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lunes, 6 de octubre de 2014

Voy a cantar un canto de amor

Por Fr. Santiago Agrelo Martínez
Arzobispo de Tánger
Misterio grande de gozo y de dolor es el que se nos concede contemplar, el del amor del amigo por su viña, el del amor de Dios por el pueblo de su heredad.
Considera la imagen de la viña, y acércate a la realidad que en esa imagen se representa.
El profeta podía hablarnos de la viña del Señor con una parábola, una reflexión sapiencial, un oráculo, podía haberlo hecho de muchas maneras, pero quiso hacerlo con un canto de amor: “Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña”. No es un canto de amor del profeta, sino el canto de amor del amigo por su viña. El profeta dice: “Mi amigo tenía una viña en fértil collado”. El amigo ama su viña, y éstas son las estrofas de amor de su canto: “La entrecavó y la descantó, plantó buenas cepas, construyó en medio una atalaya, cavó un lagar”.
La clave para que entiendas qué significan estas palabras de amor, te la da el profeta cuando dice: “La viña del Señor es la casa de Israel”.
Ahora ya puedes acercarte a la realidad significada en el amor del amigo por su viña; ahora tienes delante de tus ojos el amor de Dios por su pueblo: Él lo sacó de Egipto, de la tierra de la esclavitud; él lo llevó a una tierra que mana leche y miel; el Señor sacó una vid de Egipto, expulsó a los gentiles, la trasplantó… El Señor le dio su ley, para que tuviese vigor y diese fruto…
A través de la imagen de la viña tú contemplas la realidad de la Pascua, el paso de Dios por los caminos de su pueblo para darle una tierra y con la tierra la libertad, para darle con su ley la vida, para establecer con él una alianza de paz.
También la última estrofa del canto es una estrofa de amor, amor amargo, pero siempre amor: “Esperó que diese uvas, pero dio agrazones”. No esperó que le diese uvas ni se lamentó porque le hubiese dado agrazones, pues ni uvas ni agrazones son para el Señor; él cuidó amorosamente su viña, y esperó que diese uvas para los pobres de su pueblo, y se lamentó amargamente porque su viña, tan amorosamente cuidada, dio a los pobres sólo el agrio sabor del agrazón: Esperó de su viña derecho, y la viña dio asesinatos, derramamiento de sangre; esperó de su viña justicia, y la viña dio una triste cosecha de lamentos, gritos de gente oprimida.
No pienses, sin embargo, Iglesia amada del Señor, que la palabra del profeta se ha proclamado hoy para el pueblo de la antigua alianza y no para ti, pues lo que él vivió es apenas una sombra de lo que tú vives, lo que él recibió es figura lejana de lo que tú has recibido, lo que él fue es sólo anticipación de lo que tú eres, su Pascua es anuncio y profecía de tu Pascua.
Vuelve a contemplar con el profeta la imagen de la viña: “Mi amigo tenía una viña en fértil collado. La entrecavó y la descantó, plantó buenas cepas, construyó en medio una atalaya, cavó un lagar”. ¿Qué es lo que ves? Busca en la memoria de la fe, y encontrarás palabras que te ayuden a ver, a gustar, a comprender: “Yo soy la vid verdadera, mi Padre es el labrador. Todo sarmiento mío que no da fruto lo corta; los que dan fruto los limpia para que den más… Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él es quien da fruto abundante… Igual que mi Padre me amó os he amado yo. Permaneced en mi amor”.
A través de la imagen de la viña tú contemplas la realidad de tu Pascua con Cristo. En Cristo, Dios ha pasado por tu camino y tu noche para darte en la entrega de su Hijo la libertad, en la muerte de su Hijo la vida, en la obediencia de su Hijo la paz.
¡Ver, gustar, comprender! Estás unida a Cristo por la fe, eres miembro de su cuerpo por los sacramentos de la fe. El Padre, para que des más fruto, te limpia con la fuerza de su Espíritu. Hoy, en esta celebración, manifiestas y refuerzas, Iglesia santa, tu unión con Cristo, acogiéndolo en su Palabra que has escuchado con fe, en su Cuerpo que te dispones a recibir en la Eucaristía, en los hermanos de la comunidad reunida para la oración, en los pobres que son para ti el sacramento más humilde de la presencia de tu Señor.
Estás en Cristo, Iglesia santa, estás en Cristo para dar fruto abundante. Como Jesús, también tú darás fruto para los hermanos y para los pobres: Fruto de justicia y rectitud, fruto de agradecimiento y de paz. El apóstol Pablo nos dirá: Tened en cuenta “todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito”. Estás unida a la vid verdadera, y tuyos han de ser los frutos que son de Cristo: la pobreza abrazada por el Reino de los cielos, la obediencia filial, el amor a los excluidos, el amor a los enemigos, el perdón que es la manifestación del amor perfecto, el sacramento del amor que Dios nos tiene.

Estás en Cristo, eres de Cristo, vives en Cristo, Cristo vive en ti. ¡Qué gozo si el Padre encuentra en ti la imagen viva de su Hijo amado! ¡Gozo para ti! ¡Gozo para el cielo! ¡Gozo para Dios!

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