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sábado, 4 de octubre de 2014

La piedra angular

Aunque muchas personas siguen sintiendo una gran simpatía o admiración por Jesús, eso no les lleva a un encuentro personal con él. Tampoco todos los que admiran al papa Francisco dan el paso a querer vivir como él. Nuestro mundo sigue cultivando, sin duda, valores típicamente cristianos como la libertad, la justicia, la solidaridad. De ello debemos alegrarnos. Pero estos valores no pueden florecer en un árbol que ha perdido sus raíces cristianas. Es verdad que se trata de valores humanos, que no son monopolio de los cristianos, sino que están en el corazón de cada hombre, puestos por el mismo Dios. Pero son valores frágiles, que fácilmente son víctimas del egoísmo humano.

La parábola de los viñadores homicidas (Mt 21,33-43) es en cierto sentido una imagen del hombre de hoy que construye un mundo de espaldas a Dios. En la parábola, el dueño de la viña va a intervenir para castigar a aquellos asesinos, y se supone que así lo hará. Pero quizás si el mismo dueño de la viña se hubiera presentado, en lugar de su hijo, los viñadores lo hubieran liquidado también a él. Nuestro mundo en cierto sentido ha llevado a cumplimiento esa empresa: quitarle a Dios el dominio sobre el mundo y sobre el hombre que ha creado. El hombre quiere usurpar el lugar que pertenece solamente a Dios y erigirse él mismo en dueño absoluto sobre su vida y sobre las de los demás. Y así nos va. Como decía el profeta Isaías: “Esperó de ellos derecho, y ahí tenéis: asesinatos; esperó justicia, y ahí tenéis: lamentos” (Is 5,1-7).

El hombre ha descartado de la construcción del mundo la piedra angular, Jesús. ¿Podremos ir muy lejos en la construcción o terminaremos como la torre de Babel? Nuestra cultura y convivencia democrática se basa en una serie de valores compartidos que tienen un indudable origen cristiano, aunque lo hayamos olvidado. El olvido de la historia nos puede llevar a repetir los mismos errores del pasado. San Pablo recuerda esos valores: “todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable; todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta. Y lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis y visteis en mí, ponedlo por obra” (Filp 4,9).

¿Pero pueden esos valores seguir floreciendo desarraigados de la tierra en que crecieron? ¿Podemos quedarnos con la herencia del cristianismo sin querer ser y vivir como cristianos? La historia está mostrando cómo al perderse el sentido de Dios se pierde también el sentido del hombre. Querer organizar la sociedad como si Dios no existiera lleva a organizarla como si el hombre no existiera. La vida social y económica no está al servicio del hombre, de todos los hombres, sino al servicio del lucro y ganancia de unos pocos.

¿Por qué tiene miedo el mundo a Cristo? Algunos ven en Él una amenaza para la libertad del hombre. Es verdad que muchas veces en nombre de la fe cristiana la Iglesia se ha opuesto a las verdaderas libertades. Es necesario pedir perdón por ello y evitar que se repitan esas situaciones. Jesús es sin duda el heredero del Padre, pero no es un heredero egoísta sino que ha hecho de todos nosotros, sus hermanos, coherederos del Reino. El no nos quita nada, sino que al contrario nos da todo lo que tiene. No tengamos, pues, miedo.Abramos las puertas al Redentor. Abramos también las puertas a todos los hombres. No tengamos miedo pensando que pueden quitarnos la herencia del bienestar que hemos construido con nuestros sudores.


Celebrar la eucaristía significa sentarse todos a la misma mesa en torno a Jesús, modelo de la humanidad nueva y redimida, que nos libera de todo lo que de inhumano hay en el mundo y en la historia. Colaboremos con él para implantar ese Reino nuevo centrado en el hombre, como hijos de Dios y hermanos en Cristo.

Por el P. Lorenzo Amigo

Sacerdote marianista. Ha sido Rector del Seminario Marianista y profesor de Biblia en el Instituto Regina Mundi de Roma. Actualmente vive en Zaragoza como responsable de Vida Religiosa de los Marianistas. Celebra los domingos en la Parroquia Marianista de Santa Cruz en Zaragoza.

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