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sábado, 1 de noviembre de 2014

Un cambio de actitud


“Así como cualquier revolución se come a sus hijos, el fundamentalismo de mercado sin control puede devorar el capital social necesario para el dinamismo a largo plazo del propio capitalismo. Todas las ideologías tienden al extremo. El capitalismo pierde su sentido de la moderación cuando la confianza en el poder del mercado entra en el terreno de la fe. El fundamentalismo de mercado (reflejado en una regulación mínima, en la convicción de que no es posible identificar las burbujas y de que los mercados son siempre claros) ha contribuido directamente a la crisis financiera y al consiguiente deterioro del capital social.” Mark Carney, Gobernador del Banco de Inglaterra

Mientras sucede esta epidemia que transforma nuestra sociedad y amenaza a nuestro futuro, los debates se centran en sus efectos en lugar de orientar su esfuerzo a las posibilidades de aportar respuestas adecuadas y constructivas para vencer la desigualdad que genera e iniciar procesos de construcción de una sociedad más justa.

Arreglar este desaguisado pondrá a dura prueba a la comunidad internacional en los próximos años y será probablemente una de las más arduas tareas para quienes se propongan no rehuir esta realidad, ni la responsabilidad de asumir el proceso de reconstrucción.

Sin duda, reducir la brecha que ese fundamentalismo ha abierto entre una clase rica, cada vez más rica, y una clase media, por momentos empobrecida, y los pobres, por instante más pobres, es un problema de difícil solución, pero no podemos desinhibirnos de asumir el desafío de conseguir una comunidad más solidaria.

¿Qué papel nos corresponde en todo esto?

En primer lugar, teniendo en cuenta la importancia que tiene para nosotros la familia, como núcleo de la sociedad, y teniendo en cuenta el papel primordial que tiene la misma, es importante que, en ellas, se eduque en actitudes que valoren la justicia, la paz, y la igualdad.

En segundo, que nuestras comunidades se impliquen de manera activa en fomentar estudios, celebrar diálogos, redactar directrices, y elaborar programas o formular sugerencias sobre la manera que, con nuestra orientación, y el fundamento de la Doctrina Social de la Iglesia, que de manera colegiada se pudiese elevar, una vez consensuada, para que fuesen propuesta y actuar en pro de ellas.

Este trabajo, realizado desde cada comunidad local, perfectamente conocedora de su entorno, desde una dimensión de Iglesia para los pobres, tiene significado teológico y pastoral  que favorecería la obra evangelizadora.

No es filosofar, es mirar con los ojos bien abiertos los problemas que nos rodean e intentar encontrar soluciones en vez de paliarlos solamente. Es participar, es asumir con responsabilidad, es afrontar.

De los 6,698,353,000 habitantes del planeta, los católicos somos 1,165,714,000. ¿Pocos? Al contrario, somos muchos, más aún unidos como uno, para llevar un mensaje de esperanza al mundo de hoy.  

A la sazón, nos viene a la memoria aquella obra en la que los obreros trabajaban afanosamente en las tareas de la costosa y lenta edificación. Un buen día pasó por allí un viandante que se detuvo para observar las obras. El día era en extremo caluroso y, bajo aquel sol de justicia, los obreros trabajaban sudorosos y extenuados. El viandante se dirigió a uno de los trabajadores que, maldiciente y, con el rostro contraído por el esfuerzo y la acritud, levantaba una piedra enorme.

- ¿Qué está haciendo, buen hombre?, preguntó el viajero.
- Ya lo ve, levantando esta enorme piedra. Con este sol abrasador el trabajo resulta insoportable. Esto no hay quien lo aguante. Un día tras otro. Un mes tras otro. Un año tras otro. Unos días, como éste, con calor, otros con lluvia, muchos con frío. Maldito el día en que me contrataron para este trabajo,.
El viandante camina unos pasos y se dirige a otro trabajador que, después de golpear una enorme piedra con el pico, está levantando con gran esfuerzo para colocarla sobre otra.
- ¿Qué hace usted, buen hombre?, pregunta al esforzado trabajador.

Molesto por la mirada del visitante y malhumorado por el terrible esfuerzo que acaba de realizar, contesta mientras se seca el sudor

- ¿Es que no lo ve? Estoy levantando este interminable muro que, si Dios no lo remedia, acabará conmigo.

El viandante avanza un poco más y se encuentra a un tercer trabajador que está realizando una tarea similar a la de los dos anteriores. Está levantando una enorme piedra para colocarla en el lugar adecuado.

- ¿Qué está haciendo usted, buen hombre?, pregunta por tercera vez el viandante.

El trabajador, sonriente y orgulloso, contesta de manera entusiasta
- Estoy construyendo una catedral.
Los tres trabajadores estaban haciendo una tarea similar. Una tarea que requería esfuerzo y tesón. Pero la actitud con la que la realizaban era muy diferente. Uno maldecía la tarea. Otro, resignado y miope, realizaba rutinariamente su trabajo a la espera del jornal. El tercero disfrutaba de la tarea imprimiendo a su trabajo un sentido elevado y motivador.
Esta leyenda nos invita a reflexionar sobre el sentido que le damos verdaderamente a la construcción de ese Reino que creemos en la tierra.

¡Cambiemos de actitud! 


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