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viernes, 26 de diciembre de 2014

Por encima de todo el Amor


A pesar de los cambios experimentados en los últimos cincuenta años, la familia ha seguido siendo la tabla de salvación para muchas personas, víctimas de la crisis. La mayoría de las personas que duermen a la intemperie carecen de lazos afectivos. Muchas los tuvieron, estuvieron incluso casadas, pero no fueron capaces de salvar su matrimonio. El número de ancianos que viven solos es cada vez mayor. Las condiciones actuales del trabajo y de la familia condenan a las personas mayores al aislamiento.
La palabra de Dios lógicamente habla de la familia tradicional, la judía (Eclo 3,2-6.13-14) o la cristiana en el imperio romano (Col 3,12-21). En esas familias se subrayaba ante todo los deberes de sus miembros. Incluso en la Sagrada Familia se dan por supuesto esos deberes. Hoy día no nos gusta demasiado esa manera de hablar y, sin embargo, ahí se muestra una realidad fundamental de la persona humana. Somos responsables de los demás. José y María reconocen también los deberes que tenemos para con Dios, que es el fundamento de nuestra existencia personal y colectiva.
Jesús quiso nacer en el seno de una familia, que era y sigue siendo en buena medida el fundamento de la sociedad. Es en la familia donde nos sentimos amados incondicionalmente, por el simple hecho de ser miembro de ella: padre, madre, hijo, hermano, esposa. El amor infinito de Dios tiene esa capacidad de manifestarse a través del amor de personas limitadas. Es ese amor el que nos ha permitido crecer y nos ha dado la convicción de que la vida merece la pena.
La familia es la Iglesia doméstica. Con la Sagrada Familia, tenemos los inicios de la Iglesia, que tiene por modelo a María. Ella es la que respondió con su fe en el momento decisivo de la historia del Pueblo de Dios. En el fondo, toda familia existe sobre el acto de fe de dos esposos que se prometen fidelidad y amor mutuo. Cada uno cree en el otro, que el otro es el camino por el que Dios viene a su encuentro. En la persona del hijo, los esposos encuentran ese amor de Dios hecho carne. A la familia se le ha confiado el acoger y promover la vida. Dios ha querido asociar a los esposos a su acción creadora. Cada nacimiento es una prolongación del misterio de la Navidad. Es fruto del amor de dos personas que se han fiado la una de la otra, y ambas de Dios. Es Dios el único que puede garantizar la perpetuidad de su fidelidad y de su amor.
María y José, presentando a Jesús en el templo, reconocen que es un don de Dios, que ha sido confiado a sus cuidados. Ambos escuchan atentamente de boca de dos ancianos las profecías que iluminan el sentido de la vida de ese niño (Luc 2,22-40). En medio de la alegría navideña aparecen ya las primeras sombras. Ese niño será bandera discutida y ellos no podrán hacer nada para evitarle el final trágico. Que la celebración de la eucaristía afiance el amor en el interior de nuestras familias y nos lleve a descubrir que toda la humanidad forma la familia de los hijos de Dios.

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