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domingo, 12 de octubre de 2014

Se marcharon a sus negocios


Desde hace ya más de veinte años, las encuestas tienden a confirmar la nueva escala de valores de los españoles: familia, trabajo, amigos, tiempo libre, religión, política. La religión institucionalizada, es decir la Iglesia, goza cada más de menor prestigio, al margen del aprecio por el papa Francisco. Sólo la institución de Cáritas goza de aprecio y credibilidad de pare de los españoles. A la importancia dada a cada una de las realidades corresponde la dedicación de nuestro tiempo. Nuestro empleo del tiempo indica claramente la jerarquía de valores que tenemos. Dedicamos tiempo a aquello que nos parece importante para la realización de nuestra vida. No tenemos tiempo para los demás, a pesar de los mensajes continuos del móvil. Dedicamos demasiado tiempo a las cosas porque el valor supremo de nuestra cultura es tener cosas, consumir y disfrutar cosas.

Tampoco los de la parábola que hemos leído tienen tiempo (Mt 22,1-14). Los invitados tienen negocios más importantes que ir a un banquete de bodas. Consideran que la invitación a entrar en la intimidad de Dios no merece la pena, no añade nada a lo que uno tiene, incluso puede resultar un tanto aburrida. Por eso se van a sus tierras y a sus negocios. Algunos incluso se sienten molestos con los que vienen a invitarlos y los maltratan hasta matarlos. En el fondo son personas incapaces de disfrutar con los demás. No quieren fiestas. Les parece que la vida es un asunto demasiado serio para dedicarse a celebrar. Y probablemente los cristianos seguimos siendo demasiado serios. Se nos ve poco resucitados y así nos va. Probablemente hemos olvidado que el cristianismo es una fiesta y nos hemos quedado tan sólo en las exigencias morales, en las leyes y normas. Jesús aparece constantemente en el evangelio comiendo con todo tipo de personas, celebrando la reconciliación de los hombres con Dios y entre ellos mismos. El Dios de Jesús hace siempre fiesta cada vez que un pecador se convierte.

Ante la negativa, Dios no se desanima y sigue invitando a todos al banquete, saliéndonos al encuentro en las encrucijadas de nuestros caminos. La mayoría de la humanidad sigue siendo religiosa y considera su relación personal con Dios como el fundamento de su existencia y de su felicidad. Dios sigue haciendo una llamada a nuestra libertad y responsabilidad, invitándonos al banquete del Reino (Is 25,6-10). Tan sólo Él puede saciar nuestras inquietudes profundas y realizar nuestros deseos más auténticos.

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