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jueves, 11 de septiembre de 2014

Condenado a muerte


I ESTACIÓN

JESÚS ES CONDENADO A MUERTE.

            Un hombre en Irak, abandonado a su suerte, ha sido condenado a muerte.  Ha sido incluido en la categoría de los «malditos».  Ya no se le considera digno de vivir.  Se ha convertido en un enemigo, en un rebelde, en un intruso, en un peligro  para la sociedad.
¿Por qué?  Porque es diferente.  Es un «marginal» que nos recuerda lo que no aceptamos, nos dice lo que no deseamos oír, nos recuerda lo que preferiríamos olvidar. 

          Esa voz ha tenido que ser silenciada, porque pone en entredicho nuestra manera de hacer las cosas; porque trastorna nuestra vida y porque origina el desorden e incluso el caos.

 Jesús está en pie ante Pilato.  Guarda silencio.  No se defiende de las múltiples acusaciones vertidas contra él.  Cuando Pilato le pregunta: «¿Qué es lo que has hecho?», él responde: «He venido al mundo para dar testimonio de la verdad, y todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Jn 18,35-38).  La verdad de la que habla Jesús no es una tesis ni una doctrina ni una explicación intelectual de la realidad, sino la relación y la intimidad vivificante que se da entre él y el Padre, y de la que quiere hacernos partícipes.  Pilato no podía escuchar tal cosa, como no puede hacerlo quien no esté en conexión con Jesús. En comunión con Jesús, podremos escuchar la voz del Espíritu y movernos libremente por todas partes, estemos o no en prisión.  Porque la verdad  nos concede la libertad que los poderes de las tinieblas jamás podrán arrebatarnos.  Jesús es el ser humano más libre que jamás haya existido, porque fue el más unido a Dios.  Pilato, sin embargo, le condenó.  Pilato quiso hacer de él un maldito, pero no lo consiguió: la muerte de Jesús, en lugar de ser la ejecución de una sentencia de muerte, resultó ser el camino hacia la verdad plena, que conduce a la plena libertad.

 Señor, eres condenado a muerte porqué en ningún momento has dejado de ser fiel a tu misión. En ningún momento no has dejado de anunciar el Amor del Padre, de trabajar por

La fraternidad entre los hombres, de ponerla al servicio de los hombres. Tú has dicho que estas eran las únicas cosas importantes, y por esto te condenan. Haz que también nosotros sepamos poner toda nuestra vida al servicio del amor que nos has enseñado. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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