miércoles, 23 de octubre de 2019

No hay razón para despreciar a nadie



      ¿Quién se puede gloriar ante Dios de que es justo? Pues el fariseo de la parábola lo hace sin el más mínimo rebozo. No tiene vergüenza para darle gracias a Dios porque no es como los demás. Se siente diferente. Pertenece a una clase mejor y más alta. Se siente justificado porque ayuna dos veces por semana y paga el diezmo de todo lo que tiene. Dicho en palabras más de nuestros días, porque va puntualmente a misa todos los domingos y contribuye generosamente a su iglesia (claro que dejando bien claro que él es el donante para que todos lo sepan). O porque cumple con todas las normas de la iglesia. No importa que sea un “cumplimiento”, un “cumplo y miento”. No importa el corazón. Lo que importa es que externamente cumple con las leyes. Es “oficialmente” un buen creyente. 
      El publicano se sitúa en las antípodas. Es oficialmente un pecador. Todo el mundo lo sabe. Él también. No tiene nada que presentar ante Dios. Basta con recordar la forma como la gente le mira para imaginarse como Dios lo mira también. Pero va al templo. Me hace pensar en algunas de nuestras iglesias donde las prostitutas de la zona, aunque no van a misa, se acercan a horas en que no hay casi nadie en el templo para encender una vela y hacer una oración a algún santo. El publicano se sabe pecador y lo único que hace es pedir a Dios que le tenga compasión. 
      La oración de los pobres, de los oprimidos, de los huérfanos y las viudas, de los que no tienen nada, es como un grito que sube hasta el cielo, atraviesa las nubes y llega hasta Dios. Los que no tienen nada no pueden hacer más que esperar en la justicia de Dios. Porque la justicia de los hombres les ha dejado abandonados. 
      Y es que Dios está del lado de los pobres, de los que sufren. Frente a los jueces de este mundo –y jueces somos todos cuando opinamos y juzgamos a nuestros hermanos y hermanas– que suelen escuchar con más facilidad a los que más vocean, a los que más dinero o más poder tienen y desprecian –despreciamos– a los que no tienen nada, Dios, el Dios de Jesús, se pone del lado de los pobres, comprende su situación, sufre con ellos, y mira por su bien.
      En la comunidad de Jesús todos somos hermanos. Todos estamos cubiertos por el inmenso amor de Dios. No hay razón para despreciar a nadie. Si alguien debe tener un lugar de privilegio ha de ser el pobre, el marginado, el pecador, aquel al que le ha tocado la peor parte en esta vida. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar a nadie, para entrar en su corazón y decir que es malo?

viernes, 4 de octubre de 2019

Fiesta de San Francisco



Cada 4 de octubre es fiesta grande en las casas de las diferentes ramas franciscanas, a cuya celebración nos sumamos en la Asociación Compromiso Marana-thá. Y es que el 4 de octubre es la fiesta de san Francisco de Asís, el ‘poverello’ del siglo XII que desde la pobreza y la austeridad renovó la iglesia y la vida religiosa florecilla a florecilla
Su impronta llega hasta nuestros días.

Una Iglesia pobre para los pobres

La pobreza y el cumplimiento estricto de los Evangelios como única regla fue su máxima.

El deseo de paz
“Haz de mí un instrumento de paz”. 

Francisco es el hombre de la paz.
Una casa común para todos

San Francisco es también el santo de la “Hermana Tierra”, el hombre que ama y custodia la creación.

Un Iglesia frente al clericalismo
El impulso misionero, Francisco de Asís lo vivió siendo un simple religioso que no se ordenó sacerdote llegó como misionero a Egipto o Tierra Santa. Este enfrentamiento a los poderosos como al sultán o ante la Curia Romana coincide con la denuncia continua de Francisco ante el clericalismo y el abuso del poder.
El ‘poverello’ tuvo que vencer también muchas resistencia y divisiones internas o la aprobación de una regla nueva.

Por las periferias del mundo

Un momento clave en la propia conversión personal de san Francisco de Asís es el beso en la mano tras darle una limosna a un leproso que le salió al camino. “Lo hacía ya por Cristo crucificado, quien, según el profeta, apareció despreciable como un leproso”, escribiría días después.
Un beso que integra a los que están en la periferia, los devuelve al camino…


Formulario de contacto

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *