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jueves, 11 de septiembre de 2014

VIA CRUCIS DEL MUNDO


Introducción
            
¿En qué pensamos primero al hablar de la pobreza? ¿Cuál es la primera imagen que se nos viene a la mente?

 ¿Sentimos, al menos, parte de culpabilidad cuando vemos a una persona sentada sobre la acera con sus escasas pertenencias a su lado, a alguien intentando limpiarnos el parabrisas del coche en un semáforo, o unos mugrientos pies calzados con unos zapatos rotos?

¿Hacemos algo cuando se nos acerca un desaliñado y solitario abuelo de mente ida?

¿Ignoramos a los niños, y sus familias, que por problemas económicos no tienen las mismas oportunidades?

¿Nos preocupamos por acompañar y consolar a los enfermos que mueren por vivir?

Los pobres caminan por las aceras de todas las calles, y caminos, de nuestro mundo, llevando pesadas cargas y tratando de sobrevivir.

Jesús camina de pueblo en pueblo y, mientras lo hace, se encuentra con los pobres, con los mendigos, con los ciegos, con los enfermos, con los que lloran y con los que han perdido la esperanza. Escucha atentamente a aquellos junto a quienes camina y les habla con la autoridad de un verdadero compañero de viaje.

          Pero, ¿qué significa caminar con los pobres?  Significa reconocer la propia pobreza: la propia y profunda imperfección, la propia fatiga, la propia impotencia, la propia mortalidad.  Sólo así podré hacerme solidario de todos cuantos caminan por la tierra y descubrir que también yo soy amado como una persona frágil y, sin embargo, de inmenso valor.

 Antes de que se iniciara su pasión, Jesús, «sabiendo que había salido de Dios y a Dios volvía.... tomando una toalla se puso a lavar los pies de los discípulos» (Jn 13,3-5).  La Palabra se hizo carne para lavar mis pies cansados. Se arrodilla, toma con sus manos mis pies y los lava.  Luego me mira, sus ojos se encuentran con los míos, y me dice: «¿Comprendes lo que he hecho contigo?  Si yo, tu Señor y Maestro, te he lavado los pies, también tú debes lavar los pies a tus hermanos y hermanas» (cf.  Jn 13,12-14).

Mientras recorro el largo y duro trayecto hacia la cruz, debo hacer un alto en el camino para lavar los pies de mis prójimos.  Y cuando me arrodillo ante mis hermanos y hermanas, lavo sus pies y miro a sus ojos, descubro que es únicamente por causa de ellos, mis hermanos y hermanas que caminan conmigo, por quienes puedo recorrer el camino.

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