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domingo, 4 de octubre de 2015

La hora de Francisco de Asis

Hay seres únicos, capaces de transmitir una energía que apacigua y reconforta. Esa presencia, esa exuberancia espiritual y humana habitaba en Francisco. Es automático pensar que ante él uno debía pensar estar ante un hombre bueno. Decente. Y humilde, porque su sabiduría partía de ser consciente de sus limitaciones, de ser crítico con él mismo y su iglesia, de no olvidar que hay que preocuparse cada día por los pobres, por los débiles, por los marginados, por los descartados.
Un hombre urdido de sencillez y profundidad, cuyo mensaje sigue clamando hoy en día con la sutileza de querer despertar a la humanidad, sacudir conciencias, sin atropellar, sin chocar, sin lastimar.
Hace 800 años, en la capilla de San Damián, los relatos recuerdan que San Francisco de Asís escuchó la voz del crucifijo, que le decía: “Francisco, vete y repara mi iglesia, que se está cayendo en ruinas”. Los franciscanos de hoy permanecen fieles a la continuación de esa tarea, misioneros lejos de cualquier inacción y la comodidad,  llamándonos a la solidaridad diaria, con sus ejemplos personales, en el servicio a otros.
Todos vosotros sois parte de San Francisco. Todos tenéis algo de él: la sencillez, la humildad , la entrega, la alegría, el servicio.
En su festividad, llenaos de la alegría franciscana y encomendarnos a él para pedir por este mundo lleno de desigualdades y fronteras.

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