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jueves, 20 de noviembre de 2014

Los niños invisibles


Era mediodía pero las sombras cubrían toda la habitación. Bajo el techo de maderos y plásticos no parecía haber más que montículos de carbón que superaban el metro de altura, pero de esa oscuridad surgió un niño con la ropa y las mejillas cubiertas de hollín. Su nombre es Luis, y a sus 12 años pasa las mañanas trozando y embolsando carbón para venderlo en los mercados. Era mediodía y no estaba en la escuela; la dejó hace dos años porque debía ayudar económicamente a su tía, quien lo mantiene en una casa alquilada al sur de Lima.
Según el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), Luis, sus tíos y dos primos no son pobres. Al mes esta familia gana 1.450 soles (US$500) trabajando en el sector construcción y en la venta de carbón y verduras, por lo que sus ingresos superan el tope de US$450 fijado en el concepto de pobreza monetaria para considerar a una familia pobre o de clase media. Cálculo que coincide con los US$18,1 que el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) estima gana al día una familia pobre.
Luis no solo está privado de estudiar, tampoco tiene documento de identidad ni seguro médico y su casa, de material precario, carece de desagüe. La tercera parte de lo que gana la familia se va en el pago de alquiler y el padre despilfarra parte de sus ingresos en alcohol. Eso no aparece en las estadísticas.
Para mejorar el desarrollo infantil, Unicef impulsa el cambio del concepto tradicional de pobreza por otro de enfoque multidimensional, que no se limite a la insuficiencia de ingresose incluya el acceso a la nutrición, salud, agua y saneamiento, protección, vivienda, educación e información. Así, los que padecen pobreza extrema son aquellos que viven con más de dos privaciones o si una de ellas es muy grave. Esta nueva visión se basa en las metas de la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño, suscrita por 193 países y que este mes cumple 25 años.

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