viernes, 3 de enero de 2020

Caminar y dar frutos



Con el misterio de Navidad se nos ha hecho de nuevo el regalo de poder volver a lo esencial de nuestra fe, a aquello que no debemos olvidar nunca, a aquello que debe marcar nuestra vida y ayudarnos a situar las demás verdades de la fe que profesamos.

Ojalá hayáis podido experimentar que realmente se trata del misterio de la cercanía de Dios, una cercanía amorosa, llena de ternura y de misericordia.

El papa Francisco invita a la Iglesia a salir al encuentro del mundo, sobre todo de los pobres. Para ello ha indicado los pasos del camino de seguir, inspirándose en el actuar de Dios manifestado en Jesús.

Dios se hace carne, asume nuestra fragilidad y pone su tienda entre nosotros (Jn 1,18). Así puede caminar con nosotros. También la Iglesia “camina” con el mundo. La Iglesia no sólo es la casa de Dios, sino que es también la tienda que se puede plantar y alzar para acompañar al mundo en su peregrinación. 

Caminando al compás del mundo, la Iglesia debe “fructificar”, dar los frutos del Espíritu de Dios. No puede ser una higuera estéril que merezca ser cortada porque ocupa un lugar inútilmente. Y cuando se produzcan y recojan los frutos hay que “festejar”, como debemos hacer en Navidad. Jesús es el fruto del Padre, pero  también de la humanidad que lo acoge en María.

La cercanía de la Iglesia a los hombres, sobre todo a los más pobres, manifiesta esa cercanía de Dios. Dios entrando en nuestro mundo no ha perdido su gloria, al contrario. La gloria de Dios se ha revelado en Jesús, lleno de gracia y de verdad. “La gloria de Dios es el hombre viviente, y la vida del hombre es la visión de Dios” (San Ireneo). Gracias a la encarnación, la Palabra de Dios se hace visible y podemos ver a Dios. Podemos ver a Dios en todas las criaturas y en la historia humana, que es historia de salvación. Dios mismo sigue haciendo la Historia  a través de nuestras pequeñas historias.

Dios ha querido habitar con los hombres (Eclo 24,1-4.12-16). Dios hubiera podido vivir en su espléndido aislamiento trinitario en el que no carecía de nada. Sin embargo ha querido convivir con nosotros para asociarnos a su vida divina. Y para ello ha creado la comunión y convivencia más íntima que se puede uno imaginar. Se ha inspirado en la comunión de amor de Padre e Hijo y ha querido que todos nosotros fuéramos también sus hijos en el Hijo (Ef 1,3-6.15-18). Ese plan de salvación existe desde antes de la creación del mundo. Ni tan siquiera el pecado y el rechazo del hombre lo han podido anular. El hombre sigue llamado a participar de la vida misma de Dios, de su amor, de su santidad. No se trata de una santidad de separación de lo profano, sino al contrario de una santidad que se traduce en el amor a todo lo creado.

El hombre descubre esa llamada a vivir en relación con Dios cuando entra en el profundo de su ser, yendo más allá de la banalidad y la dispersión de la vida cotidiana inauténtica en la que vivimos manipulados desde el exterior. Cuando uno en el silencio y en la reverencia de lo sagrado entra en su santuario interior del corazón, descubre no sólo que allí está Dios sino que su ser de hombre está creado a imagen de Dios. Descubre que los deseos infinitos de felicidad que existen en su corazón sólo se pueden satisfacer con el encuentro personal con alguien que nos ama incondicionalmente desde toda la eternidad y por eso nos ha traído a la existencia. El misterio de la encarnación es el misterio de nuestra divinización. En la celebración de la Eucaristía demos gracias a Dios Padre que nos ha hecho hijos suyos en el Hijo.

lunes, 30 de diciembre de 2019

Feliz Navidad hermanos

“Cuando un silencio todo lo envolvía, y la noche estaba a la mitad de su carrera tu Palabra omnipotente, Señor, se abalanzó a una tierra condenada al exterminio” (Sab 18,14-15).

Siempre nos volverá a conmover que en un silencio que nos envuelve, haya una palabra que rompa su mutismo, y que en una tierra rota y enfrentada esa palabra encienda una luz capaz de alumbrar, reconciliada, todos los caminos.
Así es la Navidad, siempre igual y siempre en trance de reestreno. Por eso, además de engalanar nuestras calles y poner guirnaldas de color en nuestro entrecejo, sabemos que hay un porqué, que hay un por quién en estas fiestas que nos llenan de alegría y esperanza. Un porqué y un por quién que tiene nombre, que logran encender de nuevo la humilde luz de Dios que nos alumbra sin deslumbrar, que nos abraza sin posesión, que nos acompaña con paciencia y discreción.
Porque la luz que el Señor encendió necesita de candeleros de hoy en donde luzca, y la gracia que nos regala precisa de manos de ahora que la repartan. Es la Navidad continua, la que no tiene guirnaldas, la que nunca caduca, pero que llena de paz y bien cada carencia y cada entraña.
Como hiciera el mismo San Francisco de Asís con aquel primer belén viviente, deseo que la Navidad sea abrazo de Dios a nuestra vida, iluminación de nuestras oscuridades y salvación de nuestros callejones sin salida. El pregón de Navidad es al mismo tiempo un pregón de novedad. Que esta santa Navidad cristiana nos llegue como el anuncio nuevo de la Buena Noticia que por venir de Dios nunca se gasta. Dios sea con nosotros en su Madre bendita.

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