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miércoles, 17 de septiembre de 2014

¿Estética pura o pura ética?

Las cosas a veces no son lo que parecen y menos cuando un fenómeno tiene capacidad de generar la sorpresa o la perplejidad en quien lo observa.

¿Por qué desde fuera se nos sigue mirando de reojo y se cree, incluso, que nos mueve intereses ocultos o activismo pasajero, en lugar de interpretarlo bajo la órbita del compromiso y los valores?

Puede parecer lógico que haya quien pueda pensar así, si nuestra labor, es de carácter reactivo, y sólo pretende mejorar una imagen maltrecha

Ahora bien, ¿y si nuestra respuesta no fuera tan superficial? Si fuese más creíble, más convincente, con mayor profundidad.

Una respuesta con la que escribamos el COMPROMISO con mayúsculas y en plural, que opere como factor exponencial, multiplicador para la sociedad, sin modificarla por los adverbios de lugar, pues expresarla en términos de "aquí" o "allí" no es una actitud, que se conjuge, también, en primera persona del singular, con un "yo" responsable en medio de un "nosotros" comunitario.

No se trata de poner el 0'7 a disposición del desarrollo y un diezmo al de la pobreza, sino de poner a disposición de los que lo necesitan a toda la Iglesia, a nosotros, de manera proactiva.

No es una reivindicación, no es reinventarnos, mucho menos adaptarnos, es sumergirnos en la realidad que nos rodea tocando con los pies el suelo, con una visión más arriesgada, más comprometida, más incierta si cabe, pero también más retadora, más repleta de posibilidades, y más abonada para poder sembrar.

No es ni estética pura, ni pura ética, es nuestra misión de anunciar al mundo la buena noticia de que Dios nos ama (1), ya que hemos sido enviados por sus senderos para caminar con nuestros hermanos (2) dando testimonio de vida y de misericordia (3). 

            1. Los cristianos hemos recibido la buena noticia (el Evangelio) de que Dios nos ama y el encargo o la misión de anunciarla al mundo. Cristiano significa ungido, como Cristo y en Cristo, para esa misión. Como ha señalado el Papa Francisco, se trata de “un don que no se puede conservar para uno mismo, sino que debe ser compartido. Si queremos guardarlo sólo para nosotros mismos, nos convertiremos en cristianos aislados, estériles y enfermos” (Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones, 20-X-2013).
            Con esa buena noticia y la misión de anunciarla a todos, también tenemos los cristianos el impulso y la energía para hacerlo, saliendo de nosotros mismos e incluso, como nos insiste el Papa, yendo a las “periferias”, especialmente a aquellas que no han tenido la oportunidad de conocer a Cristo. “La fuerza de nuestra fe, a nivel personal y comunitario, también se mide por la capacidad de comunicarla a los demás, de difundirla, de vivirla en la caridad, de dar testimonio a las personas que encontramos y que comparten con nosotros el camino de la vida” (ibid.).
            Esta necesidad y su permanente actualidad la han percibido los santos de todos los tiempos. Por eso existen las “misiones”, que el Concilio Vaticano II quiso integrar en la gran y única misión cristiana, en este compromiso evangelizador que nos compromete a todos, porque “los ‘confines’ de la fe no solo atraviesan lugares y tradiciones humanas, sino el corazón de cada hombre y cada mujer” (ibid.).
   2. Con otras palabras, “todos somos enviados por los senderos del mundo para caminar con nuestros hermanos, profesando y dando testimonio de nuestra fe en Cristo y convirtiéndonos en anunciadores de su Evangelio” (ibid). Esta misión, la misión de los cristianos, no es simplemente un programa que habría que lograr a un plazo más o menos largo, sino también un horizonte que hemos de tener en todas nuestras actividades cotidianas, aquí y ahora. Con ello llegamos a un segundo punto. En la educación de la fe  es esencial formar a los cristianos para su  misión; para una misión que pueden y deben llevar a cabo ya desde niños, entre los parientes y los amigos, los vecinos, los compañeros de trabajo y los simples conocidos.
Ahora bien, la evangelización encuentra obstáculos fuera y dentro de la comunidad eclesial. “A veces –reconoce el Papa– el fervor, la alegría, el coraje, la esperanza en anunciar a todos el mensaje de Cristo y ayudar a la gente de nuestro tiempo a encontrarlo son débiles”. En otras ocasiones se piensa que evangelizar es violentar la libertad; más bien sucede que si se lleva a cabo con claridad y respeto, es un servicio y un homenaje a la libertad humana (cf. Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 80). En un ambiente como el nuestro, que destaca la violencia, la mentira y el error, es urgente que resuene esta buena noticia.
    3. Tercero y último, la evangelización requiere ante todo el testimonio de vida. La evangelización no es una apelación a seguir o adherirse a una doctrina o unos intereses meramente humanos. Es una proposición a la razón y a la libertad de las personas. Se trata de ayudarlas a abrirse ante las necesidades materiales y espirituales de los otros, de modo que se muevan a la compasión y al amor efectivo, con hechos. Y esto solo puede proponerse con el testimonio (es decir, el ejemplo y la coherencia manifestados en la vida y en las palabras) y la misericordia.
 En efecto, el Evangelio de Cristo es “anuncio de la cercanía de Dios, de su misericordia, de su salvación”. Hemos de ser capaces de anunciar “que el poder del amor de Dios es capaz de vencer las tinieblas del mal y conducir hacia el camino del bien”. En esto consiste la naturaleza misionera de la Iglesia, y, por tanto, la misión de los cristianos: es “testimonio de vida que ilumina el camino, que trae esperanza y amor” (Papa Francisco, Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones, 20-X-2013; cf. también su Discurso al Consejo pontificio para la promoción de la nueva evangelización, 14-X-2013).

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