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jueves, 4 de septiembre de 2014

La cara actual de la pobreza

Cuando pensamos en pobreza y misiones, es fácil que la imagen que nos aborde sea la del Tercer Mundo y la de religiosos o religiosas que optaron por hacer de su vida un servicio permanente a los más necesitados de lugares remotos. Pero la crisis financiera y económica, que golpea a amplias capas de la población, junto a una gestión política que secuestra los derechos sociales, y al cambio cultural que debilita las estructuras colectivas ha transformado las formas de la pobreza como resultado de las profundas desigualdades sociales, del ocaso de los servicios públicos y la ruptura de los vínculos sociales.
Si antes los pobres confiaban en superar a futuro las privaciones, ahora se sienten sometidos al azar o al destino, y sus decisiones quedan fuera de su dominio. Las pobrezas actuales se han aliado con la impotencia colectiva como marionetas en manos de grandes poderes anónimos.
La precariedad económica ha desbordado los lugares y grupos sociales tradicionales para extenderse por toda la sociedad como una vulnerabilidad que empuja hacia abajo y expulsa de los dinamismos y relaciones sociales. Personas de clase media, jóvenes expulsados de los estudios, profesionales con éxito académico se sienten sobrantes, postergadas e instaladas en la inseguridad económica, en el desánimo personal y en la desconfianza política. Esta situación ha generalizado la pérdida y cuando todos son perdedores, el desinterés es mutuo. Lo cual justifica que cada grupo se ocupe únicamente de sus propios intereses sin lugar para cooperar con aquellos que intentan sobrevivir cada día.
En la medida que la precariedad económica golpea a personas acomodadas y solventes, se asiste al camuflaje de la pobreza. Se oculta ser cliente del Banco de Alimentos, se invisibiliza acudir a los comedores benéficos, se disimula vivir de la pensión del anciano. Para el pobre tradicional mostrarse era una estrategia de supervivencia, los nuevos pobres se hacen invisibles y por lo mismo poco fiables; de ahí la sospecha sistemática sobre los mayores que usan mal los fármacos; sobre los discapacitados que abusan de la ley de dependencia; sobre los mendigos que ocultan sus intenciones; sobre los inmigrantes indocumentados que no podrán acceder al sistema sanitario; sobre los desempleados que deberán presentarse periódicamente en las oficinas del INEM; sobre los destinatarios de la renta mínima que se convierten en parásitos sociales.
La precariedad económica ha desbordado los lugares y grupos sociales tradicionales para extenderse por toda la sociedad
El mito del mercado penaliza a los pobres ya que si no acceden a las oportunidades es culpa propia; en lugar de reconocer que el mercado es despiadado, caprichoso e injusto se cree que cada uno está allí donde se merece. Se afirma, con especial descaro, que toda intervención pública, que intente cambiar los resultados del mercado, se convierte en el enemigo de los pobres, ya que alienta la pereza. De este modo, se ha producido una alarmante criminalización de los fenómenos derivados de la pobreza: la mendicidad, el trapicheo de drogas, un cierto tipo de prostitución, pequeños robos y manteros de CD’s. Mientras los sistemas de control amplían sus competencias, se reducen los sistemas de protección. Muchos beneficiarios de los servicios asistenciales, sanitarios y educativos se convierten en un problema de seguridad ciudadana. Nace de este modo los guetos donde se concentran familias pobres, poblaciones consideradas marginales, zonas deprimidas, minorías étnicas, desempleo estructural y desafiliación cultural.
Frente a las pobrezas actuales, se necesita la vía política que garantice los bienes de justicia por debajo de los cuales no hay vida humana, la vía social que facilite el acceso a esos bienes mediante la colaboración ciudadana y movilización social y la vía cultural que desarrolle capacidades para elegir la vida que se considere deseable.
Frente a ella, estamos todos nosotros. No hay campo de misión más amplio y más cercano que éste.

#PanParaTodos

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