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martes, 9 de septiembre de 2014

Desde la orilla


Tenemos entre nosotros a muchas personas rozando a diario la orilla de la subsistencia. De esto no cabe duda. La dramática e injusta pobreza. Un abismo que se agranda. Una realidad en la que habita mucha desesperanza. Una llamada a repetir el milagro de la multiplicación de los panes y los peces. Y, del otro lado, gente que, llenos de esperanza, mueren por alcanzarla. Hombres, mujeres y niños que tienen fe por alcanzarla, y sobre las que se derraman las aguas de este nuevo Jordán.

¿Podemos llamar, a esos que mueren por vivir, muertos? Viene bien, para comprender que les trae hasta aquí, el conocer su existencia.

 Lo más doloroso para alguien es encontrarse con el vacío, toparse con la reacción: “Ahí te quedas”.

"El día que lo experimentamos como víctimas nos damos cuenta de lo duro que es que el otro viva en la otra orilla sin echar cuentas del que se quedó aquí. Pues eso mismo debe uno saberse plantear como riesgo cuando llega la luz y la humildad necesarias para darse cuenta que fui yo mismo quien lo provoqué. Que unas veces me quedé aquí para no complicarme pasar allá; y que otras veces me fui allá para evitar tener que mantener la situación que hay aquíLa otra orilla da mucho juego. Más de una vez podemos sentir que Jesús se nos embarcó a la otra orilla. Nos debemos preguntar por qué. Otras veces fuimos nosotros quienes nos subimos a la barca y nos marchamos para no oír la voz de Jesús que nos pedía algo…" (Manuel Cantero)

A nosotros nos toca cruzar el mar de Galilea, con sus calmas y sus tormentas, para alcanzar en la otra orilla el monte de las Bienaventuranzas.

Nosotros, como ellos, debemos buscar una roca firme sobre la que cimentar nuestras vidas.



¿Acaso no hay vida que, a su muerte, merezca al menos las escasas y pocas líneas de una esquela con su nombre?

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