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jueves, 11 de septiembre de 2014

Cae por primera vez


III ESTACIÓN
JESÚS CAE POR PRIMERA VEZ.

Mira a ese niño centroaméricano, liberiano, subsahariano... que está solo en el mundo. ¿Porqué?  Tal vez sus padres fueron asesinados, secuestrados o encerrados en un campo de trabajo.  Tal vez intentaron escapar del enemigo y cayeron en una emboscada.  Tal vez trataron de huir en un barco atestado de refugiados y se ahogaron.  Tal vez, tal vez... Pero su hijo se ha quedado solo.  

Seamos capaces de mirar a esos ojos clavados en un futuro vacío, los ojos de millones de niños aplastados por los poderes de las tinieblas.  Este pequeño y frágil niño necesita que alguien le abrace, le bese y le acaricie.  Necesita sentir las manos fuertes y amorosas de su padre y de su madre.


A lo largo y ancho del mundo, los niños caen bajo el peso de la violencia, la guerra, la corrupción y la crueldad humana.  Tienen hambre, hambre de pan y de afecto, mientras permanecen sentados en las desangeladas salas de frías y anónimas instituciones... esperando que alguien les preste atención.  Duermen junto a extraños que les utilizan para satisfacer sus inconfesables deseos.  Vagan por las calles de las grandes ciudades, tratando de sobrevivir a solas o en pequeñas bandas.  Son miles, millones de ellos en todo el mundo.  Nunca han oído decir: «Tú eres mi hijo amado, en quien me complazco» (Lc. 3,22).

Abandonados y solos, ellos nos hacen ver que hemos perdido la capacidad de amar.


Jesús cayó bajo el peso de la cruz.  Y sigue cayendo.  Jesús no es el héroe victorioso que soporta el sufrimiento con inquebrantable determinación y voluntad de hierro.  No; Jesús, que nació como hijo de Dios e hijo de María, que fue adorado por pastores y por hombres sabios, nunca fue un líder orgulloso y prepotente que pretendiera guiar a la humanidad a la victoria sobre los poderes de las tinieblas.  Cuando se humilló a sí mismo uniéndose a los hombres y mujeres compungidos que acudían a bautizarse al Jordán,  fue entonces cuando sintió cómo aquella voz penetraba hasta su corazón: ¡Tú eres mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3,17).  Y aquella voz le guió a lo largo de su vida y le protegió de la amargura, la envidia, el resentimiento y la sed de venganza.  Jesús es el niño inocente aplastado por la pesada carga de la cruz del dolor humano: impotente, débil y sumamente vulnerable.  Pero en él podemos tocar el misterio del corazón compasivo de Dios, que abraza a todos los niños, incluido el niño que todos llevamos dentro.
Jesús cae bajo el peso de la cruz para permitirme a mí reivindicar al niño que soy, esa parte de mí absolutamente desprotegida y desesperadamente necesitada de ayuda y seguridad.  Los niños abandonados del mundo están en mí, y Jesús me dice que no tenga miedo, que les haga un sitio en mi corazón y, que sufra con ellos.  Desea que yo descubra que a pesar de todos los sentimientos de rechazo y de abandono, existe el amor: un  amor real, un amor duradero, un amor que viene de Dios, que se encarnó y que  jamás habrá de dejar solos a sus hijos.

Señor, con Tú caída, te has acercado a todos los que caen en el camino de la vida, para ayudarlos a levantarse.

Te has acercado, sobretodo, a los que caen mas profundamente, mas dolorosamente: los que caen en la desesperación, en la locura de la violencia, en el afan del placer o de dominio al precio que sea, en la droga, en la delincuencia que no tiene salida, en la miseria. Señor, ayúdalos!!.


Señor, haz que nosotros tambien nos sintamos responsables de su situación.

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