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viernes, 21 de noviembre de 2014

Sufrimiento e injusticia


Más allá de las consideraciones jurídicas, no puede dejar de señalarse desde un principio que lo que está en juego es la efectiva vigencia de los derechos humanos y el respeto a nuestro más sagrado patrimonio ético y cultural. Se ha puesto en el centro de la protección jurídica internacional a la persona como fin en sí misma, digna de amparo y titular de derechos inalienables. Sin embargo, un pragmatismo jurídico miope puede hacer olvidar que el trato al otro, al diferente, constituye la prueba definitiva de los valores que sostienen a una civilización y del sistema normativo en que cristaliza. 

En concreto, el trato a los extranjeros ha sido en todas las culturas el validador natural de su estatura moral y de su talla jurídica. Desde el punto de vista ético, las lecturas restrictivas de los derechos, las interpretaciones que no caminan en dirección a su progresiva ampliación y universalización y, por supuesto, las que vulneran las normas que al respecto nos hemos dado, nos alejan de la civilización y nos aproximan a la barbarie.

Los derechos humanos en cuanto tales constituyen una piedra millar en el lento progreso moral de la humanidad. Sin embargo, siempre estarán “en el alero”. Por ello reclaman de la ciudadanía, y particularmente de los juristas, una mirada crítica frente a lecturas minimalistas de su contenido sustancial, una toma de postura frente a actuaciones que se sitúan al margen de la legalidad, sobre todo cuando provienen de los poderes públicos y dejan en situación de extremada vulnerabilidad a seres humanos con nombres y apellidos que arrastran tras de sí terribles historias de sufrimiento y de injusticia.

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