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domingo, 13 de septiembre de 2015

Fui forastero y me acogisteis

Madre con su hijo en una estación de Serbia
Todos somos conscientes de que una nueva catástrofe nos sacude la conciencia y llama a las mismas puertas de Europa. Sabemos que en nuestra diócesis muchas personas siguen sufriendo el flagelo del paro, la precariedad laboral, la exclusión y muchas formas de vulnerabilidad personal y social. Ello nos desafía a vivir la verdadera solidaridad, que conlleva en sus entrañas la cualidad de la universalidad y nos impide caer en la tentación de las disputas entre nuestros pobres y los que llegan. Todos son pobres de Cristo, todos son hijos de Dios.
Todos tienen derecho a reclamarnos, en un mundo en el que la pobreza no es un problema técnico, sino ético, una verdadera justicia social global.
Responder con eficacia, humanidad y prontitud a unas y a otras situaciones corresponde a las autoridades públicas y a los organismos competentes. Pero ello no obsta para que la sociedad civil, y la Iglesia católica en particular, tenga una palabra que decir y, sobre todo, un grano de arena que aportar para aliviar tanto dolor ajeno. Es cuestión de humanidad y a la Iglesia, que quiere prolongar la mano acogedora de su Señor, nada humano le puede ser ajeno.
El dolor humano es la experiencia más universal y por ello tiene la capacidad de movilizar lo mejor de nosotros mismos. Quizá por esa razón, hemos visto cómo los gobernantes de la Unión Europea han ido evolucionando hacia posiciones más solidarias y respetuosas con las exigencias de los tratados en materia de protección internacional. También la sociedad civil se ha conmovido por esta debacle que nos recuerda otras que, tal vez porque nos resultaron más lejanas o no fueron tan profusamente cubiertas por los medios de comunicación, no nos provocaron la movilización de esta.
Desde el tejido social se han ido realizando diversos ofrecimientos que tienen en común el poner en valor la hospitalidad y la fraternidad. No se trata de hacer carreras para ver quién es más solidario. La tragedia tiene tal magnitud que exige dejar de lado protagonismos y debates partidistas para centrarnos en lo esencial: el socorro a quienes lo necesitan para salvar su vida.
Es el momento de asumir conjunta y solidariamente responsabilidades. Ser responsables es tener el deber de responder. La globalización económica no se ha traducido en una globalización ética volcada en la promoción, defensa, respeto y cumplimiento de los derechos humanos. Hay que reconocer la responsabilidad de todos en un mundo global, como paso previo para construir un sistema de acogida solidario y sostenible.
No es tiempo de lamentos Como miembros de la Iglesia nos duele en el alma la persecución de los cristianos sirios, la de quienes no lo son y la falta de respuesta suficiente por parte de los países de la Unión Europea, incluido el nuestro. No es tiempo de lamentos, sino de arrimar el hombro ante el sufrimiento ajeno.
Por eso, permitidme que esta carta la dirija no solo a los católicos de Madrid, sino también a todos los hombres y mujeres de la diócesis con entrañas de misericordia.
Acoger en casa al forastero o dar posada al peregrino, en la formulación de una de nuestras obras de misericordia, son una práctica que además de satisfacer una necesidad, dignifica y plenifica la vida de quienes lo practican. Algo que se está haciendo desde siempre en esta querida, plural y abierta archidiócesis de Madrid. En ella, particulares, familias e instituciones religiosas de todo tipo vienen compartiendo trabajo, techo, comida, alegrías, sueños, anhelos y lágrimas con personas que han sufrido cualquier forma de exclusión. Todas estas realizaciones –también a cargo de otros credos religiosos y de personas no creyentes– constituyen una luz de esperanza que nos permite seguir creyendo en las enormes posibilidades del ser humano. Vaya con ellos la gratitud de la Iglesia y de todos los hombres y mujeres de bien.
Junto con ellos, las instituciones de la diócesis dedicadas a la acogida de los migrantes, al trabajo con personas vulnerables y la defensa de sus derechos, tratan de visibilizar con gestos concretos de solidaridad y justicia el amor de Dios hacia todos, pero muy especialmente hacia los que padecen el dolor o la injusticia que constituyen el rostro de Cristo y un juicio sobre la dignidad con la que acometemos la aventura apasionante de la vida. Todavía dista mucho para que nuestra conciencia ciudadana y eclesial quede tranquila.
La acogida no es solo un acto humanitario, sino, en muchos casos, de estricta justicia y de respeto al ordenamiento jurídico internacional. A nadie demos por caridad lo que le es debido por justicia. En todo caso, Europa no puede echar a perder sus raíces cristianas profundamente humanistas y vender su alma solo a la razón mercantil. Nuestra respuesta ante quienes llaman angustiados a nuestra puerta no puede ser atrincherarnos ante nuevos muros y vallas de la vergüenza coronadas de espino. No podemos vivir estas llamadas angustiosas como un ataque a nuestras cuotas de bienestar, ni podemos alimentar el discurso del miedo al diferente.
Europa debe responder  de forma humanitaria, coordinada, conjunta y generosa a este gran desafío. Nos jugamos mucho en ello. Los recursos se multiplican Nuestra sociedad se hará más vigorosa, ganará músculo moral y estará más cohesionada, en la medida en que sea más abierta, más sensible y más solidaria.
Por paradójico que resulte, cuando la desgracia ajena nos pone en estado de alerta, aun siendo los recursos escasos, se produce una multiplicación de posibilidades. Lo acabamos de ver en Cáritas con el incremento de voluntarios y recursos a raíz de la crisis económico-financiera. Los seres humanos somos capaces de lo peor y de lo mejor.
Europa no puede quedar reducida a un mercado para el intercambio de productos o a un espacio atrincherado obsesionado por el control de flujos, la seguridad y el miedo al diferente. Sus profundas raíces cristianas, su noción de persona y su contribución a la cultura de los derechos humanos deben movilizarnos a una acción coherente con lo mejor de nuestra Historia y cultura. ¡Manos a la obra!
En la Iglesia nadie es extranjero. Nuestro objetivo debe ser que las personas que se acercan a nosotros se sientan como en su propia casa. Confiado en la fuerza de Dios, os convoco a las siguientes directrices de acción:
1º. Se constituye la Mesa por la hospitalidad de la Iglesia en Madrid, órgano encargado de coordinar la oferta de ayuda de las instituciones, familias y particulares ante este problema.
2º. Pido a todas las instancias de la Iglesia en Madrid que disciernan evangélicamente qué actitudes profundas hemos de tener, evitar que se hagan guetos y ver qué inmuebles, recursos económicos, profesionales y humanos se pueden compartir y poner a disposición de la acogida de las personas que vengan. Todo ello sin olvidarnos de las distintas formas de pobreza que subsisten en nuestra archidiócesis y que están necesitadas de respuestas de calidad.
3º. Las personas que llegan merecen una atención integral y un itinerario de inclusión social que tiene que ser estudiado para satisfacer todas sus necesidades, incluyendo las espirituales y religiosas. Queremos ejercer la hospitalidad, no almacenar personas. La capacidad y los medios para una respuesta estructural corresponden a las autoridades públicas con las que colaboraremos desde nuestras posibilidades.
4º. Pido una respuesta solidaria, organizada y sin protagonismos ni descalificaciones. Ojalá podamos desarrollar una respuesta como Iglesia en Madrid y esta unidad se traduzca también a otros campos pastorales.
5º. Los necesitados de última hora no compiten con los otros. Al contrario, nos obligan a revisar nuestras prácticas para mejorar la atención a aquellos y a estos. La política social de las distintas administraciones también se desafía: es preciso que, desde la atención a estos nuevos pobres, se articulen mejores respuestas para los antiguos y, sobre todo, se pongan en el centro de la acción política la lucha contra la exclusión y un modelo de desarrollo basado en la persona.
6º. No renunciemos a nuestra especificidad. Encontrarnos con hombres y mujeres de otros credos nos ayudará a construir nuevos caminos para la paz y el diálogo interreligioso. Me gustaría que esta carta pastoral llegase no solo a nuestras comunidades cristianas, sino también a todos los hombres y mujeres de la archidió- cesis con independencia de sus creencias religiosas.
¡Estoy convencido de que lo que hagamos con las personas más vulnerables pone en juego nuestra propia dignidad como individuos y como sociedad! 

Carlos. Arzobispo de Madrid

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