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lunes, 27 de octubre de 2014

Reflexiones sobre las Cinco Llagas

Por las llagas de tus manos

Que la contemplación de tus Cinco LLagas nos muestre sin tibiezas los silencios de los que sufren enfermedades, el grito de los que piden socorro, la angustia de los que pasan necesidades, los ojos apagados de los moribundos por vivir y las barreras que ponemos al Amor.

Por las llagas de tus pies


Que nos inviten, no sólo a la contemplación, sino a observar bien, a estar atentos, a mirar conscientemente, a darnos cuenta de la realidad que nos rodea, a fijar la mirada en el otro, ante todo en Jesús, y a estar atentos los unos a los otros, a no mostrarse extraños, indiferentes a la suerte de los hermanos, a entablar con ellos relaciones caracterizadas por el cuidado reciproco, por la atención al bien del otro y a todo su bien. El gran mandamiento del amor al prójimo exige y urge a tomar conciencia de que tenemos una responsabilidad respecto a a quienes son nuestros hermanos en humanidad.


Pablo VI afirmaba que el mundo actual sufre especialmente de una falta de fraternidad: «El mundo está enfermo. Su mal está menos en la dilapidación de los recursos y en el acaparamiento por parte de algunos que en la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos» (Carta. enc. Populorum progressio [26 de marzo de 1967], n. 66).

Por las llagas de tu costado
En la parábola del buen Samaritano, el sacerdote y el levita «dieron un rodeo», con indiferencia, delante del hombre al cual los salteadores habían despojado y dado una paliza (cf. Lc 10,30-32), y en la del rico epulón, ese hombre saturado de bienes no se percata de la condición del pobre Lázaro, que muere de hambre delante de su puerta (cf. Lc 16,19). En ambos casos se trata de lo contrario de «fijarse», de mirar con amor y compasión. 

¿Qué es lo que impide esta mirada humana y amorosa hacia el hermano? 


Que tus Cinco Llagas nos despierten a la compasión y a la empatía: «El justo reconoce los derechos del pobre, el malvado es incapaz de conocerlos» (Pr 29,7). Se comprende así la bienaventuranza de «los que lloran» (Mt 5,4), es decir, de quienes son capaces de salir de sí mismos para conmoverse por el dolor de los demás. El encuentro con el otro y el hecho de abrir el corazón a su necesidad son ocasión de salvación y de bienaventuranza.


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