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domingo, 14 de septiembre de 2014

Cirineo

Fotografía: (c) Joaquín Hernández "Kiki"
de la colección "La Mirada de la Amazonía"
EL CIRINEO AYUDA A LLEVAR LA CRUZ

 Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas (Mt 23, 4)

Simón no buscaba a nadie. Pero lo encontró. Todo parece casual en aquel encuentro con Cristo y su Cruz. Casual es su presencia en la ciudad, casual es su paso por aquel lugar, casual es que le fuercen a llevar la Cruz del Señor. Pero aquellas casualidades son ocasión de una transformación profunda en aquel hombre, más llamativa, si cabe, por inesperada.

No parece que estuviese ni con los que insultan o gritan contra Jesús, ni con los discípulos. Tampoco parece un espectador curioso simplemente pasaba y venía del campo dice Marcos. Mateo añade que cuando salieron encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, a quien obligaron a llevar su cruz (la de Jesús). Lucas añade un detalle que puede ayudarnos a entender mejor la transformación de Simón: le cargaron con la cruz para que la llevase detrás de Jesús.

No parece difícil imaginar la conmoción de Simón. Va tranquilamente por el camino, como se va por los caminos de la vida, oye un tumulto, le llama la atención, se acerca… y de repente los soldados le rodean y a gritos, sin ningún permiso, le fuerzan a llevar la cruz de uno a quien llevaban a crucificar. Quizá le dió tiempo para enterarse quién era aquel a quien ayudaba, quizá no pudo preguntar pero leyó la inscripción de la cartela que indicaba el delito: Jesús Nazareno Rey de los judíos, texto que estaba escrito en tres lenguas hebreo, griego y latín. Lo natural es pensar en un rebelde político de altos vuelos, lo extraño es que no supiese nada de aquella rebelión política. Después miraría a Jesús y lo vería extenuado, eran patentes las huellas de la flagelación y de los muchos golpes que debió sufrir, curiosamente conservaba en la cabeza una corona de espinas que se le clavaba.

Al tomar la Cruz le miraría y no habría en él parecer ni hermosura, era como un desecho de los hombres, pero algo le debió extrañar: no se resistía. Se levantó Jesús, quizá le dirigió una mirada de agradecimiento y se dirigió lentamente al monte Calvario. La ascensión era pequeña, varias decenas de metros de desnivel, pero muy empinadas, le vería casi arrastrarse, si no es que fue llevado en parte por los mismos soldados. Al mismo tiempo oiría los insultos feroces de una multitud que eran judíos, y además muchos de ellos eran fariseos y escribas, incluso estaban allí ancianos del Sanedrín y Sacerdotes. La sorpresa de Simón debió crecer. Si era un rebelde contra los romanos y condenado por éstos debían estar tristes y apesadumbrados, pues era de los suyos. 

Al cargar con la Cruz debió experimentar rebeldía y disgusto. Pero junto a él caminaba Jesús, ayudándole descubre a un hombre que sufre un dolor mucho mayor que el suyo sin queja y perdonando. Lo que a él le parecía duro e injusto -ya que no era buscado sino inesperado- le debió parecer una nadería. Y su rebeldía un burla ante la paciencia del Señor. Su sorpresa debió convertirse en luz.

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