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jueves, 11 de septiembre de 2014

Carga con la cruz


II ESTACIÓN

JESÚS CARGA CON LA CRUZ

Un joven africano, que más da el sitio exacto, lleva sobre sus hombros una pesada carga de madera destinada a fabricar ataúdes para los cadáveres de los que han sido secuestrados, asesinados y abandonados en cualquier cuneta, o de los niños que no han podido sobrevivir a una enfermedad que han contraído nada más nacer. 


Pilato entregó a Jesús para que lo azotaran.  Los soldados «le desnudaron, le echaron encima un manto de púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la pusieron sobre su cabeza y en su mano derecha una caña.  Después, doblando la rodilla delante de él, le hacían burla diciendo: ¡Salve, Rey de los judíos! mientras le escupían y le quitaban la caña para golpearle en la cabeza.  Y después de haberse burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron sus ropas y se lo llevaron para crucificarlo» (Mt 27,28-3l). Jesús lo soporta todo.  El tiempo de la acción ha quedado atrás.  Ya  no habla ni protesta ni reprocha ni aconseja. Se ha convertido en una víctima.  Ya no hace nada sino que se deja hacer.  Ha comenzado su pasión. Sabe que la mayor parte  de la vida humana es pasión; que muchos seres humanos mueren de hambre o son secuestrados, torturados y asesinados, cuando no arrestados, brutalmente arrancados de sus casas, separados de sus familias, trasladados a un campo de trabajo y empleados como esclavos.  No saben por qué.  No comprenden la razón de todo ello.  Nadie se lo explica.  Sencillamente, son pobres.  Cuando Jesús sintió el peso de la cruz sobre sus hombros, sintió también cómo el dolor de todas las  generaciones venideras  gravitaba sobre él; vio al joven guatemalteco y lo amó con inmensa compasión.

            Me siento verdaderamente impotente. Querría hacer algo... Tengo que hacer algo. Tengo que actuar como sea posible para aliviar el dolor que veo a mi alrededor.  Pero tengo todavía una tarea más ardua: llevar mi propia Cruz, la cruz de la soledad y el aislamiento, la cruz de los rechazos que experimento, la cruz de mi depresión y de mi angustia.  Por mucho que me angustie el sufrimiento de los demás, si no soy capaz de soportar el sufrimiento que es únicamente mío no seré nunca un seguidor de Jesús.  De alguna manera, mi vinculación con los que sufren la opresión se hace real a través de mi disposición a sufrir mi propia soledad.  Es ésta una carga que a veces trato de evitar preocupándome por los demás. Jesús cargó con su cruz por todos, y ahora estamos juntos, somos una misma cosa.  Cada uno debe tomar su propia cruz y seguirle, y aprender de él, que es manso y humilde de corazón.  Sólo así podrá nacer una nueva humanidad.

Señor, enséñanos a seguir tu camino. Enséñanos a salir de la pereza, de nosotros mismos, del afán de seguridad. Enséñanos a caminar al lado de los otros hombres, como Tú has caminado, aunque nos cueste y nos complique la vida.

Tú vas delante, con nuestra cruz. No dejes que nosotros nos quedemos sentados, mirándote sin más. ¡¡¡ Haznos caminar!!!.

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