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lunes, 14 de septiembre de 2015

¿Por qué nos empeñamos en poner el acento en la palabra "refugiados"?


Vivimos tiempos convulsos. En estos días es imposible ver, oír o leer un informativo sin que las imágenes de esas colas de personas desesperadas vengan a nuestros ojos, y sin que regrese a ellos las de ese niño de la playa que nos azotó el alma y la conciencia. Y no era para menos.
Pero lo bien cierto es que muchos parecen haber descubierto ahora mismo el problema. Como si por arte de birlibirloque hubieran aparecido las personas desesperadas, las colas, las vallas con concertinas y los campos de refugiados, y la ya famosa fotografía hubiera sido la varita mágica que los hubiera hecho aparecer ante nuestros ojos. Y, entonces, claro, llega el momento de rasgarse las vestiduras y llevarse las manos a la cabeza. Y todo el mundo se llena la boca de buenas intenciones, de iniciativas solidarias y de declaraciones grandilocuentes.
Y la verdad es que muchos no saben siquiera qué es un refugiado. No lo distinguirían ni aunque lo tuvieran delante de las narices. Y, lo que es peor, no lo querrían ver.
Lo que eufemísticamente ha dado en llamarse «crisis migratoria» o el «drama de la inmigración» es una vieja historia que no siempre nos importa tanto. Es sangre, dolor y lágrimas de personas que se arrancan de sus raíces porque de no hacerlo talarían su tronco y secarían su savia. Por el motivo que sea.
¿Por qué nos empeñamos en poner el acento en la palabra «refugiados», como si fuera un salvoconducto para lavar nuestras conciencias? ¿Por qué queremos ver algo nuevo en un problema que ha existido siempre?. Pensemos. Esas fotografías son tan parecidas a otras de otro tiempo, de muchos tiempos, tomadas en blanco y negro o color, de gente que huía de sus países, de sus guerras, de sus penurias y de mil peligros. Personas hacinadas en un camión como si fueran ganado que recuerdan los vergonzosos trenes de una época no tan lejana, éxodos que traen a la cabeza escenas de tantos otros. Y tantas vidas truncadas por el camino.
Y lo peor es que ni siquiera son refugiados. Porque no han alcanzado el tan ansiado refugio. Y porque en puridad, no son refugiados sino quienes han alcanzado este status, mediante una petición en forma al país de acogida. Ni siquiera eso. Así de triste es la cosa.
Y es que hay una enorme confusión. No todos ellos son refugiados, aunque sí son migrantes. Emigrantes o inmigrantes, según el punto de vista de quien hable, y a veces ninguna de esas cosas. Emigrante es quien marcha de nuestra tierra, e inmigrante quien llega. Aunque hoy la palabra «emigrante» parece haberse revestido de un tufillo viejuno que nos lleva a pensar en Juanito Valderrama y la maleta de cartón, el «vente a Alemania, Pepe» o hasta Concha Piquer dando vino español a sus compatriotas al compás de Suspiros de España. Sin embargo, «inmigrante» suena a otra cosa, a algo más ajeno, algo a lo que ya nos habíamos acostumbrado. Como si los dramas de los que están aquí y de los que quedaron por el camino no tuvieran importancia. Sin querer pensar que todos, en algún momento de nuestras vidas, podríamos ser ellos.
Quizá por eso nos empeñamos en remarcar lo de «refugiados». Para decir que eso es nuevo, que me he enterado ahora, que yo soy muy solidario pero esto no lo sabía. Que ahora me levanto del sofá del salón y mando un sms y me voy a una concentración y comparto mi indignación en mis cuentas de redes sociales. Pero antes salía corriendo si alguien me hablaba de campos de refugiados o de contribuir con una aportación, cerraba los ojos ante los problemas de los «sin papeles» y pasaba por al lado de ellos sin verlos. Y ojo, muchos de los que se rasgan las vestiduras siguen haciéndolo. ¿Hipocresía? Que cada cual conteste.
No deja de ser un símbolo que la misma empresa que fabrica las odiosas concertinas de la valla de Melilla se encargue de hacer lo mismo para la valla de Hungría. El dolor que causan las cuchillas no tiene fronteras.
Y lo peor de todo es que dentro de unos días, cuando el impacto haya pasado, nos olvidaremos de ellos. Y, los que hayan tenido suerte en ese reparto que muchos han calificado, no sin razón, de subasta humana, podrán alcanzar la verdadera condición de refugiados y empezar no una nueva vida sino simplemente eso, una vida, la vida que se les había negado en sus países.
Otros seguirán intentándolo. Muchos vagarán por al lado de nuestra casa, pasarán por nuestro lado, pero ya no los veremos. Como no vemos a todos los que están aquí, a los que no tienen papeles, a los que temen que los sorprendan y los confinen en esos centros de los que todos sabemos y pocos hablan.
Ojala sean refugiados porque, efectivamente, demos refugio. De hecho y de derecho.
Susana Gisbert - Fiscal portavoz de la Fiscalía de Valencia

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