-

-

sábado, 2 de mayo de 2015

34 años en la Amazonía Peruana



Video: Entrevista a Fr. Victor de la Peña

Recientemente ha aparecido la autobiografía de fray Víctor de la Peña Pérez.

Su primer destino fue Orellana, en la Selva Baja, como se conoce la llanura Amazónica peruana. Allí llegó el 28 de diciembre de 1971 y allí también vivió las primeras experiencias misioneras y trabajó en la atención de los 23 caseríos de la parroquia al centro misional en el que estaba. En 1974 sus superiores lo trasladaban al que sería su destino final, Requena, donde encontraría una Iglesia joven y bien organizada. En 1983 sería nombrado obispo auxiliar del Vicariato Apostólico de Requena, “un territorio”, como él mismo cuenta, “de 80.000 kilómetros cuadrados, sin carreteras, solo grandes ríos que comunican los pueblos entre sí. Y selva adentro, pequeñas trochas”.
Mons. Odorico Sáiz, antecesor como obispo de Requena, le recomendó que lograra “movilidad”. Así fue como nació el “palacio episcopal flotante”. El 14 de octubre de 1986 se matriculaba en la capitanía de Iquitos, la legendaria motonave Granada, en la que este obispo franciscano recorrería innumerables veces los ríos, llevando biblias, lo necesario para los sacramentos, medicinas, azúcar, sal, café… porque el resto, pescado, yuca, arroz, lo facilitaban las comunidades que visitaban.
Estos viajes, narra el misionero, no sólo promocionaban la fe, también eran una oportunidad para la celebración de los sacramento, sí, pero también para cuidar a los enfermos, animar a inscribir a los hijos que habían nacido, crear botiquines comunales, llevar ayuda de Cáritas...
Por supuesto, el libro, como el de todo buen misionero, no es estrictamente autobiográfico, desde la página 55, leyendas del folclore loretano, se habla de la cultura del pueblo al que le ha tocado servir como misionero y anécdotas, interesantísimas, en las que no es él el protagonista. Como concluye fray Víctor, son “pinceladas de mi vida como misionero”. A sus 82 años, da “gracias a dios por esos años que me permitieron ver evangélica y franciscanamente las personas y la naturaleza”.

DÍA DE LAS MISIONES FRANCISCANAS (10 DE MAYO)


"El trabajo más importante no es el de la transformación del mundo, sino el de la transformación de nosotros mismos. Juan Pablo II"
El próximo domingo día 10 de mayo, la familia franciscana celebra el día de las Misiones Franciscanas. Toda la familia recuerda su raíz misionera y hace un recuerdo mediante la oración y la aportación económica para el mantenimiento de las misiones franciscanas.
Actualmente la Provincia de la Inmaculada Concepción tiene misioneros en la Selva del Perú, departamento de Loreto, en Requena, Flor de Punga, Contamana y Jenaro Herrera. También es consciente de la mucha labor desarrollada en el Perú, pues la mayor parte de hermanos de la Custodia San Francisco Solano del Perú que se han querido incorporar así lo han realizado. No podemos olvidar a los hermanos que de las extintas provincias se han incorporado en países de misión, como Venezuela, Marruecos, Asia, etc.
Son muchos los proyectos misioneros que actualmente tiene la orden en el mundo, la presencia franciscana en África, que va afianzándose, en Kazajistán, Vietnam, Turquía, proyecto amazonía, etc. 
Y no podemos olvidar a nuestros hermanos que colaboran en la Custodia de Tierra Santa y su gran labor que están realizando, especialmente en estos momentos tan duros para las comunidades cristianas en el próximo oriente.
Es el día de las Misiones franciscanas y no afecta sólo a los religiosos, también quiere encender el ímpetu misionero en nuestros seglares, para que sean también partícipes de la misión.
Contamos con vuestra oración y la de todas nuestras hermanas Clarisas y Concepcionistas.

viernes, 1 de mayo de 2015

Abril nos ha dejado el DIA INTERNACIONAL DE LA MADRE TIERRA




Dar frutos abundantes

La situación actual de nuestro mundo pone en cuestión a los países tradicionalmente cristianos, en muchos de los cuales hay gobernantes cristianos. Da la impresión que da igual que éstos sean creyentes o no. Todos gobiernan como si Dios no existiera, preocupados únicamente de perpetuarse en el poder y sacar tajada. La fe parece reducirse a una actitud interior que no tiene ningún impacto en la vida personal ni social.
A veces resulta difícil ver en qué nos diferenciamos los creyentes de los que no lo son. Vivimos prácticamente las mismas realidades y en los signos exteriores no nos diferenciamos en nada. Es verdad que los grandes valores no son monopolio de los cristianos, pero los creyentes debieran vivirlos con una intensidad especial. Debieran, como nos recuerda el papa Francisco,irradiar una alegría y felicidad que atrajera a los demás. Lo que hoy día muchas veces echamos de menos son testigos creíbles, que muestren con sus vidas que la fe en Cristo permite la plena realización del hombre, de todo hombre. A veces los cristianos ofrecemos el espectáculo de personas poco resucitadas y poco dispuestas a compartir los frutos que recibimos de Dios. El único lenguaje que entiende el mundo de hoy es el del amor, el de la caridad, el del servicio al pobre.
Jesús nos promete su propia vida de Resucitado, que es la vida misma de Dios. Por el bautismo hemos sido injertados en Cristo, de manera que formamos uno con Él. Por nosotros fluye la misma vida de Jesús. La comparación de la vid y de los sarmientos intenta ayudarnos a comprender esta realidad indecible e inexplicable ( Jn 15,1-8). Jesús es la vid verdadera que ha realizado lo que Dios esperaba de su pueblo Israel, viña plantada y cuidada con todo esmero, pero que no supo ser fiel al amor de Dios.
Podemos permanecer en Cristo porque Él permanece en nosotros. Su vida en nosotros no es una realidad puramente natural, que estaría garantizada por el mero hecho de haberla recibido. Es una vida que ha sido confiada a nuestra responsabilidad y que debemos cuidar con todo esmero. Es verdad que el trabajo principal lo hace Dios mismo. Él es el viñador que cuida su vid y la poda de manera que brote siempre vida nueva. Nosotros somos esos sarmientos, a través de los cuales, Jesús produce frutos. Es decir, Jesús no tiene hoy día otros medios de hacerse presente entre los hombres para continuar su obra que nuestras propias personas. Es así como Dios lleva adelante su historia de salvación. Tenemos que colaborar con Él y echarle una mano para que su plan siga adelante.
Jesús nos habla de cómo se realiza esa colaboración. En primer lugar hay que permanecer unidos a Él para que su vida pueda circular por nosotros. Pero no es un permanecer estático sino dinámico, que pone en juego todas nuestras posibilidades, a través de una escucha atenta de la Palabra. A través de la acogida con fe de su Palabra, Jesús nos purifica y nos limpia para que podamos producir frutos. Su Palabra tiene esa fuerza de salvación que se despliega en el creyente.
Esa Palabra se hace vida y nos lleva a guardar su Palabra, sus mandamientos, sobre todo el mandamiento del amor (1 Jn 3,18-24). Ése el es gran fruto, la gran propuesta y el gran empeño de los cristianos: construir la civilización del amor. Sin obras y verdad, no hay amor auténtico. El amor es verdadero, fiel. Sin esa fidelidad a Dios, a los demás, y a la historia presente, el amor se volatiza y deja un vacío que los hombres intentan llenar afanosamente con las cosas.
En Pablo vemos de manera palpable los frutos producidos por su adhesión a Cristo (Hechos 9,26-31). Fue su nueva conducta la que convenció a los demás cristianos de que verdaderamente había cambiado de vida, había dejado de ser un perseguidor para convertirse en un apóstol que predicaba públicamente el nombre del Señor. En esa línea se sitúa la propuesta del P. Chaminade: ofrecer al mundo el espectáculo de un pueblo de santos y mostrar que el evangelio puede producir hoy día los mismos frutos que en tiempos de la Iglesia primitiva. Que la celebración de la eucaristía fortalezca nuestra unión con Cristo y con los demás de manera que produzcamos frutos de buenas obras.

Formulario de contacto

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *