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miércoles, 8 de octubre de 2014

Bienventurados los mansos

Asistimos perplejos a un cambio sustancial de actitud en ciertos católicos, así se autoproclaman, que denuncian la fidelidad de la Iglesia a Jesús, la manera de pensar de sus obispos e incluso del Papa. Vienen a reivindicar ahora, porque ven que la opción preferencial por los pobres puede ser un mensaje que cala en determinados sectores de la sociedad, un laicado que, entendemos, confunden con un laicicismo. Utilizan un lenguaje propio, con términos de gran contenido ideológico, llamando a una acción en la que se percibe posos de agria amargura, de regresión justiciera. Vienen, alimentado desconfianzas con un lenguaje irascible, regalando un viento de doctrina que muchos necesitan en torno a la Paz y la Justicia. Sin embargo lo hacen empequeñeciéndose como el niño de las metáforas de Friedrich Nietzsche, y con ello sobran las palabras, en las que describía la vía hacia el superhombre; no como camino de Fe y Vida. Efectivamente se han hecho niños. Pero niños inmaduros y caprichosos. Diocesillos astutos que pretenden salirse con la suya arrastrando al error a otros. Quizás haya que aclararles que para llegar a Dios no sólo baste con hacerse niños, sino que también sea necesario agacharse. 

No vamos a entrar en quién los maneja, o por qué quieren manejar, ni en si, titereteros o títeres, pretenden amasar grandes tesoros con las flores recibidas con sus proclamas. Sí lo haremos en que, para trabajar en favor de los necesitados, además de ser pequeños, tenemos que experimentar, con sencillez y sentido de nada, la impotencia, la humildad y la docilidad.

Hay que ser los mansos de ayer, que son los no violentos de hoy. Claro está que si la primera labor de aquellos a quienes nos referimos es la de devaluar la palabra mansedumbre, por entender que es sinónimo de sumisión, a la postre lo que hacen es enaltecer la de su antónimo, es decir agresividad, como idea de única manera para poder ser triunfador sobre la pobreza.

La ira, la indignación, golpea y mina. tiende a moldear a los demás tal y como nosotros queremos verlos.

¿Denso para entenderlo? Digamos, con palabras de Tomás de Kempis, "victor sui et dominus mundi", que es lo mismo que el "hombre bueno y pacífico se vence a sí mismo y se hace dueño del mundo". Efectivamente, puede que los mansos no ganen todas las "guerras" del mundo, pero lo intentan con audacia y paciencia.

La mansedumbre amortigua las distancias y los embates; requiere un gran dominio de uno mismo, que no se puede ejercer pisando cabezas, o dando codazos, sino acompañando dos a quien te requiera uno, y dándole el manto, a quien te quiera poner un pleito para quitarte la túnica.

"No te dejes vencer por el mal, antes bien vence el mal con el bien" (Rom 12, 21), desármalo con actitud conciliadora, descoloca e invita a reflexionar con tus gestos de servicio a quien está acostumbrado a ser servido y responde con tu desnudez a quien pretenda despojarte y a los depredadores

Bienaventurados los mansos.



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