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domingo, 7 de septiembre de 2014

Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados?

Recibimos el encargo de dar testimonio de Jesús por toda la tierra, de ser testigos de su palabra y de su presencia.
¿Qué hacemos, pues, aquí plantados?
Si estamos llamados a reconstruir el Reino entre los hombres, no podemos permanecer asombrados mirando al cielo. Para subir, primero hay que bajar, y descubrir, por ejemplo, lo más profundo que hay en el rostro de los desempleados, no sólo desde el punto de vista económico, sino social, familiar, cultural, sanitario...
El mismo Juan Pablo II (Laborem exercens) nos dijo: "...el hombre es considerado como un instrumento de producción mientras él... debería ser tratado como sujeto eficiente de su verdadero artífice y creador... La solidaridad de los hombres del trabajo, junto con una toma de conciencia más recta y más comprometida sobre los derechos de los trabajadores por parte de los demás, ha dado lugar en muchos casos a cambios profundos".
He aquí la invitación que tenemos como cristianos para luchar contra el desempleo y el empleo en precario, dramas de millones de personas, mayores de edad, jóvenes. Pobreza escondida, pobreza latente, pobreza desesperada, de familia, en lucha.
Tenemos que unirnos aunque sea para pedir trabajo como un derecho, y que ésta sea digno, porque si no viola la dignidad humana.
Recordemos el Concilio Vaticano II: "...las condiciones laborales degradantes, que reducen al trabajador al rango de nuevo instrumento de lucro, sin respeto a la libertad y a la responsabilidad de la persona humana: todas estas prácticas y otras parecidas son en sí mismas infamantes, degradan la civilización humana, deshonran más a sus autores que a sus víctimas y son totalmente contrarias al honor debido al Creador".
Entonces qué, "Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados?" (Hch 1,11)


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