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viernes, 18 de julio de 2014

¡Armar un pollo!

Foto: Joaquín Hernández (Kiki)
Armar un pollo viene a significar montar un escándalo, generar un problema, montar un buen lío...

Nadie me podía decir a mi, allá por el 20 de marzo del 2001, no lejos de La Habana, cuando mi mujer Luisa y yo, entre otras cosas, habíamos llevado medicinas a la parroquia del Carmen, que tendría tantas experiencias en los siguientes años. Y eso que experimentamos algo premonitorio.

Aquel 20 de marzo, hacíamos el último recorrido del mediodía, el de barrio humilde, el de la gente repleta de dignidad que manoseaban el azar de la vida entre el café mañanero y el ron del crepúsculo. Gente con mirada entre la reflexión de
del perdedor y la ingenuidad del sencillo.

Gente ahogada en tierra seca rodeada de mar. Naúfragos fuera del agua.



No nos decían nada. Sin embargo, en sus silencios, se percibía que nuestra presencia les amilanaba; acobardando nuestros pasos al ver sus gestos desconfiados. Aún así, nos invitaron a comer sobre un hule en una humilde casucha. Un comedor escaparate de sus necesidades y sus desgracias.

Sentados en un tosco banco, fisgoneábamos por la ventana la explanada que se abría delante, los vecinos sonámbulos de tristezas, y a los críos que se acercaban a curiosearnos, a los que, los mayores, echaban corriendo casi como perros apedreados. Pero una niña, que aferraba un pollo entre sus manos, se quedó entre nosotros.

Fué esperpéntico. Queriendo congraciarnos con ella, y señalando al animalito, le preguntamos:

-"¿Cómo se llama?"

Los oídos de la niña no nos comprende y, con voz estrujada, saca de su garganta lo único que entiende:

-"Se llama pollo"

¿Qué perogullada, no?

Ella lo dijo con la convicción de tenerlo claro, y nos arrastró a la turbulencia de la realidad: ¿Para qué llamar por otro nombre al que, si no hoy, mañana terminaría en la cazuela.

La niña no era pobre. Los pobres, y ciegos, éramos nosotros. Y aturdidos por su respuesta nos dimos cuenta que la única parcela que solemos reconocer, palmo a palmo, es sólo la nuestra.

¿Por qué nos iba a mentir? ¿Por qué nos iba a decir una mentira a medias? Aquello era lo que era. Simplemente se trataba de un pollo. Y si nos hubiese querido mentir lo hubiese hecho en toda la extensión de la mentira. Estaba claro, era un pollo que, probablemente no llegase a gallo, ni le daría tiempo a cantar tres veces antes que negase Pedro. Aprendimos algo importante: Mirar con ojos inocentes la realidad de la que nadie se burlaría, y a llamar a las cosas por su nombre por cruel que nos parezca su destino.

Desde aquel momento, empezamos a "MONTAR EL POLLO" con Compromiso Marana-thá.

La fotografía no es de Cuba, es de la Amazonía Peruana, realizada por nuestro amigo y colaborador Joaquín Hernández (/Kiki) en nuestras zonas de misión, pero a mí siempre me recordará la historia del pollito habanero.

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