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martes, 29 de septiembre de 2015

EL SILENCIO ES EL PEOR MURO. ¡NO TE CALLES!


Hay muros que no dejan salir, y muros que no dejan entrar.
Hoy en día, Europa asiste atónita y desprevenida a la llegada masiva de seres humanos que huyen del horror de la guerra y la desesperanza. La agudización de los conflictos en los países de origen no ha hecho más que aumentar el número de los que paradójicamente se juegan la vida para sobrevivir.
Ojalá no nos rindamos al imperio de la indiferencia
Los muros, semillas plantadas sobre la Tierra para aislar y aislarse.
Los muros, frutos del trabajo paciente y tenaz de muchas personas en respuesta al sufrimiento de los miles de hombres y mujeres que se deben enfrentar a ellos.
Mientras existan muros, los sufrimientos no cesarán, todo lo contrario.
De los muros se nutre la compasión, el dolor por el dolor del prójimo. Son lugares que dan la fuerza necesaria para emprender la transformación de realidades a priori inamovibles, y que llevan a esperar contra toda esperanza.
La compasión no sabe de imposibles, de falta de alternativas, de ineficiencia. La compasión mueve a hacer algo, porque ante el dolor ajeno no podemos quedarnos quietos. Debe llevarnos a abrir caminos inéditos concitando así la esperanza que también impulsa a caminar.
Guardar silencio ante los muros no es ninguna opción. La quietud y la indignación tampoco. La elección que tenemos que realizar, tras reconocer el sufrimiento, y compadecernos, es acompañar. Propulsarnos hacia más compromiso, e implicarnos en la transformación de la realidad que nos separa. El acompañamiento, un acto aparentemente simple e ineficaz, pero aumenta la fuerza a ambos lados de los muros para derribarlos.
No es necesario inventar nada. Cada persona debe romper los suyos, utilizando sus competencias y responsabilidades para dotar de humanidad y dignidad el trato a los inmigrantes y refugiados. Siempre empatía, responsabilidad, cortesía, esfuerzo y diálogo.  en policías, directores, médicos y jueces. Nunca abuso, agresividad, despotismo, negligencia e indiferencia.
El Estrecho de Gibraltar, el Mediterráneo… no deja de engullir vidas ante una Europa que languidece en la traición de sus esencias e ideales. Pero muros de indiferencia hay por todas partes. Ante ellos no hay tregua. Y, como nada, tenemos que desgastarnos, resistir desiertos, dedicar mucho tiempo y energía personal para conseguir pequeños cambios. Somos una generación de resultados y eficiencia y es contracultural conformarnos con empujar la historia para que puedan ser otros los que algún día vean los resultados de nuestro esfuerzo.

Y si aun así, si nada cambia, hicimos lo que teníamos que hacer. Para esto sí que no teníamos alternativa, nos jugábamos nuestra humanidad. Porque quizá el quid de la cuestión está en que es a nosotros a quien la lucha por la justicia y por la humanización del mundo nos configura y nos cambia.


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