-

-

viernes, 10 de octubre de 2014

In hac lacrimarum valle

La verdad es que somos muy singulares, parece que son pocos a los que le interesa hablar de la creciente situación de extrema pobreza y de cómo cada vez crece más la desigualdad.

Nos guste o no, ésta es la realidad, y desde hace tiempo es habitual verla diariamente entre nosotros. mientras la contemplamos entre impotentes e indignados, amenazando con una fractura social. 

¡Pobres de nosotros!

Existe la creencia, al menos así lo manifiestan muchos, que la situación no es tan grave, porque existe mucha picaresca, mucho trabajo negro, y mucho aprovechado entre quien dice padecerla; aunque pensamos que esa es sólo es una manera de acomodarse en una imaginaria seguridad con la que justificarse en la inacción.

Nos cuesta entender lo que está sucediendo, y aún más reconocer que, los excluidos sociales, habitan en nuestro entorno. Así que intentamos minimizar el impacto que puede generar en nuestra vida aquellos que acuden a los comedores sociales, a las ONG, a las parroquias en busca de alimento, en busca de un poco de oxigeno con el que poder respirar, y con el que poder seguir adelante en una sociedad que con demasiada frecuencia se olvida de ellos, de todos.

¿Es algo que no nos atañe?

Lo único real e invariable es la gente que sufre, y que nos resulta fácil distraer los sentimientos a la hora de encarar tantas situaciones difíciles de gente que, a pesar de todos los pesares, no han perdido todavía su condición humana y su dignidad de personas.

¿Por qué queremos ser felices y vivir en paz sin intentar cambiar nada?.

No nos engañemos, no es de ser honestos, ni con nosotros mismos ni con los demás, negar esta situación y dejar de enfrentarnos a la misma.  La simple y fría lectura de los informes deben hacernos abrir los ojos a la miseria, el desarraigo, la marginación, la lucha y la esperanza. Tenemos que dejar conmovernos por los datos del paro y las dificultades económicas. Pero, sobre todo, debemos penetrar en tantas duras historias.
Detrás de cada una de ellas hay sufrimientos, lágrimas, xenofobias, muros, alambradas, resignación, miedos, incertidumbres, presentes irritantes, futuros demoledores, desheredados, desposeídos, desesperación, desplazados, víctimas, vergüenza, patética ignorancia, miradas a otra parte, codicia. 

Está en nosotros tomar la iniciativa para acercarnos a ellos sin hacer concesiones a tanta demagogia populista como se puede ver hoy en día.  Para eelo no se necesitan ni héroes, ni salvadores, ni milagros. Nosotros, los que nos llamamos cristianos, debemos asumir el compromiso de trabajar por todos con solvencia, naturalidad y credibilidad evangélica. 
De verdad, ¿de qué nos sirve estar siempre criticando, a veces con violento activismo dialéctico, la economía al servicio de los intereses de los poderosos, la ausencia de sentido humanitario y la insuficiencia de los recursos públicos aplicados para aliviar la situación de los más débiles? Esta denuncia no tiene sentido si no ponemos a la vez en funcionamiento toda nuestra capacidad de lucha.
La situación que estamos viviendo no es nueva. Nos recuerda mucho la que se describe en una de las obras más comprometidas desde la óptica social: "Las uvas de la ira" de John Steinbeck. En ella, su protagonista, emprende el Éxodo en busca de la Tierra Prometida, y salvando las distancias del tiempo y de la época, nos aporta elementos de juicio para reflexionar sobre la situación actual desde cada uno de sus personajes.
Tiene una frase inolvidable, la que le dice precisamente el protagonista a su madre antes de partir por última vez, que nos debe sonar mucho: "... allí donde un recién nacido llore porque tiene hambre, allí donde haya una lucha contra la sangre y el odio en el mundo, mírame allí mamá porque allí estaré".
No estará de más, próximos a la festividad de la Virgen del Pilar, saber cuál es nuestra misión, y que nos dirijamos a Ella, con el deseo de alcanzar las promesas hechas a los bienaventurados,  de la siguiente forma:
Texto en latín:
Salve, Regina, mater misericordiae
Vita, dulcedo, et spes nostra, salve.
Ad te clamamus, exsules, filii evae.
Ad te suspiramus, gementes et flentes
in hac lacrimarum valle.

Eia ergo, Advocata nostra,
illos tuos misericordes oculos
ad nos converte.
Et Iesum, benedictum fructum ventris tui,
nobis post hoc exsilium ostende.
O clemens, O pia, O dulcis Virgo Maria.

Ora pro nobis sancta Dei Genetrix.
Ut digni efficiamur promissionibus Christi. Amen.
Texto en español:
Dios te Salve, Reina y Madre de Misericordia,
Vida, dulzura y esperanza nuestra. Dios te Salve.
A ti clamamos los desterrados hijos de Eva.
A ti suspiramos gimiendo y llorando
en este valle de lágrimas.

Ea pues, Señora Abogada nuestra,
vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos,
y después de este destierro, muéstranos a Jesús
Fruto bendito de tu vientre.
Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María.

Ruega por nosotros Santa María Madre de Dios,
Para que seamos dignos de alcanzar
Las promesas de Nuestro Señor Jesucristo. Amén.



Formulario de contacto

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *