espacios de ocio, recreativos, deportivos y culturales, así como el miedo a la exclusión por falta de condiciones materiales –‘significantes adecuados’ dicen los especialistas- para  socializar. Así lo corrobora en el Informe de Bienestar infantil de Educo (2015), la educadora social de Sevilla, Irene Marco. Ella relata que “algunas niñas y niños no tienen agua caliente o ropa, o no tienen para desayunar, por ello vienen a la Asociación (Entre Amigos) antes de ir al cole. La idea es que no falten por no tener ropa limpia o estar aseados (…). También se lavan los dientes allí. Son niñas y niños de 8 o 10 años que ya están perdiendo sus dientes fijos. Un grupo de voluntarios los llevan los lunes a la clínica para arreglos. Y ellos lo agradecen muchísimo, mejora su auto confianza”.
Las evidencias sobre el impacto relacional de la pobreza y su efecto en el bienestar de la infancia demuestran además la importancia de valorar la perspectiva de los niños – lo que expresan, sienten y piensan- en la consideración de los problemas que les conciernen. De esta forma, el bienestar infantil incluye cuestiones subjetivas y relacionales, que permiten la ampliación del enfoque tradicional de reducción de la pobreza que generalmente se circunscribe a una dimensión material, o sea a los recursos a disposición de las personas.

El impacto de la pobreza infantil en las interacciones sociales puede llegar a ser para ellas y ellos tan importante como la privación material. Pero ello no significa subestimar ni dejar de considerar la importancia de los recursos como base de su bienestar. Como analizaremos en el próximo Congreso de Educo sobre “El Bienestar de la infancia y sus derechos. La protección infantil a debate” (Caixaforum Madrid, 22-24 octubre), de lo que se trata es de reivindicar la importancia de informaciones útiles que surgen de las opiniones y valoraciones de niñas y niños, para la toma de decisiones políticas a nivel de los Estados, que deben garantizar la mejora del bienestar infantil y el cumplimiento de los Derechos de la Infancia.

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