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viernes, 9 de octubre de 2015

34 años en la Amazonía peruana



El pasado 1 de julio fallecía Fr. Victor de la Peña Pérez, ofm, el misionero que convirtió una motonave en su palacio episcopal. Un franciscano de grandes valores personales, afable, sonriente y entregado siempre a su labor.

De él, acabamos de recibir como un gran regalo, un libro de apenas 120 páginas, editado por la Fundación Cultura y Misión "Francisco de Asís", de este hombre nacido en Burgos, y natural por amor y dedicación del Amazonas peruano.

“34 Años en la Amazonía peruana”, es el título de esta puerta abierta a la aventura de ser misionero.

Desde que llegara a Orellana, el 28 de diciembre de 1971 cumpliendo su deseo de ser misionero – “te has salido con la tuya”, le dijo su madre – en la vida del que fuera durante casi veinte años obispo de Requena se han sucedido mezclándose los siguientes verbos: Vayan, enseñen, curen, bauticen. Verbos que son el lema que, según él mismo, resume sus años de misionero.

Su primer destino fue Orellana, en la Selva Baja, como se conoce la llanura Amazónica peruana. Allí llegó el 28 de diciembre de 1971 y allí también vivió las primeras experiencias misioneras y trabajó en la atención de los 23 caseríos de la parroquia al centro misional en el que estaba. En 1974 sus superiores lo trasladaban al que sería su destino final, Requena, donde encontraría una Iglesia joven y bien organizada. En 1983 sería nombrado obispo auxiliar del Vicariato Apostólico de Requena, “un territorio”, como él mismo cuenta, “de 80.000 kilómetros cuadrados, sin carreteras, solo grandes ríos que comunican los pueblos entre sí. Y selva adentro, pequeñas trochas”.

Mons. Odorico Sáiz, antecesor como obispo de Requena, le recomendó que lograra “movilidad”. Así fue como nació el “palacio episcopal flotante”. El 14 de octubre de 1986 se matriculaba en la capitanía de Iquitos, la legendaria motonave Granada, en la que este obispo franciscano recorrería innumerables veces los ríos, llevando biblias, lo necesario para los sacramentos, medicinas, azúcar, sal, café… porque el resto, pescado, yuca, arroz, lo facilitaban las comunidades que visitaban.

Estos viajes, narra el misionero, no sólo promocionaban la fe, también eran una oportunidad para la celebración de los sacramento, sí, pero también para cuidar a los enfermos, animar a inscribir a los hijos que habían nacido, crear botiquines comunales, llevar ayuda de Cáritas...

Por supuesto, el libro, como el de todo buen misionero, no es estrictamente autobiográfico, desde la página 55, leyendas del folclore loretano, se habla de la cultura del pueblo al que le ha tocado servir como misionero y anécdotas, interesantísimas, en las que no es él el protagonista. Como concluye fray Víctor, son “pinceladas de mi vida como misionero”.

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