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domingo, 5 de octubre de 2014

Achícame

Son tiempos difíciles. No es cuestión de ignorarlo. Debemos de una vez por todas

 empequeñecernos. Y, para ello, no hay fórmulas mágicas.

Sirva esto para acercarnos a Miguel de Unamuno, del que se llegó a decir que era el 

anticlericalista en busca de Dios, e incluso ateo.

"¿Cuál es tu religión?" Y yo responderé: mi religión es buscar la verdad en la vida y la vida en la verdad, aun a sabiendas de que no he de encontrarlas mientras viva; mi religión es luchar incesante e incansablemente con el misterio; mi religión es luchar con Dios desde el romper del alba hasta el caer de la noche, como dicen que con Él luchó Jacob. No puedo transigir con aquello del Inconocible —o Incognoscible, como escriben los pedantes— ni con aquello otro de "de aquí no pasarás". Rechazo el eternoignorabimus. Y en todo caso, quiero trepar a lo inaccesible.
Lo que es seguro es que era una persona espiritual, posible cristiano, dudoso católico, que en su búsqueda existencialista nos legó un pensamiento de gran calado.
"Sed perfectos como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto", nos dijo el Cristo, y semejante ideal de perfección es, sin duda, inasequible. Pero nos puso lo inasequible como meta y término de nuestros esfuerzos. Y ello ocurrió, dicen los teólogos, con la gracia. Y yo quiero pelear mi pelea sin cuidarme de la victoria. ¿No hay ejércitos y aun pueblos que van a una derrota segura? ¿No elogiamos a los que se dejaron matar peleando antes que rendirse? Pues ésta es mi religión.
Ésos, los que me dirigen esa pregunta, quieren que les dé un dogma, una solución en que pueda descansar el espíritu en su pereza. Y ni esto quieren, sino que buscan poder encasillarme y meterme en uno de los cuadriculados en que colocan a los espíritus, diciendo de mi: es luterano, es calvinista, es católico, es ateo, es racionalista, es místico, o cualquier otro de estos motes, cuyo sentido claro desconocen, pero que les dispensa de pensar más. Y yo no quiero dejarme encasillar, porque yo, Miguel de Unamuno, como cualquier otro hombre que aspire a conciencia plena, soy una especie única. No hay enfermedades, sino enfermos, suelen decir algunos médicos, y yo digo que no hay opiniones, sino opinantes".

¿Qué podemos opinar nosotros que decimos que no hay pobreza sino pobres?
Para él, para Unamuno, la muerta era vida y la vida era muerte. Su alma, llena al mismo 
tiempo de esperanza y de desesperanza, era una alma que, como la de Santa teresa "moría 
de no morir".
El propio Unamuno evocaba a la Santa de Avila. ¡Morir de no morir!.
¿No es esa también la angustia de nuestra época?
¿No es ese también el drama de Occidente?
¿Por qué es tan actual su grito?
Quizás, y por eso nos hemos acercado hoy a él, la clave, pese a que se ha puesto en duda su 
credo, esté en la oración que se le encontró cuando murió en 1936:

Agranda la puerta, Padre,
porque no puedo pasar.
La hicieron para los niños,
 yo he crecido a mi pesar.

Si no me agrandas las puertas,
achícame por piedad.
Vuélveme a la edad aquella
en que vivir es soñar.
Seguro que ahora entendéis la fotografía de esta entrada, lo que representa, y por qué utilizamos el recurso de Unamuno aquí..

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