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viernes, 5 de septiembre de 2014

El rostro de la pobreza

La pobreza no tiene, son los pobres quienes tienen rostro. Debemos ponerle rostro a través de ellos. A muchos los vemos en las calles. Pero otros muchos más, sobrellevan su lucha por la vida en la resignación y el silencio, ocultos entre nosotros, muchos avergonzados. Son los rostros de los pobres que excluimos incluso de los pobres: desempleados, ancianos, inmigrantes, drogodependientes, minusválidos... Son los miembros dolientes y débiles del cuerpo del Señor; a los que les cuesta o carecen del pan cotidiano, los que carecen de un techo, los que, sin trabajo, queman sus energías en el desaliento y el escepticismo.
Nuestro mundo presenta los síntomas de la enfermedad de la angustia. Por eso es importante que todos los hombres y mujeres de buena voluntad se empeñen en ejercer una solidaridad efectiva que sirva para paliar los efectos de la pobreza y para luchar contra las causas que la generan. No es comprensible, a estas alturas, seguir hablando como hablamos: "Mis pobres... Tus pobres..."
Nosotros, como cristianos, no estamos sólo llamados para asistir y aliviar, sino también para emprender acciones transformadoras de la realidad.
No es una opción. La entrega personal, la comunicación de bienes, el amor desinteresado y gratuito, es consecuencia lógica de la Eucaristía.
Los tenéis a vuestro lado. Sintamos como convive el dolor con el bienestar. Y recordemos que "El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo" (1Cor 10,17), mirándoles con sinceridad a los ojos.

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