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jueves, 11 de septiembre de 2014

Cae por tercera vez


VIII ESTACIÓN

JESÚS CAE POR TERCERA VEZ


No hay que irse muy lejos. Cae cerca de nosotros. Un hombre, en una esquina de nuestro barrio, tropieza y cae al suelo. Está tan débil que no es capaz de ponerse nuevamente en pie sin ayuda. Abre su mano y espera con impaciencia que otra mano agarre la suya y le ayude a incorporarse. La mano humana es en verdad misteriosa: puede crear o destruir; acariciar o golpear; puede hacer gestos de acogida o de condena; bendecir o maldecir; sanar o herir; pedir o dar....Una mano puede convertirse en puño amenazador o en símbolo de seguridad y protección; puede ser lo más temido o lo más deseado del mundo.

Cuando Jesús cayó por tercera vez, experimentó toda la soledad de una humanidad desesperada. No podía reincorporarse sin ayuda. No hubo nadie que le tendiera la mano, en lugar de ello unas manos le golpearon con un látigo, unas manos crueles le obligaron rudamente a erguirse. Jesús, Dios hecho hombre, cae para que podamos inclinarnos sobre él y mostrarle nuestro amor y compasión; pero nosotros estamos demasiado ocupados para darnos cuenta siquiera.

¿ Os habéis tendido hoy hacia alguna mano abierta y le habéis ofrecido una pizca de paz, esperanza, de ánimo y de confianza? De algún modo, tengo la sensación de que todas las manos humanas que piden ayuda son las manos de nuestra humanidad caída, y que en la medida en que tendamos nuestras propias manos hacia ellas y las toquemos, estaremos participando  en la curación de toda la raza humana. Jesús caido y pidiendo ayuda para ponerse en pie y cumplir su misión, nos habre la posibilidad de tocar a Dios, de entrar en contacto con la humanidad de toda mano humana y experimentar la verdadera gracia de la preséncia salvífica de Dios en medio de nosotros.


Señor, el camino se te ha hecho pesado y duro. No has podido más, y nuevamente caes al suelo. Como el tuyo, también es pesado y duro el camino de muchos hombres y mujeres que no estas lejos nosotros: los que están marcados por enfermedades, los que viven en la incertidumbre y la angustia de la falta de trabajo, los que se sienten solos, los que sufren la desunión y la ruptura dentro de su propia familia, los enfermos, los ancianos.

Señor, acuérdate de todos ellos. Y haz que encuentren en nosotros y en los otros cristianos la ayuda que necesitan.

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