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jueves, 11 de septiembre de 2014

Christus Resurrexit



XIV ESTACIÓN

JESÚS RESUCITA DE ENTRE LOS MUERTOS

Al alborear el primer día de la semana, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé, tras descubrir que el sepulcro estaba vacío, escucharon cómo un joven vestido de blanco les decía: «No está aquí».  Más tarde, dos de los discípulos, Pedro y Juan, entraron en el sepulcro y vieron las vendas en el suelo, así como el sudario con que había sido cubierta la cabeza de Jesús Y al atardecer de aquel mismo día, se presentó en medio de sus discípulos diciendo: «La paz con vosotros», y les mostró sus manos y su costado. Todo esto ocurrió realmente.  Y del silencio del Sábado Santo brotaron incontenibles unas nuevas palabras que tocaron los corazones y las mentes de los hombres y mujeres que habían conocido y amado a Jesús.  Esas palabras - “ ¡Es verdad! ¡Ha resucitado! “ -  no fueron gritadas desde las terrazas ni escritas y exhibidas en grandes pancartas por la ciudad, sino susurradas al oído, como un mensaje íntimo que sólo podía ser escuchado y comprendido por un corazón que hubiera anhelado la venida del reino y hubiera reconocido sus primeros signos en las palabras y obras del hombre de Nazaret.

Todo es diferente y todo es lo mismo, a la vez, para quienes dicen «sí» a esa noticia que es susurrada a través de los siglos de un extremo a otro del mundo. Todo es lo mismo, y todo es hecho nuevo.  Mientras vivamos con fe en la resurrección, nuestra carga será ligera y nuestro yugo suave, porque hemos encontrado el descanso en el dulce y humilde corazón de Jesús, que pertenece a Dios por toda la eternidad. Ha llegado el momento de hablar de nuevo, tranquila pero confiadamente.  Nuevas palabras emergen del silencio.  La buena nueva es llevada a los pobres, la liberación a los cautivos, la vista a los ciegos, la libertad a los oprimidos y se proclama el favor y la gracia del Señor.
De este modo, la sonrisa de Dios y la sonrisa del pueblo de Dios se encuentran y se hacen una sola, bajo la luz inextinguible que brilla en las tinieblas.



Plegaría

Me mantengo en paz, tengo el alma serena,
Como un niño en la falda de la madre. Sé que me encontraras.
Jesús, tú que eres la antorcha de vida.
Qué el silencio vibre con tu presencia,
Que el mundo no sea nunca mas un sepulcro vacío!!
Los dos Adanes se identifican en luz, ya no hay muertos en los sepulcros.
Cristo ha resucitado de entre los muertos, porque la muerte ha vencido a la muerte.
A los que estaban en los sepulcros les da la vida.



Oración Final
            Jesús:

            Ya una vez te condenaron, y aún siguen condenándote. Ya una vez tuviste que llevar tu cruz, y aún sigues llevándola. Ya una vez moriste, y aún sigues muriendo. Ya una vez resucitaste de entre los muertos, y aún sigues resucitando.

            Te miro, y tú abres mis ojos para que puedan ver las distintas maneras en que tu pasión, tu muerte y resurrección suceden entre nosotros cada día. Pero en mi interior siento un miedo enorme a mirar a mi propio mundo. Tú me dices: “no temas mirar, tocar, sanar, alentar y consolar”. Y yo escucho tu voz y, cuanto más profundamente accedo a las dolorosas pero esperanzadas vidas de mis semejantes, tanto más me adentro en tu corazón.

            Mi miedo, Señor, a ver la realidad de mi mundo dolorido tiene mucho que ver con el miedo de mi angustiado corazón. No estoy seguro de ser verdaderamente amado y de estar a salvo, y por eso intento distanciarme de las vidas de otras personas invadidas por el miedo. Pero tú insistes: “no temas dejarme mirar a tu corazón herido, abrazarlo, sanarlo, alentarlo y consolarlo..... porque te amo con un amor que no tiene límites ni pone condiciones”.

            Gracias, Señor, por hablarme. Tan sólo deseo que sanes mi corazón herido, y así poder llegar a otros, estén cerca o estén lejos.

Sé muy bién, Señor, que tú eres manso y humilde de corazón y no haces más que decir: “Venid a mi los que éstais agobiados, y yo os aliviaré”.

            Mientras tu pasión, tu muerte y tu resurrección sigan prolongándose en la historia, concédeme la esperanza, el valor y la confianza de permitir que tu corazón una el mío al de todos cuantos sufren y sea para nosotros la fuente divina de la nueva vida.


            Amén.

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