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viernes, 8 de agosto de 2014

Una epidemia de pobres

A veces, pese a la mala reputación que pueden tener, da la impresión de no ser económicamente viable para ninguna compañía investigar soluciones para determinadas enfermedades, porque las empresas lo que tienen que garantizar es la obtención de una rentabilidad para sus accionistas.

¿Para qué se iba a invertir en investigación para buscar una cura para el ébola, si es letal, poco común, sus brotes esporádicos y muy localizados en los rincones más pobres y remotos de África, afectando a miembros de alguna perdida tribu?

Allí, personal sanitario y misioneros, deben limitarse a intentar aliviar sus síntomas, sin muchas garantías, y cuando ya no es posible ningún tipo de control, aislar al paciente para evitar la propagación del virus. En definitiva, y sin maquillar la medida, abandonar a su suerte al sentenciado. Nada parece haber cambiado desde 1976.

Sea lo que fuere, es evidente que la pobreza y la infraestructura deficiente son, en cierta forma, el caldo de cultivo para que el ébola, como cualquier otro tipo de enfermedad contagiosa (dengue, malaria, gripe...), se esparza o empeore su pronóstico. Como es el caso de este brote, para el que los países afectados, hasta la fecha, simplemente no tienen la capacidad para manejar su tamaño y complejidad por su cuenta.

No vamos a hablar de las imágenes de TV en la que se podía ver a un enfermo tirado en la calle, al que nadie se acercaba, y para quien ni las fuerzas de seguridad atendían a las llamadas de alarma que les realizaban. Tampoco del esfuerzo, de más de medio millón de euros, por repatriar a los dos religiosos españoles al Hospital Carlos III de Madrid.

Hablamos de una clara llamada a la solidaridad internacional, aunque no tengan riesgos de sufrir o padecer un caso dentro de sus fronteras, para proporcionar apoyo de la manera más urgente posible.

No se trata de salvar a los nuestros, ni de extremar las medidas para que nadie venga o que nadie vaya, a las zonas de contagio. No, no es eso. Tampoco, quedarse en las declaraciones, porque no salvan vidas, mientras se permite que el virus circule ampliamente entre tantas personas, y se adopta como única medida la de intentar un aislamiento, sin que se tomen otras urgentes desde los puntos de vista médico, epidemiológico y de salud pública...

La gente está muriendo. La ayuda no llega. La pobreza aprieta... Mientras, hay quienes restriegan sus manos, y hasta se congratulan llamándonos "ignorangutanes cristofascistas". Debe ser la manera de ejercer su solidaridad, esconder su indiferencia hacia la verdadera realidad, atacando desde la intolerancia, o alabando quizás, que correligionarios vayan a unirse a las fuerzas pro-rusas de Crimea para luchar contra aquello que de manera enfermiza odian. ¡Hasta sacarán partido de su discurso!

Por el contrario, nosotros, reconociendo que no tenemos el valor suficiente, nos quedamos con la labor callada de los hermanos de San Juan de Dios, de los miembros de Catholic Relief Services, de los médicos de Samaritan´s Purse, y de Médicos Sin Fronteras, como ejemplo entre otros muchos, que están poniendo su vida al servicio de los más desfavorecidos y vulnerables, y que trabajan en aquellos escenarios por combatir no las ideas, ni las creencias, sino el brote de ébola. ¡Aprendamos su lección!

Tomemos nota de unos y de otros, y tomemos partido. ¡Levantemos las manos!



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